lunes, junio 27, 2011

Hay una chica en mi cuerpo



Imagino que para ciertos colectivos debe ser una tremenda decepción saber que era un invento la mujer que consideraban su heroína.
Entiendo a la perfección el éxito del personaje Aramina Arraf (imagen). La hechura de Tom MacMaster lo tenía todo para despertar interés. Si quieren leer el blog de la falsa Arraf, pero cuyos contenidos de denuncia son reales, vean aquí.
Sobre este embrollo, Ana Prieto para Revista Ñ.

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La de Amina Abdallah Arraf al Omari era una buena historia. Había nacido en 1975 en Virginia, Estados Unidos, de un padre sirio y una madre norteamericana. Su primera lengua fue el árabe, pues cuando tenía seis meses se mudó a Damasco y allí vivió hasta 1982. La brutal matanza dirigida por el entonces presidente Hafez Al-Assad contra los levantamientos de la ciudad de Hama, obligó a la familia a volver a Estados Unidos ese año, pues el padre de Amina era un conocido activista de buena posición económica, conectado políticamente y abierto opositor al régimen.
A los 15 años Amina supo que era homosexual, y lo revelaría a los 26, con la buena suerte de que tanto su madre como su padre musulmán la aceptaran de inmediato y sin armar ningún escándalo. Al poco tiempo todos regresaron a Siria, donde Amina trabajó dando clases de inglés, hasta que las protestas que empezaron en enero en el sur del país contra el gobierno de Bashar Al-Assad, y que un mes después se extenderían por todo el territorio, cambiaron el ritmo de vida de la sociedad entera.
Fue cuando la madre de Amina y otros parientes huyeron a El Líbano, y ella y su padre decidieron, en cambio, quedarse en Siria. Querían ser parte de la revolución que se gestaba; ser testigos de la nueva época que se inauguraba. Y mientras las tropas de Al-Assad disparaban impunemente contra manifestantes desarmados, mientras tanques militares se desplegaban por las ciudades y las manifestaciones eran reprimidas con helicópteros de combate, Amina inauguraba su blog A Gay Girl in Damascus , que miles de personas y medios de la envergadura de The Guardian y The Washington Post empezaron a seguir. En momentos en que periodistas y observadores tenían –y tienen aún– dificultades para entrar al país, Amina escribía con toda la libertad del mundo desde su condición de “suprema marginal”: había crecido como musulmana en Estados Unidos y vivía como mujer homosexual y opositora en Siria. Lo que tenía para decir era, por donde se mirara, irresistible.
Su post “Mi padre, el héroe”, narraba cómo dos agentes habían irrumpido en su casa a fines de abril, para llevársela por “salafista” y “agente extranjera”, y también por ser lesbiana, en un país en el que la homosexualidad se pena con años de prisión.
Su padre los enfrentó: “Su Bashar y su Maher (hermano menor del presidente) no vivirán para siempre ni gobernarán para siempre y ustedes dos lo saben. Si lo que quieren es un buen futuro para Siria, no se llevarán a mi hija”. Contra todo pronóstico los convenció, y Amina vivió para contarlo.
Sí, era raro. Mientras la Organización de las Naciones Unidas denunciaba ejecuciones y torturas y otros blogueros subían videos de las matanzas de civiles a YouTube, a una lesbiana y a su famoso padre disidente se les perdonaba la vida. Era raro, pero no imposible. Después de todo, ya se sabía entonces que al menos 300 militares sirios habían sido asesinados por negarse a disparar contra los manifestantes. Convencer a dos no sonaba, en ese contexto, tan improbable.
Y el 7 de junio ocurrió finalmente: Amina fue secuestrada en plena calle. Un primo suyo lo anunció en el blog, del que tenía la clave por si a su autora le pasaba algo. Se abrieron grupos en Facebook, se multiplicó la campaña de búsqueda en Twitter, la noticia se difundió por los grandes medios de Occidente, acompañada con fotos de la hermosísima Amina.
Al armarse semejante despliegue, el sitio Electronic Intifada decidió que era hora de anunciar que tenía suficiente evidencia para exponer públicamente la duda acerca de la existencia de Amina Arraf: la comprobación de montajes en fotos tomadas supuestamente en Damasco y posts de Amina en viejos foros, donde ponía como domicilio el mismo de un tal Tom MacMaster del estado de Georgia, con quien compartía a veces la dirección de IP.
Entretanto, Andy Carvin, de la National Public Radio de Estados Unidos intentaba contactar a alguien que la conociera, pero ningún bloguero sirio la había visto nunca y las entrevistas que había dado a algunos medios (entre ellos CNN) se habían llevado a cabo vía correo electrónico.
Todo se definió el 8 de junio: Jelena Lecic, una croata que vive en Londres apareció en el programa Newsnight de la BBC, reclamando la verdadera identidad de la chica de esa foto que circulaba por todas partes bajo el nombre de Amina Arraf. ¿Cómo había llegado su retrato ahí? Alguien, evidentemente, la había tomado de su cuenta de Facebook.
Con el círculo cerrándose a su alrededor, Tom MacMaster, ciudadano estadounidense de 40 años y residente en Escocia, decidió “entregarse” el 12 de junio con un post en el blog que hasta entonces todos adjudicaban a Amina. Decía que no creía haberle hecho daño a nadie, y que había logrado, en cambio, atraer la atención sobre lo que ocurría en Siria. “Era ficción, pero los hechos que presenté sobre Siria, el islam y Oriente Medio son reales”. Después se justificaría de una manera más sorprendente: siempre había querido ser escritor y el personaje de Amina lo ayudó a “soltarse”.
En una entrevista con The Guardian le preguntaron por qué la había hecho homosexual y él contestó “porque era más difícil. Me gustan los desafíos”.
Fue un golpe terrible no sólo para los seguidores de la inexistente bloguera y para los medios masivos que habían difundido su voz sin investigar nunca su autenticidad, sino y sobre todo, para blogueros activistas y para la comunicad LGTB de Siria y otros países de Oriente Medio. El editor del sitio Gay Middle East fue quizá quien hizo el descargo más fuerte de todos: “¡Avergüéncese! Cada día tenemos que lidiar con más dificultades de las que usted puede imaginar. Lo que ha hecho ha perjudicado a muchos, nos pone en peligro a todos, y daña nuestro activismo LGBT. A esto se suma que ahora se dudará de la autenticidad de nuestros blogs. No aceptamos su disculpa.” Lo que escribía Amina y que sonaba “raro”, ahora resulta francamente inverosímil: ¿Cómo pudimos haber creído que una bloguera gay siria pondría su nombre, apellido y foto a menos que fuese una suicida? Con esas negligencias, incluso ponía en peligro la vida de su padre.
Todo parece sugerir que si nos tragamos semejante historia, es porque esperamos que las revoluciones tengan, como en Hollywood, héroes románticos y descabellados que se ajusten a nuestra interpretación occidental de la valentía y la pasión.
Porque si algo puso de relieve la mentira de Tom MacMaster es la predisposición de Occidente a continuar aferrándose a prejuicios e imágenes distorsionadas sobre los pueblos árabes islámicos y su cultura, algo que el palestino Edward Said trabajó profundamente en su libro Orientalismo hace ya más de 30 años. Así, mientras periodistas, manifestantes y blogueros auténticos intentan informar por todos los medios posibles, con cuidado de preservarse a sí mismos y sus familias, miles de personas y periódicos de renombrada trayectoria prefirieron en cambio escuchar y difundir la versión de una hermosa joven sin velo, que escribía en perfecto inglés.

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