lunes, junio 08, 2009

Entrevista: Rossana Díaz Costa

“Tengo la necesidad de reproducir la vida en la ficción, con todo lo de mentira que puede tener este proceso”
La segunda y definitiva edición de Los olvidados (no los de Buñuel, los míos) (Estruendomudo, 2009) ha devenido en un muy recomendable libro de cuentos. A lo largo de sus páginas encontramos personajes que están en constante movimiento, entregados a la voluntad del azar y dispuestos a “congelar una imagen” de lo vivido para luego perdurarlo en la ficción. La autora, Rossana Díaz Costa (Lima, 1970), demuestra que ante todo es una genuina buscadora de historias.
GRO
Terminé de releer tu libro y me quedó muy claro que el principal acicate de tu narrativa es lo autobiográfico. Además, previamente a esta entrevista te comenté que me es casi imposible no verte como la protagonista de casi todos los cuentos.
Sí, tienes razón, estoy en casi todos los cuentos, de una manera u otra, aunque todo está ficcionado. La verdad es que siempre he escrito por un afán de “retener” a la gente, los recuerdos. Siento que si no escribo acerca de la gente que quiero, o de aquellas vivencias que por una razón u otra fueron importantes para mí, la vida de alguna manera se me puede escapar. Tengo la necesidad de reproducir la vida en la ficción, con todo lo de mentira que puede tener este proceso. Porque uno nunca recuerda las cosas tal como las vivió muchas veces. Es curioso, la gente cercana a mí siempre me dice cosas como “pero no fue así exactamente, fue asá”, y es ese el momento en el que me doy cuenta de lo mucho que el escritor miente, pero miente sin darse cuenta, sino porque los recuerdos vienen así, con mentiras incluidas, nuestra memoria es tramposa y convenida, a veces solo recordamos los hechos como para no hacernos daño, desprovistos de la tragedia que realmente suponían. Y la gente que te conoce a veces no sabe leer ficción, no sabe que eso es así y no asá porque yo no estoy escribiendo una autobiografía, estoy escribiendo ficción, y por eso me permito todo tipo de licencias, por eso mi memoria se permite todo tipo de licencias. Por eso el abuelo sale volando por la ventana y la abuela se encontró con un otorongo, cuando en realidad no sé si alguna vez conoció a uno. Hay una cita de Virginia Woolf al inicio de mi libro: “todo lo que no se escribe no ha existido”. Esto lo resume todo. De este tema hablé mucho cuando estudié guión en España. Tuve un profesor de guión excelente, muy inspirador, que siempre nos animaba a escribir partiendo de nuestras propias experiencias. Él fue quien me hizo conocer esta cita de Virginia Woolf. Todos los guiones que salieron de su clase fueron muy auténticos, la gente dejó el corazón en esa clase. A mí, al menos, una vez me hizo llorar en clase. Teníamos que escribir acerca de un hecho que recordásemos con mucha tristeza, y a mí se me vino a la cabeza el día que murió mi abuelo. Eso está en uno de mis cuentos, en “La pregunta de Zavalita”, y a pesar de que ya había escrito el cuento hacía un tiempo, el escribir de nuevo este episodio, a modo de guión, fue horrible, me dio mucha vergüenza ponerme a llorar delante de la gente al leerlo en voz alta. Cuando terminé de leerlo, con toda la vergüenza encima, el profesor se me acercó y me dijo: “De esto se trata escribir”.
Y en esa línea de lo autobiográfico no eres nada concesiva, o sea, ni tú misma te salvas de la autocrítica.
Claro, si se trata de escribir lo que crees que te sucedió, con todas las mentiras y las licencias de las que ya te hablé, también se trata de reconocernos en nuestro patetismo, en nuestra ridiculez y pequeñez, en nuestra pobre humanidad maltratada sin que nadie nos dé una correcta explicación por la que nos pasan estas cosas. Así es la vida, dicen. Pero el escribirlas, el dar cuenta de este patetismo, es justamente, quizás, una de las pocas maneras a través de la cual nos podemos rebelar. Es como pedir una explicación ante un Dios que no vemos pero que nos han dicho que existe. Estamos aquí, como arrojados (sí, esto suena “heideggeriano”), perdidos, sin tener mucha idea de lo que realmente hacemos aquí. Una de las maneras en las que le encuentro sentido a este sinsentido es el arte, la creación. Tal vez por eso escribo y quiero hacer películas, vivir en el mundo de la ficción. La realidad me aburre, hay que ficcionar incluso la vida real, vivir como creando, sólo así, pienso, es posible sobrevivir. Por esta misma razón me gusta Woody Allen. Él se ríe de sí mismo, es autocrítico todo el tiempo y a la vez, tiene sentido del humor. Me identifico mucho con esta manera de contar y narrar, con esta manera de hacer arte.
