sábado, mayo 07, 2011

Del correr y escribir



En El Malpensante encuentro este excelente artículo de Joyce Carol Oates. Traducción de Ángel Unfried.


...


¡Correr! Si existe alguna actividad más feliz, más estimulante, más nutritiva para la imaginación, no tengo idea cuál podría ser. Al correr, la mente vuela con el cuerpo; la misteriosa florescencia del lenguaje parece latir en el cerebro al ritmo de nuestros pies y el balanceo de nuestros brazos. Idealmente, al correr, el escritor atraviesa las ciudades y paisajes de su ficción, como un fantasma en una locación real.
Debe haber algo similar entre correr y soñar. Durante el sueño, la mente suele ser independiente del cuerpo, tiene peculiares poderes de locomoción y, al menos en mi experiencia, con frecuencia corre, se desliza o “vuela” a ras de tierra o en el aire. (Dejando de lado la simple teoría de que los sueños son puramente compensatorios: vuelas mientras sueñas porque te arrastras por la vida mientras estás despierto; te levantas sobre los otros mientras duermes porque en la vida real otros se levantan sobre ti.)
Posiblemente estas proezas de locomoción fantástica son remanentes atávicos, el recuerdo alucinado de un ancestro lejano para quien el ser físico, cargado de adrenalina ante situaciones de emergencia, era imposible de distinguir del ser espiritual o del intelectual. Al correr, el “espíritu” parece inundar el cuerpo. Del mismo modo que los músicos experimentan el fenómeno sobrenatural de una especie de tejido de memoria en las yemas de sus dedos, el corredor parece experimentar en los pies, los pulmones y el latido acelerado del corazón una extensión del yo imaginado.
Los problemas estructurales que se me presentan mientras escribo, en una larga, embrollada, frustrante y a veces desesperante mañana de trabajo, usualmente los logro desenredar corriendo por la tarde.
Durante los días en que no puedo correr, no me siento “yo misma”, y quien quiera que “yo” me sienta en esas ocasiones, me gusta mucho menos que la otra. Entonces la escritura permanece enmarañada en interminables revisiones.
Los escritores y poetas son reconocidos por amar el estar en movimiento. Si no corriendo, escalando; si no escalando, caminando. (Como todos los corredores saben, caminar, aunque sea muy rápido, es un pobre sucedáneo del correr, a lo que nos limitaremos cuando ya no contemos con nuestras rodillas. Pero al menos es una opción.)
Los poetas románticos ingleses estaban claramente inspirados por sus largas caminatas en todos los climas: Wordsworth y Coleridge en el idílico Lake District; Shelley (“Siempre marcho hasta donde me detengan y nunca me detienen”) en sus cuatro intensos años en Italia. Los trascendentalistas de Nueva Inglaterra, entre ellos el más famoso, Henry David Thoreau, eran caminantes incesantes; Thoreau alardeaba de haber “viajado mucho en Concord”, y en su elocuente ensayo Caminar reconocía que necesitaba pasar al menos cuatro horas diarias al aire libre y en movimiento; si no lo hacía sentía “como si tuviera un pecado que expiar”.
Mi prosa favorita sobre el tema es Night Walks de Charles Dickens, ensayo que escribió años después de haber sufrido un insomnio extremo que lo lanzaba a las calles de Londres cada noche. Escrito con la habitual genialidad de Dickens, este evocador ensayo parece sugerir más de lo que las palabras revelan. Asocia su terrible imposibilidad de descansar por las noches con lo que llama “deshogarización”: una compulsión a caminar y caminar y caminar en la oscuridad y bajo la murmurante lluvia. (Nadie ha capturado lo idílico de la desolación, el éxtasis de la proximidad de la locura, con más fuerza que Dickens, tan frecuentemente malinterpretado como un creador de relatos populares, dulzones.)
A nadie le sorprende que Walt Whitman haya vagabundeado a través de enormes distancias: puedes sentir los latidos del caminante en la respiración contenida de sus poemas. Pero quizá resulta sorprendente descubrir que Henry James, cuyo estilo de prosa semeja más la densidad intrincada del croché que la fluidez del movimiento, también amara caminar kilómetros enteros en Londres.
También yo caminé (y corrí) muchos kilómetros en Londres años atrás. Gran parte de estos recorridos los hice en Hyde Park, a pesar del clima. Vivía un año sabático con mi esposo, un profesor de inglés, en una esquina de Mayfair desde donde se veía el Rincón del Orador. Estaba tan afligida por la añoranza de encontrarme en Estados Unidos, en Detroit, que corrí compulsivamente; no como un respiro de la intensidad que implica escribir, sino como una función de la escritura misma.
