domingo, noviembre 01, 2015

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Ayer sábado fue un buen día muy bueno en todo sentido. A eso de las seis de la tarde me puse a ver una película que no veía en mucho tiempo, Shivers de Cronenberg, la misma en la que he estado pensando en estos días en los que he sido invadido por sueños por demás extraños, los cuales, acepto, me generan una especie de temor. Quizá sea muy supersticioso, pero sí creo en la fuerza de los sueños, en su halo profético. 
Cerca de las tres de la tarde, recibo la visita de un par de estudiantes de la Universidad de Lima, que me preguntan por Operación masacre de Walsh. Han venido buscando ese libro por todo Lima y en parte puedo entender que no lo hayan encontrado, porque está agotado. En su momento tuve varios ejemplares de este libro, los cuales vendía a los lectores que sí me garantizaban un interés por leerlo, o sea, ni daba cuenta de ellos por el solo hecho que me preguntaban. Percibí interés en ambas estudiantes e hice todo lo que pude para sugerirles una librería donde lo puedan comprar. De paso, aproveché en conversar un toque con ellas y sí, mostraron un interés genuino por lo que cuenta Walsh en su famoso libro. Le dije que en las próximas horas les tendría novedades y se fueron, imagino que esperanzadas en que pueda hacer algo. 
Minutos después me puse a ver Shivers. Los audífonos ayudaron mucho. La vi sin interrupciones, además, la película es corta y al terminar de verla no pude sino sentir temor por la relación más que evidente que podía notar en mis sueños y la película. Con esa resonancia profética terminé el día, muy confundido, además, cerré la librería tarde porque me quedé escuchando música y terminando de leer dos novelas cortas, una de ellas inédita, de un amigo que lleva esperando muchas semanas por mi opinión. 
Salí de la librería. Me dirigía a la Plaza San Martín, en el trayecto, y no exagero, vi más de mil personas en la calle Quilca, en lo que vendría a ser una auténtica fiesta callejera, con alcohol, cigarros y hierba; una señora que vende anticuchos fuera del Bar Don Lucho rayaba en ventas y el referido bar exhibía un lleno de sedientos de chela. Entré un toque para saludar a unos patas que no veía en tiempo, de paso, se me antojó un pan con jamón del país. No se podía hablar bien, el ambiente era de alegría. Pude ver también a las dos chicas que me preguntaron por Walsh en la tarde, acompañadas por unos patas que imagino eran sus flacos. Este detalle hizo que me fijara en el bar, poblado de gente no habitual al mismo, al menos en un 70 %. Entre los que vi, varios músicos de bandas rockeras asociadas al circuito barranquino. Estaban felices, bebiendo y riendo, sintiéndose malditos ante las constantes presencias de las luces de las camionetas del serenazgo. Horas después, seguramente dirían que estuvieron en un bar de Quilca, en pleno Centro Histórico.

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