miércoles, noviembre 04, 2015

380

Mientras preparo la reseña de un libro de cuentos que me ha gustado, escucho The White Album de The Beatles, un álbum con ese toque de silenciar los días, convirtiéndolo en esferas herméticas que protegen a uno de la estupidez colectiva con la que inevitablemente debo lidiar. 
La música, aparte de mi dependencia fisiológica de ella, me ayuda a hacer mi trabajo, sin ella, no creo que avanzaría mucho, al menos la sensación sería otra, inclinado más a la desatención. Cerca de las tres de la tarde, cierro la librería y me dirijo al Queirolo por un jamón del país y una cerveza. No solo he estado escribiendo las reseñas, también acondicionando la librería a mi total gusto personal porque ahora estaré solo en ella. Es como volver a poner en orden a lo que ya te habías acostumbrado, aunque ese orden no requiera de mucha alteración, también haré una pequeña sección que cumpla con mi pequeña dosis de música, música que hará que olvide que existen emisoras de radio. 
Al llegar al Queirolo, busco una mesa en el Salón Hora Zero. Felizmente, me encuentro con poca gente, la misma que almuerza platos a la carta, lentos y felices, deglutiendo los tallarines verdes, saboreando la lasagna y el escabeche de pollo. Ante ese espectáculo, barajo la idea de pedir exactamente lo mismo, pero recuerdo también que debo controlar mis ganas de comer. Desde hace varias semanas siento muchas ganas de comer, a toda hora y lugar, detalle que me ha llevado a tener problemas, contados, de respiración. Llamo a uno de los mozos y pido el jamón del país y una Cusqueña. Prendo el celular y me encuentro con varios mensajes, entre ellos el de Mr. Chela, El caminante y El maldito de Ñaña. El maldito de Ñaña tiene problemas con los textos de contratapa de su libro. Me manda los textos, los cuales están bien en cuestiones idiomáticas, pero a esos textos les falta fuerza, son como ríos sin rocas, y son rocas las que necesitan esos textos de contratapa. No pienso mucho en la sugerencia, el aperitivo será de lo más fugaz, aunque claro, no  soy como José Carlos, que se acaba cualquier sánguche en dos bocados, yo lo acabaré en cuatro con la ayuda de la chela. Entonces le digo al Maldito de Ñaña lo mejor que puedo decirle para estos casos, “los textos de contratapa deben escribirse como si se estuviera bebiendo, como si estuvieran tirando”. Eso, señores.

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