martes, mayo 17, 2016

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Mañana de sol. Sol tibio, naranja, como si una Prima ballerina se presentara solo para mí.
Voy a la cocina y me preparo café, jugo de granada y tres tostadas. Leo los diarios. Leo los putrefactos argumentos de los seguidores de la La rata naranja. La verdad que no puedo sino sentir indignación combinada con pena ante un eventual gobierno de una mafia que vendrá a hacer lo que le venga en gana y lo hará con el único objetivo de joder.
Los diarios dicen lo obvio, lo razonable: en ningún momento se ha dicho que la DEA investiga a Keiko por lavado. Ya veo a más de un fujimorista denunciando una guerra sucia contra su candidata, impoluta y decente, defensora de derechos humanos y luchadora por la dignidad de las mujeres. Pero igual, lo que Keiko representa, la suciedad moral en su estado más puro, ahora con una suerte de tesorero que ha hecho fortuna gracias a las rayas blancas.
Entonces caigo en la cuenta de que no debo malograr mi desayuno leyendo las notas sobre La rata naranja. Es lo mejor, entonces paso las páginas, directo a las secciones deportivas, para ver las idioteces que viene haciendo Gareca en la selección. No lo niego, en su momento llegué a tener esperanzas en el trabajo que haría el argentino, pero tampoco caí en la ingenuidad, porque quedó visto, una vez más, que los empresarios y representantes de jugadores son los que dirigen los destinos de la selección de fútbol. Se podría decir que se ha dejado de lado a los referentes, pero eso no es más que un pantallazo de objetividad en un proceso que desde su inicio no ha mostrado liderazgo, hecho que podemos comprobar en el nulo compromiso de la mayoría de los seleccionados en las convocatorias. 
Se supone que el comer es uno de los actos más placenteros de la vida. Y me prometo que a partir de mañana, en el desayuno, o mejor, desde ahora, durante las comidas, me alejaré de las noticias, hasta de las visuales y auditivas, para disfrutar como se debe mis comidas. El jugo de granada estaba buenazo, las tostadas y el café, ni hablar, pero aún sigue esa sensación de goce incompleto. 

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