martes, diciembre 15, 2015

395

En la mañana estuve en El Virrey de Lima. Había buen ambiente, música, patas/personajillos curiosos y bellas flacas ávidas de buenas lecturas. Antes, cuando no existía esa estúpida ley que prohíbe fumar en lugares públicos, disfrutaba mucho fumar en est librería, entre libros y conversando con Erika, Fernando y Mariano. 
Recorría los anaqueles de la librería y observaba el piano e imaginaba a una mujer salvaje bailando sobre él. No niego que tuve ganas de fumar. Saqué un Pall Mall rojo y me coloqué debajo de las hélices. Me dispuse a fumar aprovechando las labores en las que José Luis y Carola estaban inmersos. Fumaba mientras revisaba la sección de poesía peruana, me fijé en los títulos publicados este año. Presté atención al poemario en el que se habla de mí. Lo leí íntegramente, por séptima vez. 
Después salí un toque a buscar un café. Llevo días sin mi termo de café. No sé en dónde lo he dejado y tampoco me interesa recuperarlo. Al menos no en estos días. Las calles del centro se me presentaban de otra manera, sentía una sensación distinta. Las he extrañando en estos días que estuve lejos de mi circuito habitual. Extrañaba el desorden del centro de Lima, del colorido de su gente, sus costumbres que perturban, esos rostros que en cuestión de segundos pasan del odio a la tranquilidad del placer ventral, al menos, y siendo lo más cerrado posible, es lo que me suscitan las mujeres acostumbradas a pasar por el centro; también los patas, de rostros apurados y al rato felices. 
Regresé a la librería. Ayudé a una señora y su hija a encontrar un par de novelas peruanas, ambas escritas por mujeres. No hablé mucho con ellas, pero supe que estaban de visita en Lima. Por el tono de su voz, alargado y chicloso, supuse que vivían en Miami o New York. En fin, sus inquietudes eran muy puntuales. 
Cuando me retiraba mi casa recibo la llamada de “Hombre sabio”. Me dice que acababa de llegar Alberto, un trajinado cazador de libros, hincha acérrimo del Melgar. “Hombre sabio” me pone a Alberto. Alberto me dice que ha traído quesos, chocolates y galletas arequipeños. No lo pienso mucho, le digo que me espere en el local de Selecta del Boulevard. No pensaba ir a Quilca. Han sido casi veintitantos días fuera y lo cierto es que no me animo a saludar a medio mundo, pero los quesos, galletas y chocolates arequipeños valían soplarse todo protocolo.

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