jueves, octubre 22, 2015

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En estos días participo con la librería en el La semana de la Universidad de Lima. No me quejo, la estoy pasando bien, comiendo, en especial, muy rico, porque en el gramado más grande de esta casa de estudios han dispuesto de puestos de venta de comida, como ceviche, chancho al palo, chancho al cilindro y demás manifestaciones de nuestra variedad culinaria. En la sección donde me encuentro, el Pabellón G, tengo una vista privilegiada de los ambientes, me siento, no lo niego, como un observador de la realidad, en su lado más dionisiaco. 
Mientras tanto, escribo, termino y corrijo un texto que me está saliendo más largo de lo que pensaba. A medida que pasan las horas, un convencimiento se apodera de mí: luego de su publicación sabré quiénes son mis amigos, aunque poco me interesa, porque soy de los que saben estar solos. ¿A cuenta de qué lo escribo? Me iría mejor si me quedo callado, si me hago el huevón, pero no, y sin caer en poserías, la escritura me significa una necesidad fisiológica, su falta de ejecución me produce ansiedad. Hay que decir lo que se piensa, para qué tanta huevada. 
No niego que soy un suicida en potencia. He comentado del texto con algunas personas, las más alteradas me dicen que lo publique, las más moderadas que no me haga problemas, porque lo mejor que me puede ocurrir es que no meterme con nadie, a razón de mis no pocos enemigos. Eso es lo raro, tengo enemigos, pero yo no, al menos no siento tenerlos. Como bien dijo un poeta borracho de esta nueva generación: “nuestros enemigos deben estar a nuestra talla”. Si tomamos la sentencia al pie de la palabra, estaría tranquilo. Aunque lo que sí me jode es esa actitud de joder a uno bajo todos los medios posibles e inimaginables. Pero, como sé, a lo mejor gracias a los años de experiencia, lo más saludable es pasar de largo y no permitir que uno se distraiga con pequeñeces. No, no es un estado de ánimo el que reflejo, sino una postura ante la vida. De esta forma he sabido mantener mis pasiones, tal y como sucede ahora, la contemplación, la contemplación de una bailarina de ballet que deja nos deja a todos en estado de piedra.

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