En “Auto Stop, Che” das cuenta de un viaje en el que tiraste dedo hacia Buenos Aires luego de ver a The Rolling Stones en Santiago de Chile. Pareciera que es el espíritu de “movilización” el que te define como artista.
Ese viaje (en la realidad) fue mítico, había que escribirlo. Ese cuento no estaba en la primera edición de mi libro y hay que decir que fue el primer cuento que me di el trabajo de pasar en limpio y sacar del cajón. Por eso le tengo mucho cariño. No sé por qué no lo incluí en la primera versión, tal vez porque pensé que se notaba la mano primeriza, de jovencita de 23 años que se aventuraba a escribir sin tener ningún tipo de seguridad acerca de lo que hacía. Era universitaria todavía y lo mandé a los Juegos Florales de la Universidad Católica, escrito a máquina e incluso con tachones. Sacó una mención honrosa y esa fue la primera vez en mi vida que pensé que tal vez los cuentos que escribía no eran malos del todo. Pero esto no era lo que tenía que responder, pero igual lo he recordado, porque el cuento lo he resucitado y creo que le va muy bien a la nueva edición del libro, porque es cierto lo que dices, me define el espíritu de “movilización”, vivo un poco en una road-movie, sin ganas de envejecer y con espíritu joven, aún cargando mi mochila a la espalda y negándome a aburguesarme. No sé, yo creo que nací en mala época, a mi me hubiera gustado nacer en San Francisco en la época hippie, algo así, vivir en una comuna, con mis pantalones campana y mis blusas de flores y tirando dedo hasta el infinito. Incluso la gente me dice a veces que me parezco un poco a Janice Joplin. No hay mejor piropo que me puedan decir que ese, la verdad. Me fascina esa época, el tener ideales, el vivir entre gente romántica que cree que puede cambiar el mundo, a pesar de que esto no es posible. A mí, en cambio me tocó vivir una época muy dramática del Perú, donde la gente joven no se podía permitir muchos sueños, sólo, tal vez, a través de la ficción. Esta es la época en la que me hice cinéfila, el cine me salvó de la depresión, y sigue siendo así, a mi no me salva de la depresión el médico ni las pastillas, a mi me salva de la depresión el cine, la literatura, en fin, la ficción, el sueño. Nunca me habían dicho eso que me tú me dices, que este espíritu me define como artista. Me lo habían dicho acerca de mi vida, que no puedo vivir si no es viajando, cambiando de lugar, de gente, eso, “movilizándome” a todo nivel. Tengo un espíritu aventurero y mochilero, que no he perdido a pesar de que ya no soy tan joven. Y si mi vida está en mis relatos, pues al parecer por eso es que has sentido eso al leerme. La verdad es que “Auto-Stop, Che” es un cuento que escribí para que ni yo ni mi amigo Ulises, que ahora vive en Estados Unidos, no nos olvidásemos nunca del viaje, de cómo llegamos a Buenos Aires. Ves, escribo para que existan las personas, los viajes, las aventuras y todo lo demás que puede darle un sentido a nuestra vida.
¿Para ese cuento influyeron los cortometrajes de carretera de Wim Wenders?
