viernes, septiembre 18, 2015

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A eso de las seis de la tarde de ayer tuve que hacer unas gestiones, como recoger un cheque que venía arrastrando desde el jueves pasado. Si no lo recogía, debía hacerlo en la quincena de octubre. Entonces, me puse las pilas, hice las cosas con tiempo, para llegar sin apuro y dar la impresión de no desear el cheque, aunque en realidad sí lo necesitaba. En el camino, llevé conmigo una novela de Félix Romeo, que aprovecho en releer en estos días. Algo me anima a escribir un pequeño texto sobre este estupendo narrador español que falleció hace algunos años, a quien vi hace tiempo en un ciclo organizado por el Centro Cultural de España. 
Mientras caminaba, barajaba la idea de dejar de escribir reseñas y comenzar a desarrollar otros tipos de textos, aunque estos no sean necesariamente de ficción. Tengo algunas cosas avanzadas que me gustaría dar a conocer. Pero me conozco bien, uno de mis puntos flacos es la volubilidad, puedo decidir algunas cosas hoy y hacer lo contrario al día siguiente. Como fuere, y sé que los depresivos naturales me entenderán, ojalá sea así, puesto que solo nos justificamos haciendo lo que más nos gusta, en lo que creemos que podemos ser eficientes, que en mi caso, es poco, no me imaginaria haciendo muchas cosas bajo la esclavitud del ego. 
Todos somos esclavos de nuestro ego, yo conozco el mío y me siento conforme con lo que me brinda. Pero también sé en qué momento dinamitarlo. Saber dinamitar el ego me ha salvado de la ridiculez, algo de lo que soy consciente en estos últimos tiempos en los que medio mundo parece estar viviendo dependiendo de la red y en las fuerzas de sus capacidades para obtener algo de sus relaciones sociales. Felizmente, no soy el único que piensa así, somos algunos más, como el buen pata que ayer me preguntó en qué momento leen estos compadres. Lo que parece una pregunta anormal, porque  suponemos que todo escritor debe ser por extensión un lector, se ha convertido en la norma. Suficiente tengo con mis infiernos personales para entregarme manso e idiota a los paraísos artificiales.

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