sábado, junio 14, 2014

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Ante todo, me siento muy honrado de poder presentar esta muy buena novela de Francisco Ángeles.
La lectura de Austin, Texas 1979, no ha hecho otra cosa que no sea llenarme de esperanza.
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Entremos en contexto: a fines del año pasado decidí no hacer el recuento literario de rigor. Se publicaron tantos libros malísimos que ni siquiera el puñado de libros rescatables/destacables podía funcionar como contrapeso. En un post de mi blog dije que peor no podíamos estar, que más bajo no podíamos caer y que guardaba la esperanza de que el 2014 tenía que ser mejor, aunque sea un poco mejor. Felizmente, la realidad me viene demostrando que estamos saliendo de ese marasmo y es mi deseo que continúe así durante los próximos meses.
Pero hago un alto, recomiendo al oyente no malinterpretar lo de la esperanza, porque la presente novela que nos reúne dista mucho de ser una novela feliz. Nada peor para la literatura que la felicidad y el aliento de la autoayuda.
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Me gustaría centrarme en la novela, pero me es imposible hacerlo. Si solo me enfocara en ella, pienso que limitaría su epifanía, su presente legado, pasaría por alto el terremoto interior que ha generado su publicación, terremoto interior por partida doble. Por un lado, tenemos a los lectores, esos seres pasivos que solo buscan el mayor placer literario que pueda existir: la de leer buenos libros. Por otro, el remezón que ha significado para los escritores que ya la leyeron, que más allá de hacerse añicos en la experiencia lectora, seguramente han cuestionado el proceso de sus poéticas durante los últimos años. Aunque claro, esto nunca lo dirán, ni en las más alucinadas de sus borracheras.
En los últimos días he pensado en lo bien que le hace esta novela a la narrativa peruana última. Llevábamos tiempo necesitando una que no solo se solazara en el artificio verbal, en la forma disforzada, que no caiga en esa suerte de salvavidas que es el extrañamiento, que bien puede servir para un primer libro, aunque no para el desarrollo de una propuesta.
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Querido futuro lector de Austin, Texas 1979, presta atención: te enfrentarás con una novela distinta, y me atrevería a decir que también distinta dentro del espectro latinoamericano actual, en el que también podemos ubicar a más de un inflado. Distinta, para bien.
Bien se dice que las novelas y los cuentarios, para que lleguen a buen puerto, tienen que partir de la configuración de un personaje.
Sobre el personaje, podemos decir muchas cosas, interesantes e interminables, los hay para todos los gustos. Al respecto, tengo una teoría personal: puedo valorar el nervio narrativo de un escritor partiendo de la hechura moral y ética de sus personajes. Y en la parcela de la novela, esta tiene que sostenerse sí o sí en sus personajes. Escritor que no respete la fisonomía moral del personaje, no es un escritor, es sencillamente un chancateclas con ritmo.
No hay secreto por descubrir en novela, todo está dicho. El personaje es más importante que la trama, el estilo, la forma. Quien contradiga esto, le sugiero que se desasne leyendo el siglo de la novela, el XIX. Que Balzac, Dumas, Dickens, Dostoievski, Tolstoi, Flaubert sean los maestros que desasnen. Discutan con ellos, si es que se atreven.
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Pablo, nuestro protagonista, es un tipo escindido, roto, quebrado. En este sentido, agradezco a Ángeles por habernos entregado un medio hombre, un medio hombre que bien podría ser todos los hombres. De alguna manera, todos hemos sido Pablo alguna vez, aunque algunos son Pablo toda la vida. Estamos pues ante un personaje en crisis, y esa crisis se proyecta en la peor de las crisis: la emocional. En este sentido, conociendo a Pablo me resultó inevitable no relacionarlo con esa sentencia de Paul Auster en su maravillosa novela El palacio de la Luna: lo peor no es que no te quiera la mujer que quieres, lo peor es ya no sentir ese afecto y cariño que tenías por la mujer que querías, viviendo así un vacío que te hace débil y presa fácil de las circunstancias de la vida.
El autor nos entrega un hombre que trasunta en ese vacío. Ahora, él no intenta superar esa carencia emocional con mujeres al paso, menos en relaciones que se pinten de emocionales, como si buscara desesperadamente más de un salvavidas. Simplemente, este se deja llevar y en ese vaivén es que sin proponérselo se cuestiona, es decir, recuerda, y recuerda desde su vulnerabilidad.
Nos adentramos en una novela de recuerdos, pero de recuerdos selectivos, guiados por un constante y nada piadoso estímulo crítico. Pablo no se guarda nada, deja que el dolor y el resentimiento funjan como finos estiletes que quiebran a las personas que lo rodean. ¿Lo que me pasa es culpa mía? ¿Lo que me pasa es culpa de los demás? Ambas preguntas guían su discurso. En esas preguntas escondidas yace el sentido de su empresa suerte de tierra arrasada sentimental en la que nadie queda en pie.