Puede que sí, aunque no de manera consciente. No pensé en ninguna película en especial cuando lo escribí, simplemente recordé el viaje que hice. Para esa época yo ya había visto miles de películas, y todas ellas estaban ahí, junto con mis recuerdos. Ya era, además, fan de Wenders, de sus carreteras y sus personajes que deambulan sin un rumbo fijo. Esos son procesos que no son racionales, salen imágenes de películas, de recuerdos, de novelas que has leído, todo junto y al mismo tiempo y con eso construyes tu ficción, que se parece a tu vida, pero que ya no lo es, es ficción, porque contiene elementos que ya no forman parte de la realidad, a pesar de que el punto de partida ha sido ese. Realmente, antes de escribir ese cuento quería escribir un corto, pero como en esa época no tenía ninguna posibilidad de filmar nada, pues entonces empecé a escribir un cuento. Recuerdo incluso la sensación de felicidad al escribirlo, me acuerdo que tenía que ir a dar clases y no las fui a dar, inventándome alguna enfermedad, para así poder terminarlo. Era como querer llegar a Buenos Aires en realidad, estaba ahí en la carretera mientras lo escribía. Fue uno de esos cuentos que te hace feliz.
“Novecento I” y “Novecento II” me dejaron la sensación de ser novelas encapsuladas, creo que pueden convertirse en sagas familiares si las llevamos a las distancias largas.
Eso me lo han dicho algunas personas, puede que sí, que sean novelas encapsuladas, que si tuviera la intención de convertirlas en verdaderas novelas saldría eso, una verdadera saga. Una vez más, como en muchas ocasiones que me siento a escribir, más que una novela, yo vi una película, y una vez más, al ser imposible filmar esa saga familiar, pues entonces escribí estos cuentos. Creo que si hubiera tenido más tiempo libre en esta vida, me habría puesto a escribir una novela de verdad. Estos dos cuentos los escribí en Madrid, en una época en la que me tenía que levantar a las 6 de la madrugada todos los días para ir a la Escuela de Cine y trabajaba dando clases en las tardes hasta las 10 de la noche. Llegaba a mi casa tardísimo y para hacer los trabajos de la Escuela. Dormía poquísimo, no tenía plata y comía mal. No sé de dónde saqué tiempo y energía para escribirlos, ahora que lo recuerdo. Tal vez por eso no me he sentado nunca a escribir una novela, porque soy consciente de que para ello se necesita de una dedicación especial, que yo hasta ahora sólo he tenido para escribir el largometraje que quiero filmar. Pero algún día de repente me animo y sale una novela con las historias de mis abuelas.
De ellos se desprende también otro de los puntos de apoyo de gran parte del libro, me refiero a la relación con el agua, ya sea dulce, salada y potable.
Es gracioso lo que dices, pues sí, tengo una relación especial con el agua, soy completamente acuática. Mi vida ideal sería vivir frente al mar. Apenas pueda, lo haré. Quisiera vivir en La Punta, que es un lugar especial para mí desde niña. No me interesa Miraflores, ahí el mar está lejos, lo ves desde el abismo, igual que en Barranco. Yo quiero vivir al mismo nivel del mar. En La Coruña vivía a dos cuadras de la playa y ahí fui realmente consciente de mi relación con el agua. Chapoteaba hasta altas horas en el verano, estaba metida en el agua cuando todo el mundo ya se había ido, y en el invierno, si no llovía, estaba ahí, sentada, haciendo nada, leyendo, simplemente estando cerca del mar. Y cada vez que veo agua me dan ganas de meterme. El personaje de “Achtung Andalucía” es así, también busca el mar y tiene una catarsis cuando se mete al agua. Eso a mí me ha pasado. Me siento feliz cuando me puedo meter al agua, sobre todo si es salada. Me olvido de todo y de todos. Alguna vez pensé que sería lo máximo vivir aislada en una caleta de pescadores. Pero luego desisto cuando me acuerdo que en las caletas de pescadores no hay cine. Sí, tienes razón, en los cuentos acerca de las abuelas hay una presencia fuerte del agua, del mar de Casma y el río Amazonas. No era consciente de ello hasta que tú me lo has dicho. Puede que sea ese deseo profundo que tenemos todos de volver al origen, ¿no? Ahí todo es agua.
En algunos cuentos ambientados en España (“Los que sobran”, “Estación: Antón Martín” y “La maravillosa leyenda del pianista del océano”) es patente la indignación por el trato que sufren los inmigrantes. La protagonista (o sea, tú, ciñéndonos al sentido con el que empezó esta entrevista), siendo una inmigrante, no recibe ese maltrato porque los españoles no la ven como tal, puesto que, y como está en el texto, ellos no la consideran “oscura”.
