lunes, marzo 06, 2017

oficio y nervio

Uno de los libros al que venía siguiéndole la ruta, a razón de excelentes críticas de lectores que respeto y rastreo cada vez que puedo, como Zambra y Masoliver Ródenas, era el cuentario Qué vergüenza (Seix Barral, 2016) de la narradora chilena Paulina Flores.
Los que leen mis artículos y siguen este blog, saben que muestro una preferencia muy especial por la narrativa chilena última. Hablo de un entusiasmo basado en un conocimiento de causa, es decir, leyendo todo lo que he podido de ella, ya sea porque he recibido libros de sus autores o porque me he lanzado a la búsqueda. Además, años atrás tuve la oportunidad de estar en Santiago y quedé más que impresionado por el momento que atravesaba la poética narrativa del sur (hay de todo: mediocres, malos, buenos y muy buenos), eso en cuanto a los narradores del nuevo siglo, y ni hablar sobre las plumas mayores, al respecto pienso en Germán Marín, capazo al que tendríamos que leer por estos lares.
Como indiqué, había entusiasmo, por ende expectativa, puesto que ya tenía en manos el libro de Flores, que leí de manera excluyente en la tarde del domingo antepasado. Sus nueve cuentos (Qué vergüenza, Teresa, Talcahuano, Olvidar a Freddy, Tía Nana, Espíritu americano, Laika, Últimas vacaciones y Afortunada de mí) me presentan a una narradora dueña de una mirada privilegiada, capaz de ver/detectar la epifanía de las situaciones inanes de la vida cotidiana, exhibiendo una capacidad por demás experimentada en los diálogos, en los que prevalece un corrosivo humor que desarma, lo que nos permite entender y apreciar la radiografía moral de sus personajes, más de uno llamado a quedarse en la memoria del lector, a saber, la madre del cuento Teresa. Por otra parte, los cuentos no adolecen de flacidez estructural, característica muy común en los primeros cuentarios de autor, a ello sumemos que no están lastrados por el apuro de cerrarse como historias. En este sentido, los cuentos (brillos para Talcahuano y Espíritu americano) no se ven resentidos en su desarrollo, sino que se benefician de la libertad discursiva que, en la mayoría, nos transporta a los años de la transición emocional de la infancia, Destaquemos que la infancia que nos cuenta Flores viene rubricada por el dolor emocional que nace de la (ya señalada) cotidianidad, es decir, no asistimos a una metáfora de las tragedias producto de las grandes catástrofes emocionales.
Sin embargo, algo ocurre en estos relatos, una fuerza invisible impide que arriben a lo que conocemos como la experiencia literaria. Bien sabemos, la literatura es más que forma y conocimiento, y la experiencia literaria puede darse hasta en proyectos fallidos. ¿Qué ha ocurrido entonces en estas páginas, cuando ya hemos indicado que su autora exhibe con creces su vocación y es dueña de una mirada especial? Entonces, las hipótesis y las especulaciones se hacen presentes para entender esta impresión. Pero no hay que pensar mucho, y ese “no pensar mucho” nos habla bien de Flores como narradora, que sí tiene mucho que decir.
Muy simple: el ancla que impide el desplazamiento de QV hacia la experiencia literaria no es otro que el lenguaje. Estamos ante un lenguaje funcional, pero su funcionalidad no es el problema, sino la falta de maceración, o llámale madurez, en la esencia de la escritura que sostiene los cuentos del volumen. La escritura evidencia una falta de descanso, no tiene el reposo que conlleva al nervio, y por ello somos testigos de la ausencia de la pesadez ligera que debe exhibir el lenguaje funcional, tal y como lo indicaba Calvino.  
Esperaba mucho más de QV, pero el reparo señalado dista de catalogar este libro como un paquete editorial. Ni el libro ni la autora son paquetes. Solo faltó trabajar más la escritura, Los cuentos en su estructura, visión y proyección merecían una escritura nerviosa.

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