lunes, noviembre 16, 2015

no todo lo que brilla en narrativa es lo que dice ser

Semanas atrás recibí en la librería la visita de Rayita, un joven lector muy atento a la narrativa peruana actual. Cada vez que hablamos me comenta entusiasmado lo que viene leyendo. Por lo general, se devora todas las novedades. Y no me hace caso cuando le digo que también debería leer a autores de otras tradiciones. Rayita es terco: la narrativa peruana última y punto. 
Esa vez Rayita traía consigo una lista de libros peruanos que no había leído, el título más añejo era del 2010. Conocía todos los libros que había apuntado, más de uno me parecía interesante y, en su momento, un par de ellos fueron reseñados por mí. A este paso, Rayita se convertirá en un conocedor exhaustivo de la narrativa peruana publicada a partir del 2010. Le pregunté al respecto y su respuesta me dejó asombrado, puesto que su propósito inmediato era ese. Para lograrlo, quiere cumplir el objetivo de leerse todos los títulos peruanos publicados en el periodo de su interés. Ante esta actitud, por demás romántica, me animé ayudarlo, sugiriéndole algunos autores que no veía en su lista. Cogí un lapicero y empecé a numerar los títulos en orden de prioridades. Rayita miraba embelesado la numeración, el ubicado en el puesto 5 iba al segundo, el del 8 al tercero, el del 10 al decimoctavo. Terminado el orden de prioridades, le comenté que su lista era cumplidora, democrática, pero que a esta (lo mismo noté en las otras ocasiones que venía con sus listas) le faltaban algunos nombres. Pero no me refiero a nombres de los que podamos decir que son tapaditos. Pensé en dos nombres, que ni bien los mencioné, Rayita los apuntó al toque, presionando la punta del lapicero en la hoja, como si estuviera apuñalando a alguien. 
No eran narradores desconocidos, más bien ambos han recibido distinciones importantes en el ámbito local (uno ganó el Copé de Cuento 2012 y el otro el Copé de Ensayo 2014), además, las reseñas de sus libros han sido no menos que positivas. Sin embargo, por alguna extraña razón, seguramente debido a esa ciencia oculta que impide que los buenos narradores sean valorados más allá de los premios y las reseñas positivas, aún no ingresan como merecen en el imaginario del lector interesado en narrativa peruana actual. Hasta he pensado que prefieren mantener ese perfil bajo, lo cual se respeta, no todos tienen vocación de figurones ni están carcomidos por la necesidad de atención. 
Los ojos de Rayita se achinaron cuando empecé a hablarle de las cualidades narrativas de Richard Parra y Christ Gutiérrez-Rodríguez. El primero publicó hace un tiempo, vía Borrador Editores, Contemplación del abismo. Esta publicación generó comentarios que iban desde su irregularidad a su contundencia. En lo personal, me resultó irregular. Sin embargo, meses atrás publicó por medio de la editorial española Demipage La pasión de Enrique Lynch y Necrofucker, dos novelas cortas que nos muestran a un Parra más que elevado, muy dueño de sí mismo y con las suficientes armas para ser considerado un narrador de primera fila en la narrativa latinoamericana actual. Hablamos pues de un paso agigantado, de un golazo de media cancha al reanudarse el complementario. Muchas de estas páginas aturden al lector, ya sea por el estilo cortante y premunido de una poesía oscura. Parra es de los que prefieren contar una historia golpeando y es posible detectar en su poética la influencia de un grande como McCarthy. En el nivel sensorial de la experiencia de la lectura, uno siente el amargo sabor de la tierra y las punzadas de los nervios tras una noche en la que has estado a nada de perder tu vida. A eso nos lleva Parra. 
De Gutiérrez-Rodríguez he escrito más de una vez. No debe ser una novedad que hable de él, pero lo vuelvo a hacer a razón de la publicación de Animal de Invierno Las siete bestias, el cuentario más logrado de la narrativa peruana contemporánea. Lo que no deja llamar mi atención es la lengua de acero musical que emplea el autor. Si un gran valor destaca en esta publicación, ese es precisamente el estilo, un estilo que podemos ubicar en un híbrido generado por los respiros estilísticos de Lezama Lima y Burroughs, que enriquecen el largo aliento de estas cinco novelitas disfrazadas de cuentos, que garantizan al lector de turno una epifanía tras un interminable viaje por los bajos fondos del Callao y Lima, bajos fondos en los que descansan, aún sin explotar, los temas que van a salvar a la narrativa peruana actual de la estrecha mirada temática en la que ha caído. 
Bien podríamos llamar a Parra y Gutiérrez-Rodríguez narradores de la violencia. Ese es pues el tema que comparten en común. No una violencia como la política (aunque algo de ella hay en esta última entrega de Parra), tan manoseada y que más de un narrador no admite su desgaste, sino una violencia que yace en las taras de nuestra historia, también una que se alimenta de la cotidianidad, esa violencia que bien respiramos en las calles, en nuestras relaciones humanas y en la intimidad del hogar. 
Rayita guarda silencio con lo que le digo. A pesar de considerarse un conocedor responsable de la narrativa peruana actual, es la primera vez que ha escuchado de Parra y Gutiérrez-Rodríguez. En ciertas ocasiones Rayita se pone gracioso y me pregunta si existen estos dos narradores. Lo miro y no le respondo. Más bien, le comento que debe estar más atento, que no todo lo que brilla en materia narrativa es lo que dice ser, ante ello es menester desarrollar el olfato lector y no hacer caso al reseñismo descriptivo que juega en pared con el relacionismo de las redes sociales. Rayita escucha atento y al cabo de unos segundos es presa de una posesión, un demonio ha entrado en su cuerpo, la demencia se apodera de él. “Menos Face, más Book”, repite una y otra vez, una y otra vez. 

… 

Publicado en LPG

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

60 soles el libro de Parra en librerías. Un abuso.

10:10 p.m.  

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