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Acabo de decir que tenemos una novela con un personaje escindido. Un personaje así nos asegura una novela aceptable. Pero para Ángeles esto es insuficiente.
Si algo puedo decir de Francisco Ángeles, aparte de reconocer su enorme talento literario, es que es un pata sumamente inteligente. Y lo supe desde antes de conocerlo personalmente, por ejemplo: hay que ser un capo neuronal para que durante casi dos años haya sido el escritor inédito más conocido del Perú, fama literaria que se cimentó con la publicación de su primera novela La línea en medio del cielo, que también recibió saludos de la prensa y el favor de los lectores.
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Vuelvo a Austin…
Mientras recorría las páginas, me hacía muchas preguntas. Una de ellas tenía que ver con la distancia. Bien sabemos que Ángeles no vive en Perú, su ámbito es uno académico e imagino que sus lecturas deben estar muy alejadas de las modas y etiquetas literarias. Especulo sobre ello porque percibo en el texto una libertad narrativa que le ha permitido  armar una atmósfera y tensión narrativa libre y alejada de esos respiros narrativos efectistas que tanto daño le hacen a la narrativa peruana última, como también latinoamericana.
Leo los fragmentos de diarios insertados en la novela y me pregunto si al autor le quedó teclado. Seguramente, escribió más de un tramo de la novela con sincopada furia.
No exagero, en cada página hay furia, pero también tensión. Para esto, ya se han dispuesto los tiempos, los personajes, el conflicto.
Es gracias a esa tensión y a la disposición de los recursos narrativos, que tenemos una novela distinta, o mejor dicho, una novela honesta en la que podemos hallar La Verdad. La verdad en la experiencia de la palabra. No es poca cosa lo que digo, hoy en día encontramos pocas veces la verdad en narrativa. Confundimos artificio con verosimilitud, belleza verbal con cima literaria.
No me hago problemas y tú tampoco te hagas problemas. La verdad a la que me refiero es la mágica conexión no debe dejar de existir entre el texto y el lector.
Es que la literatura es conexión.
Es que la literatura es transmisión.
Ángeles la tiene clara: escribir bonito, bien, no es literatura.
Austin, Texas 1979 incomoda, fastidia.
Para que me entiendas: su lectura es como si participaras de una sesión de Ayahuasca.
Esta sesión de Ayahuasca literaria la vemos en toda su plenitud en la segunda parte, que lleva el título de la novela. En lo personal, quedé hecho mierda. Ocurre que algunos somos producto del azar, de un camino distinto. Algunos sabiendo que son hechura de ese camino elegido, se dedican a vivir su vida, en cambio otros, como Pablo, indagan en el por qué de esa elección que otros tomaron.
Líneas atrás dije que Austin, Texas 1979 le hace bien a la narrativa peruana.
Y le hace bien por su contundencia. La novela que nos reúne está muy alejada de ser lo menos malo que se publica entre nosotros.
Sácate esta idea de la cabeza: Austin, Texas 1979 es un antes y un después para la narrativa peruana última.
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¿Te acuerdas de los primeros versos del poema “Aullido” de Ginsberg? Más o menos esta sería la idea: He visto a las mejores plumas de mi generación perderse en la verbosidad, en la preciosidad de la palabra, en el fugaz reconocimiento del Face, en la anuencia general de que estamos en un gran momento narrativo.
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Lógico, la narrativa es costura. Pero la coraza sin nervio es nada.
Sin nervio, sin tensión, si no eres capaz de decir algo, no puedes alcanzar la excelencia literaria, solo te quedarás en el saludo inmediato por lo bonito que escribes, pero carecerás de epifanía, revelación, estarás a años luz de producir esa sensación de los relámpagos sobre el agua, es decir, de esa sensación que hace que los demás vean la vida de forma diferente, de esa experiencia literaria que acompaña, en la que seguirán leyendo un texto tuyo sin necesariamente leerlo.
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No lo niego. Me alegra que un pedazo de mí sea parte de la contratapa de la novela.
Y no me hace bien por afán de figuretismo.
Me hace bien porque cuando hablo de originalidad, hablo de voz.
Ángeles encontró su voz. Y voz literaria es lo que no se ve en la narrativa peruana última. Lo mismo podría decir de la narrativa latinoamericana actual, salvo excepciones.
Esa voz es lo que distingue a su autor, lo que hace de Austin, Texas 1979 la novela que es.
Ya lo dije, Ángeles es un pata inteligente. Y su inteligencia parte de la honestidad creativa. La pudo hacer linda con una novela cumplidora, pero no, se dio el tiempo y repotenció la búsqueda de ese hálito narrativo que notamos en su primera novela. Procesó su voz, y sin apuro, concibió Austin, Texas 1979.
Lo que pasa es que hay que respetar a la voz narrativa, dejarla que se forme y una vez formada sirve de base para grandes novelas como Austin, Texas 1979.
 
