lunes, noviembre 02, 2015

de espaldas a la realidad

Si nos aunamos a la opinión común, podemos decir que la narrativa peruana comienza a vivir un buen momento. De lo que viene escribiéndose en estos años, tenemos para todos los gustos, lo cual es bueno y edificante, pero lo que sí me causa sorpresa es la poca disposición de nuestros escritores para acercarse a la realidad en todo el paisaje de su crudeza. No, no hablo en función a la práctica de una ideología plasmada en la obra literaria, o como sustento de la misma, sino a un desinterés por un género que nos permita entender mejor nuestro contexto, el de hoy, teñido de sangre, violencia y corrupción. 
Sé que tenemos voces narrativas que vienen escribiendo de la violencia, no necesariamente política, sino de la violencia en un sentido más amplio, una violencia cotidiana y social. De alguna manera, la violencia de la que escriben yace en los terrenos de la más absoluta estética literaria. Pues bien, cuando líneas arriba me refería a nuestro contexto teñido de sangre, violencia y corrupción, lo hacía en relación a la carencia de un género que la represente, al hecho de que no estamos aprovechando un género idóneo, un género que el mercado editorial ha convertido en plástico, pero que nuestra realidad bien podría regresarlo a su estado de pureza, cosa que podríamos forjar una tradición fuerte en el género policial. 
Eso es lo que viene pasando. Con todo lo que vemos, hasta en sus lados más circenses, el contexto peruano está llamado a cimentar una tradición en narrativa policial. Cuando me refiero a tradición en narrativa policial, no cuento con las incursiones de ciertos autores en este género, como Alonso Cueto, Mirko Lauer, Peter Elmore, Fernando Ampuero, Vargas Llosa y el recordado Carlos Calderón Fajardo, que a lo mejor han incursionado en él bajo el ánimo de la curiosidad y la experimentación temática. 
No hay que negarlo, el género policial es llamativo, en donde no solo podemos encontrar divertimento, sino también cimas literarias. Por esta razón, la inquietud se asienta más, porque se está dejando pasar una oportunidad única para comenzar a sacarle el jugo a este género que más temprano que tarde nos podría ofrecer novelas que podamos calificar de maestras. Entonces, ¿a qué se debe el desinterés de los escritores peruanos actuales por este género rico en posibilidades? Las respuestas podrían ser variadas y en busca de una me lancé en algunas especulaciones, quizá más de una chocante, pero son especulaciones en buena onda. 
Todas mis especulaciones yacen en un estado por demás vergonzoso. El estado: la experiencia de la lectura en muchos escritores peruanos ha empezado tarde. No me refiero a que no lean. Ese no es el punto. Me explico mejor: la mayoría ha empezado a leer en los años formativos ni bien terminaron el colegio. En esos años las lecturas son más canónicas en todo sentido, no solo de autores nacionales, sino también de los foráneos. Esto no me sorprende, conozco a narradores y narradoras que se resisten a leer a Dumas, Salgari y Verne por considerarlas lecturas para adolescentes; o peor: cuando les hablo de Conan Doyle y Agatha Christie, piensan en amas de casa y en lectores limitados. 
Bien sabemos que el género policial ha sido por décadas desdeñado por la academia y por la llamada comunidad de lectores cultos, que consideraban al género policial como un subgénero, una literatura de divertimento pasajero. Con los años, el policial ha ido quebrando barreras. Hoy en día habría que ser una bestia o un subnormal para no reconocer los ecos perdurables de un Dashiell Hammett y un Raymond Chandler, por ejemplo. En el caso peruano, percibo que el interés viene creciendo, pero crece gracias a los grandes del género, por cuenta de lectores diletantes y, felizmente, ahora desprejuiciados. Sin embargo, apunto a los narradores, a la nueva hornada bañada en fama virtual y a los que anhelan estar en ella. ¿Qué pasa? ¿Por qué el género les es tan esquivo? No creo que esta situación obedezca a un desinterés, sino más bien a las lagunas que arrastran desde la adolescencia, porque en esta etapa es cuando se lee a los grandes maestros del divertimento, en donde el buen divertimento literario se cuela en la formación lectora que ni las más ineludibles lecturas de textos canónicos va a poder desaparecer, sino enriquecer. 
El policial seduce y gusta a muchos escritores peruanos, pero el problema es que no saben cómo escribirlo. No conocen la tradición, se sienten achibolados, traicionados, menos, por leer a los mencionados Conan Doyle y Agatha Christie, igual con George Simenon, Manuel Vásquez Montalbán, P.D. James, Patricia Highsmith, Juan Madrid, Leonardo Sciascia y demás referentes ubicables. Echemos un vistazo a otras tradiciones, como la chilena y argentina, que sí tienen una tradición en el género policial, que pueden jactarse de tener genuinas obras maestras. No lo pienso mucho. Sus escritores leían desde la adolescencia y leían el policial para pasarla bien. Pensemos en la colección El séptimo círculo de Borges y Bioy Casares, conformado por novelas policiales inglesas. Esta colección no iba dirigida exclusivamente al llamado lector culto, al lector de rarezas, sino al público en general. 
Si el policial no ha prosperado en nuestro país es debido a la carencia de una política cultural preocupada en democratizar la lectura. El policial es solo un género perjudicado, una extensión temática más junto a registros como el fantástico y el horror. Estos géneros se asimilan en la adolescencia, por lo general es así, aunque esta no es una ley, valgan verdades. Por ejemplo, esta impresión la comparten los narradores suecos de policiales, que no se cansan en declarar que gracias a las lecturas de las novelas de divertimento que leyeron en su adolescencia llegaron a ser lo que son: los mejores hoy en día en el género policial. En apariencia, en Suecia no pasa nada y de lo poco que ocurre allí, estos narradores saben cómo elevar el crimen, que si lo comparamos con el crimen que acaece por estos lares, es absolutamente nada o inocente. Pensemos en un capo del policial, esta vez gringo, Richard Price, cuya poética es deudora de un híbrido entre Simenon y The Black Mask. Price se formó como lector en las bibliotecas públicas de su ciudad, su primer amor fue el policial y, por consecuencia, de adulto se propuso ser un escritor de novelas policiales (ten en cuenta que fue uno de los guionistas de The Wire). La llamada lectura de divertimento le reforzó la mirada hacia la realidad y vaya producto que salió de esa formación, novelas de una brutalidad tan actual, brutalidad de la que no es necesario conocer a fondo el contexto que retrata, tan parecido al nuestro. 
Ahora, que no pocos escribas locales hayan empezado a leer tarde y su formación lectora dependa únicamente de textos canónicos no es justificación para no conocer y leer a los cracks del policial. Sumergirse en las páginas de las novelitas de Christie y Simenon bien puede valer un curso intensivo de narratología. Estos maestros enseñan a narrar, son maestros e hijos del extraordinario Dumas. 
Por eso, querido narrador peruano preocupado en narrar esta realidad privilegiada para los fines literarios, no te avergüences, ni paltees si no eres sueco, mucho menos si no ha habido una espectacular biblioteca pública en tu barrio. Nunca es tarde para comenzar. Si te fascina el policial, si no tienes la más puta idea de cómo escribir una novela policial sobre lo que, a saber, viene pasando en los puertos, en las extorsiones a los empresarios, en los anticuchos de los gobiernos regionales y en la narcopolítica, pues busca a los maestros del divertimento, a las voces mayores del policial. No tengas roche. Y para animarte en la empresa y así te vacunes contra las opiniones de los poseros que leen la última mentira editorial sin haber revisado a Chaucer ni Tolstói, te cuento lo siguiente: en el imprescindible libro de ensayos Celebración de la novela, Miguel Gutiérrez cuenta que empezó a leer a los treinta y cinco años las novelas de aventuras de Salgari, Dumas y Verne. 
No digo más y ponte a leer, a recuperar el tiempo perdido si es que te haces llamar narrador. 