Mientras corría, era como si estuviera en Detroit: visualizaba los parques, las calles, las avenidas, los corredores de la ciudad, con tal claridad eidética que solo tenía que transcribir las imágenes al momento de regresar al apartamento. Desde Londres logré recrear a Detroit en mi novela Do With Me What You Will tan fielmente como la había retratado en Ellos, escrita mientras vivía en esa ciudad.
¡Qué curiosa experiencia! Si no hubiera pasado esas sesiones corriendo no habría podido escribir la novela. Además, pienso, ¡qué perverso! Estar viviendo en una de las ciudades más bellas del mundo, Londres, y pasársela soñando con una de las ciudades más problemáticas del mundo, Detroit. Pero, por supuesto: los escritores están locos. Cada uno de nosotros –eso nos gusta creer–, a nuestra única e inimitable manera.
Tanto correr como escribir son actividades fuertemente adictivas. Las dos están, para mí, ligadas a la conciencia. No puedo recordar un momento antes de haber corrido, ni puedo recordar un momento antes de que escribiera.
(Antes de que supiera escribir lo que podrían llamarse “palabras humanas en lengua inglesa”, garabateaba deses-peradamente imitaciones de la escritura de los adultos. Mis primeras “novelas” –las cuales temo que mis padres aún conservan en algún cajón o una camioneta vieja o una granja en Millersport– eran blocs de inspirados garabatos ilustrados con pollitos, caballos y gatos. Aún no había dominado la figura humana, quizá porque todavía me faltaban muchos años para dominar la psicología humana.)
Mis primeros recuerdos en exteriores tienen que ver con la soledad de escalar y correr en nuestros huertos de peras y manzanas, a través de sembrados de maíz que se agitaban sobre mi cabeza y a lo largo de surcos, sobre las estribaciones del arroyo Tonawanda. Durante mi niñez escalaba, vagabundeaba, exploraba incansablemente el campo: las granjas vecinas, un tesoro oculto en un viejo granero, casas abandonadas y propiedades prohibidas de todo tipo, algunas peligrosas, como cisternas y pozos cubiertos con tablas viejas.
¡Correr! Si existe alguna actividad más feliz, más estimulante, más nutritiva para la imaginación, no tengo idea cuál podría ser. Al correr, la mente vuela con el cuerpo; la misteriosa florescencia del lenguaje parece latir en el cerebro al ritmo de nuestros pies y el balanceo de nuestros brazos. Idealmente, al correr, el escritor atraviesa las ciudades y paisajes de su ficción, como un fantasma en una locación real.
Debe haber algo similar entre correr y soñar. Durante el sueño, la mente suele ser independiente del cuerpo, tiene peculiares poderes de locomoción y, al menos en mi experiencia, con frecuencia corre, se desliza o “vuela” a ras de tierra o en el aire. (Dejando de lado la simple teoría de que los sueños son puramente compensatorios: vuelas mientras sueñas porque te arrastras por la vida mientras estás despierto; te levantas sobre los otros mientras duermes porque en la vida real otros se levantan sobre ti.)
Posiblemente estas proezas de locomoción fantástica son remanentes atávicos, el recuerdo alucinado de un ancestro lejano para quien el ser físico, cargado de adrenalina ante situaciones de emergencia, era imposible de distinguir del ser espiritual o del intelectual. Al correr, el “espíritu” parece inundar el cuerpo. Del mismo modo que los músicos experimentan el fenómeno sobrenatural de una especie de tejido de memoria en las yemas de sus dedos, el corredor parece experimentar en los pies, los pulmones y el latido acelerado del corazón una extensión del yo imaginado.
Los problemas estructurales que se me presentan mientras escribo, en una larga, embrollada, frustrante y a veces desesperante mañana de trabajo, usualmente los logro desenredar corriendo por la tarde.
Durante los días en que no puedo correr, no me siento “yo misma”, y quien quiera que “yo” me sienta en esas ocasiones, me gusta mucho menos que la otra. Entonces la escritura permanece enmarañada en interminables revisiones.
Los escritores y poetas son reconocidos por amar el estar en movimiento. Si no corriendo, escalando; si no escalando, caminando. (Como todos los corredores saben, caminar, aunque sea muy rápido, es un pobre sucedáneo del correr, a lo que nos limitaremos cuando ya no contemos con nuestras rodillas. Pero al menos es una opción.)
