lunes, septiembre 16, 2013

Elogio de la actuación


Mi pata, El Ninja, me pasó el dato de una película de Leos Carax. A Carax le tengo ley desde Pola X. Cuando le pregunté sobre la peli, me dijo que tenía que verla, puesto que si me la contaba, así sea a grandes rasgos, el dato perdería su gracia, su hechizo.
Aproveché la noche del último viernes y fui caminando a Polvos Azules. En el Pasaje 18 busqué a mi proveedor y le pedí Holy Motors (2012). Busqué algunas cosas más y regresé a casa. Para esa noche había planeado ver por ¿segunda/tercera/cuarta? vez un par de Hitchcock, algo que no resulta gratuito, puesto que mi recargado interés en el director inglés obedece a la relectura de El cine según Hitchcock de Truffaut, libro que sin duda recomiendo a todo aquel que pretenda adentrarse en los vericuetos del arte de narrar.
Alisto los cigarros, el termo con café, apago el cel, desconecto el teléfono y me cercioro de que Gringo y Silvestre, mis gatos, no vayan a molestar.
Después de hora y media (o quizá un poco más), me doy cuenta de que necesito fumar un poco de hierba. Holy Motors ha sido un despiadado martillazo en mi cabeza. Sin duda alguna, se trata del trabajo más sugerente que he visto de Carax. Y entendí pues al Ninja al no querer contarme de qué iba la peli. No es para menos, lo mejor es acercarse a esta posible obra maestra con la menor info posible, simplemente hay que dejarse llevar ante un discurso visual en evidente estado de gracia.
Denis Lavant como Óscar, un sujeto que lo único que realiza es mutar de personaje a medida que recorre París en una limusina blanca. El lugar, ya sea la calle, una avenida, un cementerio, una iglesia, determina el cambio de personalidad, personalidad que puede llegar a rozar los más altos niveles de ternura, como también apoderarse de un instinto salvaje, sexual y asesino. Óscar viaja por la ciudad sin esperar nada de ella, y es precisamente en esa no espera en donde lo no premeditado se yergue como un factor determinante, en el que confluyen las más insólitas situaciones oníricas y fantásticas. En este sentido, y más allá de las cimas estéticas de la fotografía, Holy Motors también podría ser interpretado como un (gran) tributo a la poética de la actuación como tal.

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