jueves, julio 17, 2014

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Me encontraba sumamente ocupado, ultimando los detalles finales para la participación de la librería en la FIL. En mi mente, deseaba dos cosas. Uno, que no llegara el día de hoy jueves, el de la instalación (no tienen la más mínima idea de lo agotador que puede ser), hecho imposible de evitar en todo sentido. Y dos, desear algunos minutos de desconexión de la realidad, algo que me haga olvidar lo que es trabajar contra el tiempo.
Ni uno ni lo otro daba visos de realidad inmediata.
Pero algo pasó.
Llegó a Selecta el narrador y crítico literario Jorge Valenzuela, quien me entregó un ejemplar del número 84 de la revista Letras, revista de la facultad de Letras y Ciencias Humanas de la UNMSM.
Hace buen tiempo Valenzuela me había pedido una reseña de un ensayo publicado por Carlos Yushimito, Subjetividades amenazadas. Sobre ese libro hice una reseña, en su momento, para Buensalvaje, sin embargo, para Letras la aumenté. ¿Hice trampa? No sé, y la verdad es que me importa muy poco.
Tener en manos esta legendaria revista de San Marcos me trae recuerdos encontrados. Nunca pensé publicar en una revista de corte académico, y legendaria (más de ochenta años, para más señas), una reseña por demás impresionista y arbitraria.
Las cosas son así y se disfrutan.
 
