jueves, noviembre 26, 2015

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Más allá de lo que se puede vivir en las ferias de libro, lo que siempre espero de ellas es algo que vaya más allá de una experiencia comercial, que a fin de cuentas, y por más que suene a incoherencia, es lo que menos me interesa de la vida. Prefiero otras satisfacciones, más personales, que calmen en algo la furia que llevo dentro. 
Cerca de las cinco de la tarde me dirijo a los servicios de Larcomar. Al regresar, me detengo a ver el mar mientras fumo un pucho. Me gusta ver el mar, sentirme una nada ante una inmensidad que no solo ofrece belleza, sino también una sensación de temor. Porque eso es lo que hago, deseando que los minutos sean los más duraderos posibles, es decir, no regresar, o en todo caso, sentir que no regreso al stand de la feria. Me encontraba en ese trance, mejor dicho, ingresando a ese trance psicodélico de ausencia en el que no me interesa nada. 
Recién a la tercera llamada, porque sin duda no fue a la primera, escucho que alguien me llama. Volteo. A cuatro metros de mí miro a una chica que me sonríe y que tiene en manos a un niño de año y medio. Así lo tasé ni bien lo vi. Me costó algunos segundos reconocerla a razón de sus oscuros lentes marrones. Pero la ubiqué más por el niño, a quien sí había visto en algunas fotos de Facebook. Se trataba de Erika, de quien no sabía nada en más de dos años. Y el niño era su sobrino de año y medio (dato en que sí acerté). No pudimos hablar mucho, porque ella paseaba al niño y yo debía regresar al stand, aunque Amaro, con sus pasitos ligeros nos llevó de regresó al stand. En el trayecto, conversamos de lo que siempre conversamos, de música y series. Pero esta vez no hablamos de la vida, porque era implícito que no teníamos el tiempo para hacerlo. Erika conoció el stand y el bebé estaba en su salsa, corriendo de un lado para otro, una pequeña bala humana perdida en un mundo de libros. 
En menos de lo que pensaba, Erika estaba detrás de la pequeña bala humana por los pasadizos de la feria. 
Y me puse a hablarle de la narrativa de Iris Murdoch a una señora venezolana, de cuando en cuando levantaba la mirada hacia los pasadizos, hasta que los vi, caminando tranquilos, el niño llevando un libro abierto, reconociendo palabras.

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