Los poetas románticos ingleses estaban claramente inspirados por sus largas caminatas en todos los climas: Wordsworth y Coleridge en el idílico Lake District; Shelley (“Siempre marcho hasta donde me detengan y nunca me detienen”) en sus cuatro intensos años en Italia. Los trascendentalistas de Nueva Inglaterra, entre ellos el más famoso, Henry David Thoreau, eran caminantes incesantes; Thoreau alardeaba de haber “viajado mucho en Concord”, y en su elocuente ensayo Caminar reconocía que necesitaba pasar al menos cuatro horas diarias al aire libre y en movimiento; si no lo hacía sentía “como si tuviera un pecado que expiar”.
Mi prosa favorita sobre el tema es Night Walks de Charles Dickens, ensayo que escribió años después de haber sufrido un insomnio extremo que lo lanzaba a las calles de Londres cada noche. Escrito con la habitual genialidad de Dickens, este evocador ensayo parece sugerir más de lo que las palabras revelan. Asocia su terrible imposibilidad de descansar por las noches con lo que llama “deshogarización”: una compulsión a caminar y caminar y caminar en la oscuridad y bajo la murmurante lluvia. (Nadie ha capturado lo idílico de la desolación, el éxtasis de la proximidad de la locura, con más fuerza que Dickens, tan frecuentemente malinterpretado como un creador de relatos populares, dulzones.)
A nadie le sorprende que Walt Whitman haya vagabundeado a través de enormes distancias: puedes sentir los latidos del caminante en la respiración contenida de sus poemas. Pero quizá resulta sorprendente descubrir que Henry James, cuyo estilo de prosa semeja más la densidad intrincada del croché que la fluidez del movimiento, también amara caminar kilómetros enteros en Londres.
También yo caminé (y corrí) muchos kilómetros en Londres años atrás. Gran parte de estos recorridos los hice en Hyde Park, a pesar del clima. Vivía un año sabático con mi esposo, un profesor de inglés, en una esquina de Mayfair desde donde se veía el Rincón del Orador. Estaba tan afligida por la añoranza de encontrarme en Estados Unidos, en Detroit, que corrí compulsivamente; no como un respiro de la intensidad que implica escribir, sino como una función de la escritura misma.
Mientras corría, era como si estuviera en Detroit: visualizaba los parques, las calles, las avenidas, los corredores de la ciudad, con tal claridad eidética que solo tenía que transcribir las imágenes al momento de regresar al apartamento. Desde Londres logré recrear a Detroit en mi novela Do With Me What You Will tan fielmente como la había retratado en Ellos, escrita mientras vivía en esa ciudad.
¡Qué curiosa experiencia! Si no hubiera pasado esas sesiones corriendo no habría podido escribir la novela. Además, pienso, ¡qué perverso! Estar viviendo en una de las ciudades más bellas del mundo, Londres, y pasársela soñando con una de las ciudades más problemáticas del mundo, Detroit. Pero, por supuesto: los escritores están locos. Cada uno de nosotros –eso nos gusta creer–, a nuestra única e inimitable manera.
Tanto correr como escribir son actividades fuertemente adictivas. Las dos están, para mí, ligadas a la conciencia. No puedo recordar un momento antes de haber corrido, ni puedo recordar un momento antes de que escribiera.
(Antes de que supiera escribir lo que podrían llamarse “palabras humanas en lengua inglesa”, garabateaba deses-peradamente imitaciones de la escritura de los adultos. Mis primeras “novelas” –las cuales temo que mis padres aún conservan en algún cajón o una camioneta vieja o una granja en Millersport– eran blocs de inspirados garabatos ilustrados con pollitos, caballos y gatos. Aún no había dominado la figura humana, quizá porque todavía me faltaban muchos años para dominar la psicología humana.)
Mis primeros recuerdos en exteriores tienen que ver con la soledad de escalar y correr en nuestros huertos de peras y manzanas, a través de sembrados de maíz que se agitaban sobre mi cabeza y a lo largo de surcos, sobre las estribaciones del arroyo Tonawanda. Durante mi niñez escalaba, vagabundeaba, exploraba incansablemente el campo: las granjas vecinas, un tesoro oculto en un viejo granero, casas abandonadas y propiedades prohibidas de todo tipo, algunas peligrosas, como cisternas y pozos cubiertos con tablas viejas. 

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