Todas esas historias de inmigración están inspiradas en hechos que viví muy de cerca. Es cierto que a mí no me rechazaban porque no soy “oscura”, como dices tú, pero eso no significó que no tuviera los mismos problemas legales que un africano del Congo. Es increíble lo que sucede en los países desarrollados con los inmigrantes, hay situaciones de gran injusticia. Yo me salvé gracias a mis amigos: todos fueron excelentes personas conmigo, nunca sufrí ningún tipo de prejuicios de parte de ellos. En Galicia, además, que fue donde me quedé de ilegal y desde donde me expulsaron, la gente tiene una consciencia muy grande de que ellos también tuvieron que emigrar en el pasado por necesidad. Por eso todos me ayudaron y me protegieron. Era muy distinto lidiar con la administración española: eso fue una verdadera pesadilla.
Por ejemplo, en “Born in the USA” la protagonista es, digamos de alguna manera, obligada a negar su verdadera nacionalidad.
Eso que cuento en “Born in the USA” es cierto, aunque estoy disfrazada de ecuatoriana. Veía día a día situaciones increíbles. Yo sobreviví dando clases de inglés gracias a que me obligaron a decir que era “americana”. Bueno, hija de inmigrantes en Estados Unidos, así era la historia. En esa época mi vida se parecía bastante a una película, la verdad. Nunca me ha gustado mentir así, pero me vi en la obligación de hacerlo para comer. Y de tanto contar esta mentira terminé por creérmela. De ahí parte el cuento “Compartment C, Car 193”. Traté de imaginar cómo hubiera sido mi vida si mis papás se hubieran ido a Estados Unidos y yo hubiera nacido allí. Muchas veces intenté huir de seguir mintiendo, pero cada vez que un posible alumno llamaba por teléfono y me preguntaba de dónde era y yo decía que era peruana, inmediatamente se disculpaban y decían que mejor no querían las clases porque querían una profesora “nativa”. Solo cuando le di clases a amigos no hubo ningún tipo de prejuicio, pero de los amigos solamente no se podía vivir. Hubo una confusión terrible entre realidad y ficción en esa época, de la cual, felizmente, me he liberado desde que llegué al Perú y ya no le tengo que mentir a nadie acerca de mi origen para poder sobrevivir.
Hay también un fortísimo espíritu de denuncia en “Compartment C, Car 193”.
Sí, lo hay. A mí realmente nunca me llamó mucho la atención ir a Estados Unidos. Para vivir, digo, para conocer claro que me gustaría. En España, que son tan anti-americanos, se afianzó en mí este rechazo hacia un país que nadie puede negar que es prepotente y que hace abuso de su poder. Pero claro, una cosa es la administración y el gobierno y otra cosa son las personas. Como lo que te comenté de mis problemas legales en Europa: la gente no tiene nada que ver con lo que hace su gobierno, finalmente. Si no, imagínate nosotros, si dijeran que los peruanos somos como nuestros presidentes, pobres los peruanos…Estados Unidos es prepotente y hace abuso de su gran poder en el mundo y esto ha traído una gran crisis dentro de su misma sociedad, pero también pienso que ha dado gente fabulosa: imagínate lo que sería el cine sin Woody Allen o sin Cassavetes o sin el gordo Hitchcock, y tantos otros genios. Bueno, como ves, yo siempre termino hablando de cine, pero claro, también podríamos hablar de Salinger y Hemingway y Ginsberg y tantos otros que han revolucionado la literatura, y de la música, oh, el jazz, lo mejor que ha dado Estados Unidos, y por supuesto, todo esto lo digo para llegar finalmente a la pintura, porque este cuento lo imaginé en Estados Unidos por la sencilla razón que yo quería escribir un cuento acerca de ese cuadro de Hopper que me gusta tanto, “Compartment C, Car 193”. Me encantan sus cuadros, esas mujeres que van solas en trenes, que están solas en hoteles, ese mundo moderno de gente solitaria que se mira por las ventanas de los edificios, me parece fascinante. Y no sé por qué, cada vez que veía ese cuadro pensaba en mi abuela, porque ella usaba sombrero tal vez, en épocas en las que nadie usaba sombrero, porque era una mujer muy independiente para su época también. De ahí partió la historia, unida a mi mentira para poder sobrevivir en Europa y a las historias que mi papá me ha contado acerca de los Estados Unidos (él vivió ahí durante 15 años), y por supuesto, también parte de mi experiencia cinematográfica: para mí, realmente, Estados Unidos es sus películas, eso no puedo evitarlo.
