lunes, agosto 17, 2015

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Ciertos domingos tienen el aura de brindarte la oportunidad de poner en orden las cosas. Cosas que esperabas encausar y que por más que intentabas, no podías hacerlo. Al menos, en estas últimas horas tienes el tiempo suficiente para darle un sentido a lo que se venía germinando, como también potenciar lo que venías haciendo. En fin, veremos cómo se van desarrollando las cosas. 
Días antes mi hermano José Carlos me mandó un mail en el que me pedía de regreso sus dvd´s de la WWE. Al igual que yo, por años fuimos seguidores de esta compañía de lucha libre de entretenimiento. A diferencia mía, él es más coleccionista y en esos dvd´s estaban las mejores peleas en la historia de la WWE. No me puse a pensar en los motivos de su requerimiento, que era inmediato, porque en nuestra última conversación hablamos de los luchadores actuales de la WWE, que a excepción de Cesaro y Brock Lesnar, son una vergüenza en comparación de la épica que veíamos en los luchadores que marcaron nuestra adolescencia y primera juventud. José Carlos quería de vuelta sus dvd´s para volver a los años de gloria en los que éramos testigos de las batallas de Bret Hart, Hulk Hogan, Tito Santana, Macho Man, The Big Boss Man, Shawn Michaels, Jake “The Snake” Roberts, los Demolition, The Ultimate Warrior et al. 
Junté los dvd´s y los puse en la mesa de la sala para cuando pasara mi hermano a recogerlos. Después de almorzar, me alisté para salir, puesto que debía recoger a mi madre en Jesús María, en un barrio cerca de la Residencial San Felipe. Mi idea era pasar por la residencial, cruzar sus parques, caminando lento y volver así a los meses en los que me gustaba recorrerlo, porque, para ser sincero, después de muchos años iba a volver a hacerlo. Además, tenía ganas de caminar, caminar despacio, con la sensación de no saber a qué lugar ir. 
Poco antes del llegar a mi destino, me bajé del taxi en Salaverry, en la intersección del Rebagliati. Pensé en que si caminaba en diagonal, iba a llegar a la residencial y así recorrerla en calma hasta recoger a mi madre. Sin embargo, hice mal, porque en vez de caminar por la Salaverry, lo hice por una calle de la que no recuerdo ni me interesa recordar su nombre, puesto que a media cuadra de la misma, una cuadra inmensa, la del Círculo Militar, me di cuenta de que estaba en una calle que a toda costa trato de evitar. 
Hay calles que tienen el poder de tirarte al suelo, de quedarse con lo mucha o poca vida que puedas tener. No es la única, puedo encontrar más en Lima y huyo de ellas sin más, alejarme en una de su patetismo que le quita sentido a mi vida. No hablo pues de calles pobres, más bien, estas podrían calificarse de sobrias, pero que indudablemente encierran un mal, proyectan una desazón: la acumulación de los espíritus de los muertos y acribillados que deben permanecer en el subsuelo de las casas que habitan la calle. Esa es mi teoría personal, porque luego de barajar muchas posibilidades, no tengo otra opción que pensar en ello, mirar estos hechos con otros ojos, no los terrenales. 
No me encontraba en una calle que tenía que evitar. Esa calle a evitar no era mía, porque de haberlo sido, no me habría bajado del taxi en Salaverry. Esta era la calle a evitar de José Carlos, mi amigo que se llama como mi hermano. Conozco la pesadez de esta calle gracias a él, que me pidió hace cinco años que lo acompañara una mañana a recorrerla, de la que deseaba recoger impresiones para usarlas en una novela que estaba escribiendo. Aún tengo presente esa mañana, como también su insoportable pesadez existencial. Hubo un momento en que le pedí que aceleráramos el paso y salgamos cuanto antes de allí. José Carlos se río y me dijo que quería comprobar la sensación que él tenía, que no solo era de él, sino también de los que cruzaban esa calle por primera vez. 
Pasaron los años y José Carlos publicó el libro del que me hablaba y del que leí sus distintas versiones. La calle aparece en su libro y estoy seguro de que los lectores también han sentido esa pesadez de la que les hablo.

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