… 
 
Quizá la narrativa de la década del ochenta sea una de las más descuidadas de la historia de la literatura peruana. Uno revisa los diarios y revistas de esos años y de inmediato llega a la conclusión de que la atención estaba puesta en la producción poética, al punto que pudiera pensarse en la poesía como el único canal de transmisión, entre sus sujetos artísticos, de sensaciones y emociones ante la avalancha de desconcierto y desarraigo que fueron la marca de agua de aquel contexto incierto y violento. Había necesidad de gritar, sin duda, y la poesía y las canciones subte servían para amainar toda la furia contenida de esa generación que vivía bajo el sonido de las explosiones de cochebombas y el fuego cruzado. Nadie quería vivir en el país, bastaba ser testigo de las interminables colas en migraciones para llegar a la conclusión de que para poder salir adelante, había que huir de la realidad. Parte de este contexto incluía también a los sujetos con vocaciones artísticas o creativa, seguramente más de uno habrá visto truncado sus aspiraciones y proyectos, optando por trabajos alimenticios, los que al menos les podría servir para ahorrar y así con el tiempo cumplir el deseo de abandonar de una buena vez la tierra en la que nacieron y la que no les ofrecía ninguna posibilidad de realización. En esos años no daban ganas de vivir en Perú. Fueron los años del odio sostenido, de la desconfianza. Más de uno tenía la certeza de que era una maldición vivir en este país.
De los poetas peruanos que se dieron a conocer en los ochenta se viene escribiendo mucho, hasta más de la cuenta. Sobre la narrativa de aquella década existen muy pocos documentos que nos permitan acceder a un mosaico de lo que se hizo. De ese minúsculo universo, tenemos al menos dos antologías muy importantes: En el camino de Guillermo Niño de Guzmán y El cuento peruano 1980 – 1989 de Ricardo González Vigil. Quizá pueda destacarse la publicación del cuentario Caballos de medianoche de Niño de Guzmán, publicación que sí gozó de atención y publicidad, pero no por la contundente calidad de la propuesta del entonces joven autor, sino por el apadrinamiento del siempre poderoso Mario Vargas Llosa. Esto bien puede servirnos de espejo del circuito literario local, en donde resultaba insuficiente la calidad literaria, sino que era necesaria la “ayudita” de una voz mayor, de peso, para salir del círculo de amigos y familiares que celebran la aparición de un libro. A tal punto se había llegado, que no sería nada descabellado pensar en las muchas voces que se perdieron en aquella década por falta de un poquito de fe. Pensemos también en Hildebrando Pérez Huaranca, la antípoda de Niño de Guzmán, que se hizo conocido no por ser un buen narrador, sino por sanguinario senderista, responsable de la masacre de Lucanamarca. Por eso, como señalé líneas arriba, publicar un buen libro no era nada, se necesitaban de propicios y nada propicios factores externos a la literatura para empezar a hablar de un autor. Ni hablemos de la industria editorial, que si existía, existía también en la indigencia estética, en donde era frecuente toparnos con novelas y cuentarios en papel periódico, publicaciones que exhibían una portada de cartulina plastificada. En este sentido, el ensayo Subjetividades amenazadas de Carlos Yushimito es, bajo todo punto de vista, una invitación a conocer y redescubrir la narrativa de esa generación perdida.
Una invitación como esta no pudo ser más ideal. A lo mejor ayude en su difusión el justo y súbito prestigio de Yushimito, un “Granta Boy”, a quien, aparte de reconocerle su toque mágico para la prosa --cuyo estilo nos recuerda a un Juan Carlos Onetti, pero con afecto--, le conocemos sesudos ensayos y artículos publicados principalmente en la bitácora El hablador. Yushimito es a la fecha uno de los narradores más dotados de su generación y no sería nada extraño considerarlo como un genuino Best Seller de la siempre exigente población conformada por lectores duros y exigentes, de esos que han superado largamente los cuarenta libros leídos en vida.
El presente trabajo muy bien podría marcar un antes y un después en los discursos críticos sobre los años de la violencia política y su representación en la literatura. Es hora pues de los acercamientos desideologizados y de la valoración de la literatura por la literatura, sin denostar, obviamente, el respiro político e ideológico que bien pudieron inspirar a sus autores, puesto que todo discurso de ficción, todo discurso poético, encierra una postura o una visión política de la vida… pero esta nunca debe ser determinante al momento de la valoración literaria. Por ello, y pese a su brevedad, lo que se lee aquí exuda frescura argumentativa y una mirada complaciente para con los relatos de los autores en los que cimenta su trabajo. Lo que hace Yushimito es llevar a buen puerto lo que Octavio Paz llamaba “Rigor generoso”, el cual se justifica en los textos literarios que nos gustan, enseñan y quedan en nosotros como una fuerza radiactiva.
No es casual que el autor subtitule su ensayo como “Una relectura de la crisis social”. Es decir, nos entrega en bandeja otra característica de la narrativa ochentera, ahora pautada por los tópicos de la evasión y el exilio interiores, que generó una exploración intimista en la voz de yo, por la que se accedió a un fresco distinto de la convulsionada realidad social fragmentada por el horror. Yushimito encausa y refuerza su exposición en tres relatos, muy bien elegidos, por cierto: “La venganza de Gerd” de Alonso Cueto, “Caballos de medianoche” de Guillermo Niño de Guzmán y “El secreto de Marion” de Jorge Valenzuela.
Pues bien, echemos una mirada a los autores elegidos. Esta escogencia muy bien pudo ser guiada por una estrategia comercial, o lo que es peor, seguir los cauces de las afinidades políticas, pero no. No fue así. Yushimito apuesta, como tiene que ser, por un criterio eminentemente literario y ello se corrobora con Cueto y Valenzuela, narradores que han ido cimentando una voz personal, en cuya poética vemos la mutabilidad del sujeto ante lo que le rodea, poética que a lo mejor recoja de la técnica cuentística norteamericana, pero enfocada en el realismo mimético stendhaliano, siendo la ciudad de Lima la protagonista mayor en casi todos sus libros. Yushimito demuestra que es un lector serio y un crítico honesto y es precisamente esta honestidad intelectual la que le ayuda a recrearnos toda una época gracias a su narrativa que se hizo fuerte en la mirada del individuo, una narrativa sobreviviente que merece una lectura más atenta, a la que debemos dejar de observar como si fuera un hiato, un descuido, una tarea para hacer después. Por medio de Cueto, Valenzuela y Niño de Guzmán, tenemos las puertas de nuevos ingresos a una década que nos ofrecerá más de un grato descubrimiento, que nos lanzará a la búsqueda de esos libros de narrativa que se publicaron y que se perdieron, pero que hoy tienen la posibilidad de ser redescubiertos y así ver hasta qué punto la narrativa de los ochenta, en lo literario, ofreció resistencia.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

El último número de Letras es en realidad un número doble: 119-120, y el volumen es el 84.
Estos son los links para descargar los artículos y las reseñas de esta interesante revista:

http://letras.unmsm.edu.pe/rl/index.php/le/issue/view/3

http://letras.unmsm.edu.pe/rl/index.php/le/issue/view/12

El enterado

9:09 a.m.  

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