jueves, julio 23, 2015

325

Los días de feria son extenuantes, pero también tienen sus momentos gratificantes. 
Eran las seis de la tarde, el día seguía su curso y por un momento pensé que si dejaba solo el stand, no se dejaría de vender, porque nuestros lectores son fieles, aparte de tener muy buen gusto. 
Me disponía a salir a fumar cuando me topé con Manuel, a quien no veía en más de ocho años, si es que la memoria no me falla. Mientras hablaba con él, como quien se pone al día en generalidades, recibo la llamada de Antoanette, de quien no sé nada en varios años. No creo que haya sido una confluencia gratuita, imagino que había alguna razón, una suerte de enlazamiento cósmico que quería hacerme parte de sí. 
Cuando me disponía a irme a fumar, Luis, narrador y editor chileno, me pregunta si soy yo por quien pregunta. Le digo que sí y me entrega su libro, más la novela de Diego, Racimo, que sin duda la leeré en las próximas horas. Después me alcanzan varias publicaciones peruanas, como Marginalia, de Carlos. Si Marginalia es lo que pienso que es, haré del libro una reseña excluyente, y ojalá positiva, como supongo que tendría que ser. 
No ha sido un día de mucha gente, pero sí he sentido que ha tenido muy buena onda. A eso de las 8 y 30 me dirigí a la Sala Eielson, en la que, según Melissa, podía beber café. Así que fui tras ese potencial café. Al llegar no encontré café, sino una conversa sobre la literatura y el padre a cargo de Johann, José Carlos y Francisco. No escuché toda la conversa, pero sí puedo constatar que se dijeron cosas muy interesantes. Mientras escuchaba a Francisco, pensé en preguntarle en dónde se podía comprar esa cerveza artesanal de la tanto viene hablando. Más allá de las ideas encontradas que tenga con estos tres aún jóvenes narradores peruanos, puedo aseverar que lo poco que escuché me sirvió para tener una idea clara y fehaciente del momento que atraviesa nuestra narrativa, que bien puede ser maravillosa, regularona o mediocre, según los gustos. Pero algo que será difícil que extirpen de mi cabeza es que sí es posible detectar una discrepancia, la misma que no la vemos en las redes sociales, pero poco importa, ya que esa discrepancia la vemos en la vida real, que sí importa.

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