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La primera vez que supe algo del
norteamericano William Gaddis fue por una casualidad. Acababa de comprar más de
treinta libros de una antigua colección de Alfaguara, la diseñada por Enric
Satué, legendaria serie de tomos pastosos y de colores plomo y morado. Entre
los títulos figuraba Los reconocimientos,
que desde el título se me hizo no solo extraño, sino también atractivo.
Desde las primeras páginas me di cuenta
de que la empresa sería no menos que complicada. Me sumergí en la novela con
toda la concentración posible. Era muy joven y en plena determinación posera me
había propuesto leer solo obras maestras, como quien llena la cantera lectora
que me protegería de las mentiras que deparan las etiquetas de las novedades
editoriales. Gaddis se me presentó como un autor distinto, al que había que
seguir en serio la costura narrativa, regresando a sus párrafos más de una vez,
con la atención puesta en todos los recursos narrativos que empleaba, a lo
mejor en deliberada vesania o en presupuestado desorden. Cuando terminé Los reconocimientos, vinieron a mi mente
el Ulises de Joyce y el Tristram Shandy de Sterne.
No era para menos, con este autor había
que ir con cuidado. Con mayor razón cuando los narradores norteamericanos
contemporáneos que admiraría después no dudaban en resaltar su legado cada vez
que podían. Jonathan Lethem, David Foster Wallace y Jonathan Franzen se
deshacían por Gaddis, por la confianza que les suponía su poética maléfica, en
la que el humor y el espíritu de denuncia iban a la par, como una sola carne en
la que se canalizaba la locura del consumo que caracteriza a la cultura gringa.
En los últimos años se ha venido
rescatando la obra de este tremendo narrador. Se trata de una empresa difícil y
estimulante para cualquier traductor de prestigio, pues Gaddis, aparte de ser
un capo de las metáforas, también lo era del doble sentido en el discurso de la
ficción. Gaddis te poseía a través de un enjambre de voces que le permitía
propinar más de un certero golpe en el inconsciente del lector, por más activo
que este haya sido, que en principio no tenía la más mínima idea de lo que
leía; pero precisamente por ese no-entendimiento accedía a la riqueza de su
propuesta, abriéndose de a pocos camino a la claridad, a la calma de la
pasividad receptora.
Por ello, qué mejor muestra del infinito
ingenio de Gaddis que Jota Erre, a la
que bien haríamos de calificar de novela total, la misma que en 1976 le valió
el National Book Award. La presente novela total parte de los pequeños detalles
y se nutre de personajes en sí inverosímiles, como el protagonista, un niño de
once años, Jota Erre Vansant, quien como jugando, y contra la incredulidad de
sus mayores inmediatos, forja un imperio bursátil, proyecto que lleva a cabo
desde el teléfono público de su colegio durante los recreos, ni más ni menos.
Jota Erre hace lo que le da la gana con sus incautos interlocutores, mediante
su voz suave e inteligencia luciferina que lo convierten en un nato seductor
hasta de los más recalcitrantes. A Gaddis nunca le interesó el lector medio,
por ello presenciamos un endiablado uso de diálogos que solo los valientes
podrán soportar para quedar finalmente en la nada, nada que supone una
liberación existencial. Uno no puede ser el mismo luego de este viaje de más de
mil páginas de dificultad y llanto, que devienen en un aprendizaje nada fácil.
Los verdaderos maestros, cuando enseñan, lo hacen sin alterar sus códigos y
vale la pena formarse en estos códigos que nos permiten admirar una poética muy
influyente en las plumas más referenciales de entre siglos. Franzen tenía toda
la razón cuando llamaba a Gaddis «Mr. Difficult».
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Publicado en Buensalvaje 12
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