… 

Publicado en LPG

3 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

¿Y para ti cuales son las obras maestras impostergables? Recuerdo un comentario de Gide alabando a "Cosecha Roja" como la mejor del género.


¿Cuál es tu lista?

Un saludo

12:38 p.m.  
Blogger Paul Forsyth dijo...

Gabriel:

Tienes razón, el género policial (o "detectivesca") es una veta importante que ha dado grandes obras literarias. Entre ellos, Conan Doyle y Agatha Christie (ambos ingleses, debo resaltar) son dos de los más grandes escritores. Se me ocurre también que podríamos incluir en la lista a Edgar Allan Poe (quien inauguró el género con el famoso Auguste Dupin) y Leroux (autor, entre otros, de "El misterio del cuarto amarillo") y Maurice Leblanc (autor de "El tapón de cristal"). Dijiste "cimas literarias", con razón: no es fácil contar una buena historia donde el protagonista verdadero sea, precisamente, la historia, y que esta, encima, contenga importantes reflexiones sobre la condición humana (donde se mezclen la historia y la filosofía, por ejemplo). La "densidad" de estas obras recae en las pericipecias de los personajes (los actos) y en las motivaciones (mayormente de índole moral o morboso) que estos tuvieron para hacer y deshacer la realidad según condiciones y deseos: todo está en la forma de contar los actos de la historia (prueba de ello, la facilidad con que a menudo "engancha" a los lectores). Bolaño, por ejemplo, tenía clara la importacia del género y la potencialidad que acarrea contar plantear una detectivesca. Muchos de sus libros consisten precisamente en eso: en búsqueda obsesiva por una, alguna, "verdad". Pensemos en sus novelas 2666 y Los detectives salvajes (por poner dos ejemplos). Regresando: lo de Conan Doye y Christie es no menos que impresionante. No nos olvidemos de "El nombre de la rosa", de Umberto Eco, para mí obra maestra del género policial: su personaje principal (no el narrador, Adso de Melk) es una mezcla entre Sherlock Holmes y Guillermo de Occam que produce un personaje complejo (Guillermo de Baskerville) y no menos oscuro que su antagonista (Jorge de Burgos), modelado a partir de Borges. La historia, además, ocurre durante el Medioevo, en una época crítica de la historia occidental en la que las ideas empezaban a tomar una clara divergencia con respecto de la oficialidad religiosa (católica), que dominaba la mentalidad de los pueblos, y los paradigmas entraban en contrapunto.

Paul

6:32 p.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Ya, interesante la especulación. Pero tienes que ir más allá y poner en claro que en el Perú estás lecturas de entretenimiento son ignoradas en general, o sea, no hay un público que las solicite y pueda sostener una carrera dedicada a esta vertiente más comercial. Los suecos que escriben policiales hoy en día obviamente empezaron vendiendo harto en su país y de ahí trascendieron. Aquí alguien intenta algo en ese sentido y de seguro va a vender nada en comparación con un librito metaliterario cuyo autor tenga buenos contactos en la prensa y la argolla. Así qué autor tendría la motivación para seguir perseverando. Por eso tanto libro triste e intimista.

11:11 a.m.  

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