jueves, noviembre 12, 2015

384

Mi idea era acostarme temprano para levantarme a primera y terminar de hacer algunas gestiones en pos de la próxima Feria del Libro Ricardo Palma. Llegué a casa con esa idea, tomar un café con leche, fumarme un pucho y meterme directo al sobre. Pero no fue así, no hice nada de lo que pensé hacer. 
Más bien, tuve una madrugada triste. 
Desde hace algunos días mi gato Silvestre no se venía sintiendo bien. La última vez que regresó a casa, no sentí su presencia sino hasta dos días después. Como todo gato, salía a patrullar el barrio en busca de hembras (aunque en verdad, eran las hembras las que lo buscaban). Lo esperaba, por lo general, en el patio trasero o en su cama. Pero no, lo encontré acurrucado debajo de la escalera. 
A partir de entonces hice todo lo posible para que se recuperara, pero no pude. 
Sin embargo, hace dos días dio señales de recuperación y se fue de la casa, obviamente, para seguir siendo amado por las hembras. 
Cuando regresé a casa, lo vi al costado de la lavadora. Lo cargué y lo tuve en brazos. Su cuerpo lo sentía liviano y temblaba por momentos. Silvestre me miraba, su mirada era como una pantalla en donde se proyectaban todos los momentos que me acompañó. No dejé de cargarlo en ningún instante. Escuchamos música y fumamos. No quise saber qué había pasado con él en su última escapada, también intenté darle de comer, pero rechazaba la comida, también hacía lo mismo con la leche. 
Poco a poco dejó de respirar. 
Cerca de las 3 de la madrugada lo enterré, a medio metro del árbol que plantó mi abuela paterna Rosenda, dos años antes de que yo naciera. Un vecino se quejó por el ruido que hacía con la lampa y el pico. Lo mandé a la mierda en una sola palabra. Mis padres cubrieron a Silvestre con una manta. Coloqué a mi gato en su morada. Cuando terminé de enterrarlo, pude ver en los techos a más de treinta gatas, calladas, gatas que extrañaran a su amante bandido.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Hola Gabriel, he intentado llamarte, pero tienes el celular apagado. Qué triste, lo de Sylvestre! Fuertes abrazos.

10:44 p.m.  

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