viernes, mayo 29, 2015

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Todo indicaba que sería una noche normal. Cerraría la librería y me iría a casa a descansar temprano porque mañana viernes debo levantarme muy temprano y dejar así las cosas listas para la actividad que tendremos el sábado en el Boulevard Quilca. 
Cerré la librería. 
Mi idea era caminar hacia la Plaza San Martín y tomar un taxi hacia casa. En todo el día no había hecho otra que ver dos películas en VK, Full Metal Jacket y The Conversation. Por ello, no me enteré de las noticias que ocurrían en las últimas horas, no me enteré de absolutamente nada. Solo veía esas dos películas, a lo mejor con el mismo interés de cuando las vi por primera vez. Pues bien, mientras caminaba hacia la plaza, me percaté de que muchísima gente caminaba en dirección contraria a la mía, con un andar anhelante, apurado, como si faltara poco para que empezara a correr. Seguí en mi ruta, con la idea de despedirme de “Hombre sabio” Quiñones que a esa hora se disponía también a cerrar el otro local de Selecta, pero crucé a la vereda de enfrente, para entrar a la tienda de siempre y pedirme una Coca Cola, pero ni siquiera pude pedir la gaseosa, porque ahora la gente empezaba a correr y gritar, como si estuvieran huyendo de una presencia fantasmal. Las pisadas veloces y desesperadas hacían que tuviéramos la sensación de estar viviendo un mínimo y creciente temblor. Salí de la tienda y vi a “Hombre sabio” que hacía lo posible por cerrar el local, así que crucé hacia donde él para poder ayudarlo. Para cerrar la librería hay que ajustar dos cadenas antes de colocar los candados. “Hombre sabio” no lo podía hacer con tranquilidad, aunque mi ayuda iba a limitarse a cuidar sus cosas, que eran presas llamativas para los delincuentes que se cuelan entre los manifestantes, porque eran manifestantes, tal y como me enteré minutos después. 
Una nube de gas lacrimógeno se apoderó de la intersección de Camaná con Quilca. Le pedí a “Hombre sabio” que se apurara, pero mi petición fue más pensando en mí que en él, que la tenía mucho más difícil que yo, porque no solo era gas lacrimógeno, sino también gas pimienta que se apoderaba de mi puta piel sensible al sol, que hizo que me irritara y que botara todas las lágrimas que no he botado en mucho tiempo. Por mi rostro caían las lágrimas y el ardor se hacía insoportable. En cuestión de segundos, los manifestantes no estaban en la calle. Todos corrían hacia Wilson, solo teníamos la presencia de los gases que nos dañaban. Eran tantas las lágrimas que mis lentes se me resbalaban desde la nariz. “Hombre sabio” se llevó las manos al rostro. No podía cerrar y no podíamos dejar la librería mal asegurada. Nos quedamos tres minutos más, que fácil fueron los más jodidos, los más dolorosos. 
Después de varios minutos, cuando ahora nos dirigíamos a la Plaza San Martín, una plaza por demás desierta, hablábamos de las manifestaciones que vienen ocurriendo en las últimas semanas. Nos despedimos. “Hombre sabio” se fue por el Jirón de la Unión y yo por Belén. En mi trayecto, y ahora más calmado, pensaba en los nuevos jóvenes rojos del país que salieron a protestar contra todas las chanchadas que viene cometiendo este gobierno, jóvenes rojos que hacen lo que los treintones y cuarentones rojos no se atreven a hacer. 
Siempre voy a apoyar todo tipo de manifestaciones. En este caso, los jóvenes rojos quieren a este presidente y su esposa fuera del poder. Intentan limpiar las chanchadas que no se atreven los rojos mayores, esos rojos que apoyaron a este presidente mediocre a llegar al poder, apoyándole sin tener en cuenta sus anticuchos sobre violación de derechos humanos, porque esa es nuestra izquierda de treintones y cuarentones, que no solo la caga, sino que son duchos para limpiarse las manos. Felizmente, hay una juventud roja que no son como ellos.

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