jueves, febrero 03, 2011

Entrevistas y charlatanes

El texto Entrevistas y charlatanes de Enrique Vila-Matas, publicado el pasado domingo en El País, me hizo viajar en el tiempo.
EV-M aborda la digresión de un estudio sobre las famosas entrevistas literarias de The Paris Review.
Fue, creo, a mediados del 2007 cuando el narrador Marco García Falcón –PARÍS PERSONAL y EL CIELO DE CAPRI- me prestó todos los volúmenes de las entrevistas de TPR. Los leí en una semana, obnubilado. Como nunca antes tuve la certeza de que una entrevista puede ser en sí misma una pequeña joya literaria. Claro, para ello, el entrevistador debe conocer la obra de su entrevistado.
Para ese entonces ya había realizado varias entrevistas a letraheridos peruanos y extranjeros, pero fueron esos volúmenes de entrevistas los que me motivaron a seguir en esta empresa personal, que hasta el día de hoy me brinda la posibilidad de acercarme, desde la distancia, a los autores cuyos libros me gusten.


En la Universidad de Illinois han publicado un interesante estudio colectivo acerca del "espectro, sombra e influencia" de las famosas entrevistas literarias de The Paris Review en la vida cultural de nuestro tiempo. Me ha llamado la atención la larga y divertida digresión -hecha a cuatro manos, firmada por Irving&Wilson- acerca del posible origen de una de las preguntas más habituales en los últimos tiempos en las entrevistas a los escritores:
-¿Cuál es su horario?
Parece una pregunta normal, dicen Irving y Wilson, pero no ha salido de la nada. De hecho, antes a nadie le interesaban las horas de oficina de un escritor, puesto que a fin de cuentas daba igual que Shakespeare trabajara 10 horas al día o hiciera novillos los días impares. A mí, personalmente, la cuestión, aunque ya sé que aparece cuando el entrevistador no sabe qué preguntar, siempre me molesta porque es como si quisieran entrar en mi casa, visualizar si desayuno deprisa o despacio, si canto en la ducha, o no, o si me ducho a medias.
-¿Que cuál es mi horario?
Para los ensayistas de Illinois, todo procede de la famosa primera pregunta que le planteó George Plimpton a Ernest Hemingway en la no menos famosa entrevista para The Paris Review de 1954:
-¿A qué horas trabaja usted? ¿Mantiene un horario rígido?
Está bien visto. Todo el mundo pregunta ahora por el horario a los escritores y creen que es una pregunta normal cuando de hecho nunca lo ha sido, no lo fue ni siquiera cuando George Plimpton se la inventó en 1954.
Todo el mundo se interesa por el horario, menos la gran reportera Alma Guillermoprieto, que nos hizo en 2006 a siete escritores en un teatro de Cartagena de Indias una pregunta original, sorprendente, ninguno de los siete creo que la ha olvidado:
-¿Y ustedes cómo se visten para escribir?
He descubierto que en la respuesta de Hemingway a la cuestión del horario hay unas líneas que luego se han repetido muchísimas veces, quizá porque eran las primeras de la entrevista y tal vez fueron lo más visto y leído de ella: eso explicaría que hayan perdurado tanto esas palabras un poco absurdas en las que Hemingway explica: "uno va escribiendo por la mañana hasta llegar a un punto en el que sabe lo que va a ocurrir a continuación, y allí uno se interrumpe y trata de vivir hasta el día siguiente para volver a seguir con eso".
Nunca me ha parecido que "interrumpirse en el momento en que sabes lo que va a pasar" sea un consejo digno de ser seguido, pero la verdad es que lo he seguido muchas veces. Es un consejo que se hizo famoso, seguramente solo por ser la primera respuesta de una entrevista famosa en una revista no menos célebre. Ha sido un consejo muy copiado, a través de los años, por los numerosos escritores de todo el mundo, todos tan entrevistados.
-Bueno, verá, suelo interrumpir el trabajo del día cuando sé cómo continuará mi historia.
Esto lo dijo Graham Greene en una entrevista y parece copiado del Hemingway de The Paris Review. Pero hay también variantes inteligentes, la de Lobo Antunes, por ejemplo:
-Entre mis trucos literarios: nunca dejar para el día siguiente una frase terminada. Hay que dejarla a medias porque es más fácil continuarla.
Una de las más brillantes, pero también más famosas e imitadas entrevistas de The Paris Review es, sin duda, la de William Faulkner. Entre otras, hizo fortuna su famosa respuesta a la correspondiente pregunta sobre el horario y el lugar de trabajo: "El arte tampoco tiene nada que ver con el entorno; no le preocupa el lugar. El mejor empleo que me ofrecieron jamás fue el de patrón de un burdel. En mi opinión, es el ambiente perfecto para que un artista trabaje (...) El lugar está tranquilo por la mañana, que son las mejores horas del día para trabajar. Por la noche hay suficiente vida social".
Ningún escritor sensato cree en las entrevistas. Nunca en ellas se dice la verdad, o bien se dice una sola vez esa verdad en la primera entrevista, y luego no se repite, porque cansa mucho tener que contestar siempre lo mismo a la misma pregunta, así que el escritor, para no aburrirse, suele dar diferentes respuestas a preguntas sobre su horario, sobre su método de trabajo, sobre su vocación de novelista, sobre su vida al atardecer, etcétera.
Ítalo Calvino abordó muy bien este fenómeno del tedio que lleva a contestar de 10 maneras diferentes -a cual más imaginativa- a la misma pregunta: "Prefiero no comentarme a mí mismo. Además, no es seguro que el autor sepa más de sí mismo que el lector. Lo que cuenta es la obra... El interesado es siempre la fuente menos confiable. Los que hablan de sí mismos mienten siempre. Yo, además, no repito nunca igual la misma historia dos veces seguidas, porque sería muy aburrido. Así que en mí es mejor no confiar".
Precisamente de esa imposibilidad de confiar en lo que dicen los escritores en las entrevistas habló John Updike a propósito de una que acababan de realizarle en The Paris Review. Para él, las relaciones entre entrevistador y entrevistado ya estaban siempre tergiversadas desde el primer momento: "En cualquier entrevista uno termina por decir más de lo que deseaba decir, o menos. Abandona uno el terreno que le es más propio, el de la escritura, y se transforma en un charlatán cualquiera".
Esa sensación de charlatanería es la que tiene todo escritor serio cuando publica un libro y dedica los meses siguientes a explicarlo en las entrevistas. Decía, el otro día, Jean Echenoz que un libro no se escribe para después hablar de él, sino más bien todo lo contrario, "para no tener que hablar, sobre todo para no tener que hablar".
Y ahora, ustedes me perdonarán, pero dejé ayer una frase de mi novela a medio escribir (porque ya sabía cómo continuaba) y debo ahora volver a ella. Ya sé que esto no es una entrevista, pero aun así voy a cerrar el pico, fin de mi charlatanería.

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