 
Texto leído el 12/6/2014, en la Universidad Federico Villarreal.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Querido, Gabriel Ruiz Ortega,:
Mi nombre es José Rubén Marquina Blas. Aquí te dejo mi comentario que lleva por título:
A modo de receta: ocho apreciaciones sobre Austin, Texas 1979

«Ahora que te he contado esta historia ya no [la] quiero más conmigo» le dice Lucas a su hijo, en la segunda parte de la novela Austin, Texas 1979 (Animal De Invierno, 2014). He leído esta novela de Francisco Ángeles (Lima, 1977) “con pasión y furia”, ahora tampoco la quiero conmigo: “Ahora que he leído esta historia ya no la quiero conmigo”. ¿Qué me queda? Completar el círculo. Escribir. Olvide el “tratar de” —porque siempre es lo mismo “tratar de”—: tratar de escribir.

1. Lector, cuando tengas la novela de Francisco tendrás en las manos una cápsula pequeña de 141 páginas. Como toda capsula, Austin, Texas 1979 es fácil de ingerir.

2. Hay cápsulas y capsulas. Esta es una capsula buena y, lo que no es lo mismo, una buena capsula.

3. Primera advertencia: el paciente principal es Pablo: esta es la historia de la crisis de Pablo. No obstante, a modo de un injerto, también están la historia del nacimiento de Adriana y la historia sentimental de Lucas. Otros pacientes.

4. Toda cápsula, pastilla o comprimido promete un viaje. Segunda advertencia: este viaje es hacia la ciudad de Austin en el 79.

5. Primera recomendación: en momentos de fiebre aproximarse a El corazón de las tinieblas y se les pasará.

6. Las cápsulas se dirigen hacia nuestro interior, al centro del universo.

7. La identificación es una forma de lectura: «le decía que me sentía identificado con su historia y por ratos me parecía estar leyendo la mía», le escribe Lucas a Alessa en la segunda parte de la novela. Tercera advertencia: La novela puede generar casos severos de identificación (se inscribe en la contratapa el testimonio de Alberto Fuguet, conejillo de Indias: “Austin, Texas 1979 es el tipo de historia que […] nos ocurrió a todos”).

8. Cualquier reclamo o malentendido, por favor, dirigirse al laboratorio principal que se ubica en la tradición literaria de Buenos Aires —y, si no es mucha molestia, revisar la de Montevideo—.

El Dr. S. F.

Francisco Ángeles
Austin, Texas 1979
Lima, Animal De Invierno, 2014. 141.

6:35 p.m.  

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