De “Compartment…”, más “Novecento II”, tenemos también una visión particular de las luchas de los partidos políticos de izquierda.
Mis abuelos paternos eran apristas, de los de antes, de los fundadores, y fueron perseguidos en la época de Odría y tuvieron que andar de pueblo en pueblo huyendo de ser metidos en la cárcel. Lo que se cuenta en Compartment C, Car 193 es cierto, fue así como creció mi papá, de un lado para otro del Perú. Mi abuela se murió justo cuando Alan García salió de presidente la primera vez. La pobre estaba en su cama del Hospital Rebagliati y creo que murió feliz porque el Apra al fin había llegado al poder. Siempre hemos pensado luego en mi familia que felizmente que se murió en ese momento y no después, porque vaya decepción que se hubiera llevado de ver cómo quedó el país con Alan. Yo de chica escuché acerca de socialismo y comunismo, pero tampoco con mucha fuerza ni tanta militancia, porque estos abuelos no eran los que vivían conmigo, a ellos solo los veía los domingos. Pero yo admiraba a mi abuela porque hacía cosas distintas que otras mujeres de su edad: era maestra, manejaba su carro, pintaba, escribía, leía, era franciscana, también tenía unos negocios con unas señoras, cocinaba, limpiaba, iba al “partido”, y estaba un poco loca, en el buen sentido de la palabra. Me identifico con esa hiper-actividad y esa fuerza. Ella me explicó las ideas de Haya de la Torre y Mariátegui cuando yo era todavía una niña. Me acuerdo que en el colegio una vez una profesora de Historia preguntó si alguien sabía quiénes eran Mariátegui y Haya de la Torre y nadie tenía ni idea. Eso me hizo darme cuenta que en mi familia yo estaba aprendiendo otras cosas. En mi casa, por otro lado, somos unos excéntricos, siempre nos hemos negado a esas formas discriminatorias tan peruanas, el tener empleada, por ejemplo. Crecí con esa confusión: vivía en un barrio de clase media donde todos tenían una empleada que vivía en un cuartito diminuto y sucio en la azotea, mientras que en mi casa nunca hubo empleada y mi abuela y mi mamá se ocupaban de las labores de la casa. Para mí, el cuarto de la empleada era el cuarto de planchar y donde dormían mis gatos. Cuando llegué a Europa me di cuenta de que mi familia era normal, que ahí la gente se hace sus cosas, no necesitan que alguien los esté sirviendo. El racismo tampoco estaba tan presente en mi familia porque ha habido un gran mestizaje: mi mamá es nieta de italianos, mientras que mi papá tiene raíces peruanas andinas y también selváticas. Y todo esto era lo normal para mí. Pero claro, también estaba la confusión que me causaba mi colegio: yo estudié en un colegio de niñas ricas, a pesar de no serlo (hay becas en estos colegios) y ahí se pueden ver formas más increíbles de discriminación, porque no es una empleada encerrada en el cuartito de la azotea, son varias, entre mil y un cosas que no puedo describir ahora porque necesitaría de varias páginas. Entonces el problema siempre está en que uno no vive encerrado en su casa, el salir a la calle y ver todas las formas posibles de racismo, discriminación y desigualdad, hace que uno crezca con un dolor muy profundo acerca de su país. A mí el Perú me duele. Creo que eso le pasa a muchos. Y es un dolor que va mutando con el tiempo, pasa por la incomprensión, la indignación, el rechazo, las ganas de hacer algo, el huir de ello y la negación completa, para finalmente terminar aceptándolo y darse cuenta de que la única posibilidad de luchar contra ello es desde nuestro micro-mundo, ya que no somos el presidente del Perú. En mi micro-mundo yo trato de vivir en igualdad, sin discriminar a nadie por el color de su piel ni su origen, y la verdad es que siguiendo este principio la vida es más feliz, más justa, más rica. Es algo que muchos peruanos no ven, no quieren ver. Soy profesora desde hace muchísimos años, y desde esta posición también trato de inculcar ciertos valores a los alumnos, que se piensen como peruanos, que piensen acerca de los problemas que tenemos como sociedad. Hasta ahí llega mi intención política. Si tuviera que decir de qué partido soy contestaría algo que se lo escuché a Bryce y que luego, reformulado en otras palabras, también se lo escuché a mi profesor de guión del que ya hablé: soy de la izquierda que nunca llega al poder.
