sábado, diciembre 19, 2015

399

Aunque nunca me he resbalado en la calle, no me confío y camino con cuidado. La Plaza San Martín amaneció invadida de charcos. Parecía una salvaje mañana de invierno. El viento golpeaba mi rostro y necesitaba beber algo caliente. Miré la hora en el celular, poco menos de las 10 y 30. Fui entonces a la Galería Boza, en cuyo primer piso hay un puesto rodante de ventas de panes con pollo y café, y otras bebidas calientes y frías según el gusto. 
Llegué y el puesto rodante estaba rayando a causa de un considerable número de hombres y mujeres en trajes de oficina. Ellas, en anatómicas faldas sobre las rodillas, apoyando la fuerza del cuerpo en las nalgas derecha. No me percaté de ese detalle, tampoco quiero decir que me paso la vida viendo los culos de las mujeres. Pero eso fue lo que vi primero, siete mujeres de espalda, sosteniendo el peso carnal en la nalga derecha. Si fuera fotógrafo, no hubiera dudado en inmortalizar el detalle. 
Hice mi cola. Al llegar mi turno, decido llamar a “Hombre sabio”, a ver si se le antojaba un pan con pollo. “Hombre sabio” me responde y le digo que se apure, porque me estaba diciendo qué cremas debía tener su pan. Pido su pan para llevar y decidí quedarme a comer allí, junto a los hombres y mujeres en traje de oficina. Inevitable no escuchar sus conversas sobre operaciones, transacciones, porcentajes y transferencias. 
En cierta ocasión, en una visita al Virrey de Lima, José Carlos me contó un hecho por demás anecdótico. Él se encontraba ordenando los libros ubicados en los anaqueles de Narrativa Internacional, cuando un patita, al terno, que seguramente trabaja en una de las sedes centrales de los bancos más poderosos del país, le preguntó si tenían “novelas húngaras de entreguerras para leer mientras espero una reunión con mis jefes en Tanta”. José Carlos lo miró y le dijo que no, que “no tenemos novelas húngaras de entreguerras para que leas mientras esperas la reunión con tus jefes en Tanta”. 
Ahora, sin duda, existen novelas húngaras de entreguerras, pero también, y en pos de no perder el tiempo, tienes que saber quién busca porque en verdad está buscando ese tipo de novelas, y quién por posería, que es más fuerte. Además, que cae en ella no tiene otro camino que ser lo más ecléctico posible, más aún en un mundo laboral en donde priman temas como la bolsa y las posibles ganancias. Y si eres posero, aspirar a marcar la diferencia, la posería es el camino. 
“Qué pena que no tengan novelas húngaras de entreguerras”, dijo el patita que no dejaba de escribir en su celular de última generación. La cosa hubiera terminado allí, José Carlos a lo suyo y el patita al Tanta. Pero José Carlos se vio en aprietos ni bien el patita no le entendió la broma. “Aunque sí tengo poemarios de poetas norteamericanos de Irán”. Hubo un silencio sepulcral en toda la librería, al patita se le encendieron los ojos, a lo mejor estaba ante un milagro o una experiencia de lectura que no había que dejar pasar, de la que de todas maneras debía hablar en la reunión con sus jefes en Tanta. “Me interesa, sí, me interesa. Muéstrame todos los poemarios de poetas norteamericanos de Irán”.

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