viernes, junio 12, 2015

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Apago el televisor y me desconecto de Internet. Me alisto para ir a la librería. Ha llovido y ahora debo usar algo que sí abrigue un poco. A diferencia de otras ocasiones, salgo muy asqueado de la realidad, de la manera en que los supuestos hombres y mujeres de pensamiento avanzado, de sensibilidad de vanguardia que se traduce en obras de relevancia, contaminan aún más lo que ya está contaminado. 
Una de las cosas que me gusta de las redes sociales es que puedes interactuar y opinar en tiempo real un acontecimiento de interés público. No soy de los que se mandan con discursos virtuales, a menos que sepa bien del asunto del que voy a hablar, y a menos que sepa bien que no me meteré en una total pérdida de tiempo. En principio, podría pensar que no sé muchas cosas de las que otros hablan y discuten, pero lo que ocurre es que no me gusta que se frivolicen temas sensibles, como el de la violación y el embarazo no deseado. Por momentos pienso que se me hace el protestante que llevo dentro, mi lado moral, pero no es así. Me doy cuenta de ello mientras bajo del taxi en el paradero México del Metropolitano. Antes de pasar mi tarjeta, prendo un Pall Mall rojo y fumo botando el humo hacia los autos que se dirigen al sur. Pongo en orden mis ideas y no es que me inhiba de comentar en las redes, lo que ocurre es que no quiero contagiarme de estupidez, una estupidez que se pinta de inteligente y de vanguardista. 
Llego a la librería. Me instalo en ella y me pongo a leer Los malos de Leila Guerriero. 
En estos días no he estado del todo atento a las noticias literarias. He pasado de ellas. Y por medio de un amigo librero me entero de las cosas que vienen ocurriéndole a nuestro Nobel de Literatura. No me sorprendo en absoluto. Aunque la curiosidad me tienta a ver lo que los adelantados del pensamiento dirán al respecto, pero mejor lo dejo allí. Termino el primer perfil compilado por Guerriero y busco una película en VK, película de la que un amigo me preguntó por mail hace unas horas. La noche del cazador de Charles Laughton.

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