lunes, marzo 06, 2017

cuando una marcha fracasa


Lo evidente del sábado: la marcha organizada por el colectivo Conmishijosnotemetas fue un tremendo fracaso. A lo mejor se pueda culpar al calor -cada día más infernal, peor en una ciudad tan húmeda como Lima- pero nada podrá refutar la oportunidad que tenían los grupos religiosos (evangélicos en su mayoría) que conforman este colectivo para hacer sentir su voz de protesta, porque esa oportunidad tenía que ocurrir el último sábado. Este fracaso no es más que una radiografía de la desunión de las iglesias evangélicas en Perú, puesto que no todas apoyan la iniciativa de este colectivo de tintes fascistas y retrógrados. Y lo digo porque conozco de cerca el mundo evangélico y bien puedo aseverar que no todos sus feligreses sintonizan en la forma del discurso del colectivo, menos con la representación, como es el caso del señor Rodolfo González, a quien Fiscalía investigará por incitar a la violencia y por homofóbico, características recurrentes que revelan su esencia natural: sus límites intelectivos para leer contextos y su intolerancia, que ponen en el tapete su incumplimiento del mensaje que debería transmitir y no prestarse a las prácticas que exhibió con aberrante orgullo en la campaña presidencial del 2000, cuando apoyó abiertamente la candidatura anticonstitucional de Alberto Fujimori. Hablo pues de un hueleguiso del poder político que abusa del pobre nivel cultural de las decenas de miles de feligreses de sus iglesias, a los que subyuga con el discurso del miedo. En este sentido, el fracaso de la marcha del sábado es un claro aviso a los líderes evangélicos que comandaron la marcha y que presupuestaron un éxito que se manifestaría en millones. Este fracaso tiene una explicación: de a pocos las comunidades evangélicas, como también las católicas romanas, han desmenuzado los puntos en cuestión del Currículo Nacional de Educación y se han dado cuenta de que lo mejor que pueden hacer por sus hijos es criarlos en sus principios y en relación al sentido común: la igualdad de oportunidades que demanda el mundo de hoy.
Pues bien, todo este problema no proviene de la intolerancia e ignorancia de ciertos segmentos de la población evangélica, sino de la pésima logística de comunicación del Ministerio de Educación, que no tuvo en cuenta la tormenta que vendría a razón de los cambios en el Currículo Nacional de Educación. Pudo existir toda la buena voluntad por parte de este ministerio, pero queda en evidencia una vez más la desconexión de sus directores para con la realidad social peruana, como si no supieran que son parte de un país poblado por hombres y mujeres incultos, cerrados, machistas y con los que, sí o sí, tienes que agotar todas las instancias de diálogo, al menos para cumplir el protocolo político. Imperó pues la ley del caballazo discursivo. Saavedra y Martens no se detuvieron en esta pascana medular. Al respecto, Martens ha tratado de solucionar este error, puesto que en las últimas semanas ha estado manteniendo mesas de diálogo con asociaciones de padres de familia a nivel nacional y ha limado los puntos de desencuentro del Currículo Nacional de Educación. 
Y bueno, imposible no decir nada de las manifestaciones intolerantes de algunos preclaros representantes de la cultura peruana. Algunas opiniones las tomo en cuenta, porque conozco a sus hacedores, y no necesariamente en persona. Pero hay mucho ignorante que opina con tal de sentirse en la vanguardia, que apela al respeto y a los principios de la igualdad, cuando en su día a día son más homofóbicos que aquellos “trogloditas” del sábado a los que critica. Eso es pues lo que he visto ayer domingo, la incoherencia en estado puro, puesto que estos intelectuales y activistas de avanzada no se percatan de que la cultura es también ver la vida desde el punto de vista del otro y, de esta forma, no caer en burdas generalizaciones. Tenemos harto posero desesperado por ser parte del primer mundo, cuando en realidad ingresan a él por la ventana del servicio higiénico. Como bien dice mi pata Rafael Inocente: no solo hay que saber estar, también hay que saber entrar.

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