jueves, junio 11, 2015

303

Me levanto temprano y entro a VK para buscar una joyita de Howard Hawks, Scarface de 1932. 
Cine negro en su más alta expresión. 
La falta de sueño y carencia de cansancio al despertarme, hacen que me acomodé frente a la pantalla de la Laptop y me quede tieso por no más de hora y media. 
Pese a su corta duración, Scarface me significa una clase magistral de narratología. Se me hace imperioso volver a este tipo de películas, a lo mejor porque en los últimos días he estado inmerso en películas que tienen de todo, menos magia de sencillez. Si una impresión tengo de esta película que inspiró la versión de Brian de Palma, que todos vimos más que admirados, es que no ha perdido su brillo. En realidad, las películas de los maestros nunca pierden su capacidad de hechizo. 
Hay pues una perdurabilidad en los personajes de Hawks. Y bien podríamos hablar de su vigencia en relación a la inseguridad que estamos viviendo en estos días. A los matones y sicarios de nuestras calles no los podría relacionar con las peripecias del Tony Montana de De Palma, menos aún con los mafiosos de Hawks. En ambos casos estamos hablando de mafiosos que respetan una ética, dependientes de un estilo para hacer las cosas, de acuerdo a sus valores, obviamente; o sea, una suerte de ética delictiva que no la hallamos en los patitas que se creen los dueños de esta ciudad, patitas a los que les falta un mínimo de inteligencia, como también estilo. Por eso es que mueren como mueren, además, sin mucho esfuerzo se descubre lo que todos sabemos o intuimos de ellos, de la fragilidad de su imperio delictivo. 
Cierro la página al terminar de ver la película. Cojo uno de los libros que vengo leyendo en la semana. A la media hora sé que tendré que volver a los libros, o novelas mejor dicho, que me regresen al placer de leer una historia, experiencia tan sencilla y a la vez necesaria.

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