En “Achtung Andalucía” vemos que las verdaderas diferencias entre personas de distintas culturas yacen en los pequeños detalles, como cuando la amiga de la protagonista, la alemana Simone Sulzmann, acomoda religiosamente un diminuto despertador en la arena de la playa en donde pasarán la noche.
Simone es uno de mis personajes favoritos (de mis cuentos). Tanto así que la convertí nuevamente en personaje en un guión con el mismo nombre. Algún día me gustaría volver a España para filmarlo. Este cuento lo tuve en la cabeza durante mucho tiempo hasta que encontré un momento libre para escribirlo de un tirón. Y fue un proceso parecido al de “Auto-Stop, Che”. La idea era escribirlo para no olvidar la “comunión” que tuve con esta chica con la que compartí ese viaje aventurero. Lo cierto es que en la vida real yo he vuelto a ver a Simone varias veces. Y no es como en mi cuento. Ahí es cuando me di cuenta de que a pesar de que uno se inspira en situaciones de la vida real, finalmente la ficción transfigura, reinventa. Sí, la diferencia entre culturas se ve en los pequeños detalles. Esto del reloj fue cierto. Simone era mochilera aventurera con reloj despertador, algo que me pareció increíble y que lo conté muchas veces antes de escribirlo. Lo cierto es que la experiencia europea a mí me hizo finalmente usar reloj, pero para ir a trabajar, ¡nunca para estar en una playa! Estos pequeños detalles son los pueden hacer que las personas a veces no se entiendan o se rechacen o no se soporten. Pero eso es quedarse en un nivel superficial de relación. Más allá de las manías culturales, de los despertadores en la playa, el conocer a gente de tantos sitios a través de mis viajes, me hizo ver que en el fondo el entendimiento y la comprensión nada tienen que ver con la cultura y con la edad. Hay gente que podrá ser de un país muy distinto al tuyo, o de una edad muy distinta a la tuya, pero por alguna razón inexplicable, con esa persona te entiendes mejor que con tu vecino al cual viste veinte años seguidos. Las personas tenemos almas distintas, y estas almas son independientes de nuestra cultura y edad, que son las características que siempre se imponen sobre las otras. Yo he hecho grandes amistades con gente que en principio, si tuviera prejuicios culturales o de edad, ni siquiera hubiera llegado a conocer. Me parece que esta es la magia del universo y la vida: encontrar almas gemelas mientras caminas por el mundo.
Pienso que al cuento que titula al libro también se le puede dar una lectura sobre los años de la violencia política. En él se alude a los atentados terroristas, al punto que se menciona la bomba de Tarata.
El cuento “Los Olvidados (no los de Buñuel, los míos)” es para mí muy especial. Surge un poco desde este dolor tan peruano del que acabo de hablarte, pero a la distancia, perdida en un invierno en La Coruña. Se me había ocurrido ese título hacía un tiempo y sabía que en algún momento me sentaría a escribir algo que tuviera ese título. Lo escribí de un tirón, una madrugada, sufriendo mucho con mis recuerdos, que venían todos en tropel y desordenados, mezclándose esa incomprensión infantil y ese intento de comprender las cosas cuando uno ya es más grande. Yo no intenté escribir un cuento acerca de la violencia política del Perú a finales de los ochenta o inicios de los noventa. Yo intenté escribir un cuento acerca de hechos que me dolieron en mi país, que ni siquiera podría ubicar exactamente en el tiempo, sí, está la bomba de Tarata, pero también hay otras bombas y también hay una niña en bicicleta y unos abuelos confundidos y un papá que viene de trabajar como una mula a altas horas y una mamá que trata de sacar adelante a su familia en medio de esta confusión. Yo traté de escribir un cuento acerca de lo que para mí es el Perú, desde mi mundo tan chiquito, traté de describir lo que sé, lo que conozco, lo que me dolió a mí directamente desde mi infancia y adolescencia y temprana juventud, y lo hice porque la estaba pasando muy mal en ese momento en España, y es curioso, a veces la literatura te salva, la ficción te salva, porque el dejar las bombas y los problemas de mi familia en un papel a modo de catarsis una madrugada, hace que te levantes y seas otra persona, puedes aguantar los problemas, puedes sobrevivir gracias a que has confirmado lo que llevas a tus espaldas, esa mochila que cargas con tus afectos y emociones pasadas, porque no hay dolor más grande que el que siente un niño, y si pudiste soportar todos esos horrores de niño, es posible aguantar horrores menores de grande. Ese cuento me salvó en el momento que lo escribí: fue como dejar el dolor en el papel para poder seguir adelante. No fue un acto racional sino absolutamente emocional.
