sábado, enero 23, 2016

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Por alguna razón, he visto la transmisión de una película en varios canales de cable. Cuando me topaba con ella, la película en cuestión ya había empezado y en cada uno de estos encuentros miraba lo que quedaba. De esta manera, armé un rompecabezas de secuencias hasta tener un panorama completo de ella. Me gustó este método y sirve de mucho, en especial cuando sientes flojera de buscar esta película entre las miles de películas que tengo en mi casa, en especial las que he guardado en cajas de leche Gloria debajo de mi cama. 
No es una obra maestra, pero con los años se ha convertido en una película de culto. Razones varias, pero una se me viene a la mente: su epifanía que depende de nuestro recuerdo emocional asociado a nuestra primera juventud, en ese puente entre la adolescencia y la vida fuera del colegio, puente signado por un incontenible espíritu de arrechura y violencia. Hablo de una etapa en la que alguna vez nos hemos sentido un “guerrero”. Cada quien a su modo libraba una batalla, contra lo que sea, hasta con uno mismo. O también podrías asumir esa etapa como una metáfora callejera de la supervivencia. 
Es por ello que sin grandes actuaciones y con modestia en presupuesto, The Warriors (1979) de Roger Hill aún permanece en el imaginario de dos generaciones, al menos. El argumento es por demás sencillo. Los pandilleros son convocados por Cyrus, líder de los Riffs, a una reunión de pandillas para dar a conocer los planes que realizarían en conjunto. Cyrus es un orador que hipnotiza, las pandillas congregadas celebran los planes del líder, puesto que juntas serían un ejército de casi 90 mil soldados contra los 20 mil de la policía de la ciudad. 
Cyrus es un becerro de oro para los pandilleros reunidos, un becerro que cae al suelo gracias a un disparo que recibe en medio del pecho. Los Riffs y las demás pandillas buscan un chivo expiatorio y acusan a los Warriors. Los Riffs ordenan que los traigan vivos o en pedazos. Entonces comienza una cacería nocturna. Los Warriors solo estarán a salvo en Coney Island. El trayecto al refugio será no menos que duro y  no menos penoso. Hay que correr, caminar y aprovechar los tramos del subterráneo. Sortear las emboscadas y confiar en la suerte. 
En lo personal, también tengo presente esta película por su música. Imposible imaginarla/recordarla sin su banda sonora, que bien podría ser una de las últimas manifestaciones de la era disco con condimento psicodélico setentero.  

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