miércoles, enero 11, 2017

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Entonces llega el momento de volver a ciertas páginas de un libro que por casualidad encuentras, y en esa magia casual yace también su nueva importancia, porque lo que buscaba era otro título, pero cómo no te va a llamar la atención esas antiguas ediciones de Alfaguara, su extraña combinación de plomo y morado.
Su delgadez, entre tanto título de más de 400 páginas, destacaba. Así que lo saqué del anaquel y lo revisé. Entonces, recordé cómo fue que llegué a Botho Strauss, a Parejas, transeúntes.
El fragmento elevado a lo que deberíamos entender como experiencia literaria, ajeno, obviamente, del facilismo fragmentario del que somos testigos hoy. Fragmento en toda la amplitud de su indefinición genérica, es decir, textos que sudan riqueza de transmisión. Su brevedad es engañosa, y con libros como este poco o nada vale el apuro, sino la paciencia entendida como placer, pero del placer asumido en sus niveles masoquistas, nerviosos en su cuestionamiento. Solo así lo releeré en los próximos días. 
Cerca de las siete de la noche, me dirigí al Sarcletti tras el espresso de rigor. Desde hace días venía sintiendo la tentación de este café, además, había estado, como aún lo estoy, preso de varios textos que debo cumplir, porque como se entenderá, soy una persona que trabaja mucho, algo que también tendría que ser emulado por más de un escritor local que anda hueveando por la vida a la caza de un golpe de suerte. Me refiero a que se tiene que trabajar más allá del trabajo literario, si es que no se tiene la suerte de vivir de lo que se escribe. Pienso que así nos evitaríamos más de un berrinche, más de un engreimiento, exterminando esa plaga del artista metido a sicario.

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