En el libro tenemos homenajes a escritores y cineastas, pero ninguno tan abierto como “La Rosa Púrpura de Asturias”, que lo veo como una metáfora de la abstracción en pos de un mundo paralelo.
Sí, hay homenajes por todas partes. Desde el homenaje a Buñuel hasta el homenaje a Woody Allen. Siempre me ha gustado tener ídolos literarios, cinematográficos, musicales. Me gusta admitir que admiro a genios que ha dado el mundo, pero por una razón fundamental: gracias a sus obras yo he entendido algo más acerca del mundo, me he sentido feliz por alguna razón, he comprendido mi tristeza, me he sentido inspirada a saber más, a estudiar eso que ellos hacen, sabiendo que nunca jamás haré obras semejantes, pero eso no me importa, es como acercarse de alguna manera a ellos, como expresarles mi agradecimiento. Creo ser hija de una época posmoderna en la que todos los referentes se reciclan, se releen, se reinventan. Me encanta la posibilidad de escribir un cuento en el que salga alguien que en realidad está muerto, como es el caso de Buñuel. Es una manera de resucitarlo y conocerlo, ya que nunca lo podré conocer en la realidad. Es la negación a la realidad, porque esta es tan limitada que ni siquiera te permite conocer a tus ídolos muchas veces. O el cuento donde tengo mi encuentro con Bryce, en el cual también lo homenajeo a través de sus propias palabras, haciendo uso de algunas líneas de “Con Jimmy, en Paracas” y saltando en el tiempo y en el espacio gracias al haberlo conocido. La ficción lo permite todo, de ahí que sea la forma más cercana de alcanzar la felicidad. Woody Allen, que es el maestro de la posmodernidad en el cine, se la ha pasado homenajeando a sus ídolos, por ejemplo a Orson Welles en “Misterioso asesinato en Manhattan”, a Fellini en “Stardust Memories”, entre varios ejemplos más; él no ha negado nunca sus fuentes de conocimiento y es quien mejor lo ha hecho en el cine probablemente. Me encanta la idea de poder participar de este fenómeno, de la posibilidad de hacer metalenguaje a través de la literatura, meterlo a Woody en mi cuento (que realmente no fue escrito con la intención de cuento, fue un artículo de cine), pero al mismo tiempo, meterme en el personaje de Mia Farrow en la película de Woody Allen y todo esto metamorfoseado y abstraído de manera tal que uno ya no sabe a qué forma parte, si a la película, al cuento, al artículo, a qué. Porque la realidad está ahí, presente, pero es una realidad con la que se juega, esto solo se puede hacer a través del arte, esa es la maravilla. Y suponer que mi abuelo es amigo de Buñuel en el cielo, eso es algo que me fascina y me gustaría que fuera cierto. Por qué no jugar, por qué no imaginar, por qué quedarse en la realidad plana y aburrida. La película “La Rosa Púrpura de El Cairo” de Allen esa una de las que me más me gustan de él, justamente por eso, porque juega con nuestra capacidad para soñar muchas veces, y por eso es tan maravilloso que esta mujer pueda tener un romance con su actor favorito porque ¡este se sale de la pantalla! Esto es increíble, es el mayor homenaje que yo he visto a la imaginación y a la fuerza de la ficción. La vida puede por eso ser ficción permanente, muchas veces, y esto no tiene nada de malo. Si no soñamos, ¿entonces qué nos queda?
Entrevista publicada en Proyecto Patrimonio (Letras.s5.com)

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Desde el Cusco, un lector que te admira.Lei tu cuento en Matadoras y me encasntó. Felicitaciones por el libro. Voy a ir a Lima a comprarlo,

9:47 a.m.  

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