viernes, diciembre 14, 2012

Influyente y magistral




Entre los acontecimientos que más han marcado mi condición de lector, está el haber descubierto la literatura de Sergio Pitol. Llegué a leerlo luego de varios intentos. Escuchaba y leía muy buenas referencias sobre su poética, y cada vez que tenía la oportunidad de leer un libro suyo de ficción, algo pasaba en mí, algo me impedía seguir el curso de sus páginas, pese a que sí era capaz de reconocer la calidad de su prosa. Estas cosas me suelen pasar, te encuentras con un gran autor que no te engancha, pero sabes que ese mismo autor, en algún momento del azar de la lectura, te deparará una bendición, solo tienes que abocarte a esperar leyendo, solo eso, a esperar.

No sé cuánto tiempo esperé, pero aún pervive en mi memoria mi acercamiento a El arte de la fuga, una maravilla en todo sentido. Es un libro que no solo te enseña, sino que tiene el poder de hacerte sentir una mejor persona, te proyecta una extraña y agradecida sensación de plenitud vital. Meses después mi enamorada de entonces me regaló por mi cumpleaños El viaje. Ambos títulos compartían más de un lazo en común; teníamos pues la experiencia del viaje, de la formación lectora, del significado real de la amistad... Transgresión, humor, quiebre de registros. Es decir, llevar a buen puerto la libertad discursiva, pero con conocimiento de causa de la tradición que se pretende alterar. Esta línea la notamos también en El Mago de Viena y en lo último que leí de él, Una autobiografía soterrada (Almadía, 2010), que se me hace muy especial.

El propio escritor ha declarado que su obra termina con esta última entrega. Y de ser cierto eso, pues su despedida la realiza por todo lo alto. Pues bien, no estamos ante su mejor libro, pero sí ante uno que atomiza su poética, con el poder de sobra para irradiar un sentimiento perdurable del que solo contados escritores destinados a quedar son capaces. Y el Maestro, porque eso es lo que es, un Maestro, lo hace con páginas que nos remiten a su biografía libresca, a la radiografía de su poética que es lo que es gracias a la autocrítica,  a los recuerdos de su primer viaje a La Habana, a una relación inalterable entre vida y lectura y a lo mucho que se aprehende de la traducción; pero en especial, resultan inolvidables sus involuntarias clases magistrales sobre el cuento, sobre los mecanismos internos del que para algunos es el género literario más difícil, lo que le sirve para rendir un justo tributo a Chéjov y Borges. Estas opiniones sobre el cuento también vendrían a ser la biografía abierta de su estilo, canalizado en una voz que nos revela su sencillez de grande.

Los lectores que aún no conocen la obra del mexicano, tienen ahora una gran oportunidad. Una autobiografía soterrada es una festiva invitación a acercarnos a los libros de un autor sumamente influyente, en silencio, sí, porque lo que él ha hecho es moldear nuestra tradición lectora, ampliándola y depurándola, y eso, en lo que a mí respecta, me vale para estarle más que agradecido.

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