domingo, abril 23, 2017

pero sin epifanía

Lo cierto es que después de HHhH (2011) el escritor francés Laurent Binet pudo darse por muy bien servido y con un crédito de espera de una década para su próxima novela. No solo estuvimos ante una primera novela descollante, sino que más allá de su carácter inicial en la poética del autor, tranquilamente puede significar como la mejor novela para cualquier autor de reconocido oficio.
Al respecto, en una pasada edición de la FIL, en la que Binet fue escritor invitado, conversé con uno de los lectores más entusiastas de la novela, a quien debemos que se haya hecho conocida entre los lectores peruanos. En aquella ocasión le manifesté que una novela como HHhH no solo resultaba consagratoria para su autor, sino que este debía esperar el tiempo suficiente para publicar la siguiente y que ojalá no caiga en el apuro, ni sea víctima de la presión, puesto que el peso de su proeza le podría generar un peligro que podría atentar contra la madurez narrativa exhibida. Ante ello, mi amigo se mostró contrario a mi impresión, puesto que estaba convencido de que Binet no tendría que esperar mucho tiempo, solo el razonable para confirmar lo leído en su novela debut.
Después de seis años, Binet nos ofrece su segunda entrega en el terreno de las distancias largas. Y sí, consigue confirmar las impresiones narrativas que esperábamos, mas no como nos hubiese gustado. En este sentido, La séptima función del lenguaje (Seix Barral, 2016), se nos presenta con un argumento por demás llamativo: la investigación de la muerte del crítico francés Roland Barthes. Para tal motivo, Binet hace uso de la tradición del policial enigma, por medio de un dúo conformado por el comisario Jacques Bayard, quien contará con la forzada ayuda del joven profesor Simon Herzog. Los dos deberán despejar las dudas existentes sobre el accidente que causó la muerte de Barthes. No faltaba más: las horas previas al accidente confieren al caso de un aura de misterio que obligara a Bayard a indagar más allá de lo que señala el atestado, además, su olfato de sabueso policial le sugiere que el accidente no ha sido tal, sino una gran puesta en escena.
Tal y como lo indica el título de la novela, se nos indica que estamos ante una historia que nos permite acceder a los entresijos de las funciones del lenguaje, siendo la séptima considerada por los expertos de la semiología como eventual sucedánea de las anteriores. He aquí el protagonista silente de la novela: el lenguaje, y gracias a este personaje, se encuentra el pretexto para el desfile de pensadores y semiólogos como Foucault, Lacan, Althusser, Eco, a quienes Bayard debe interrogar para saber de la magnitud del posible hallazgo de Barthes.
Binet demuestra su gran talento al elevar el argumento más allá de la pureza genérica del policial, convirtiendo, de este modo, la novela, primero, en un rico crisol discursivo, y segundo, en un vivo retrato de época de fines de los setenta, época no solo signada por los tránsitos culturales (agradecemos al autor los guiños musicales, como el de Killing an Arab de The Cure), sino también por los discursos políticos. Binet potencia su narración gracias a la fuerza de los pequeños detalles, pensemos en la tácita cotidianidad que nos participa de la naturaleza e intelecto elementales de Bayard, de quien podemos señalar que su inteligencia yace en el entusiasmo de su desconfianza. No estamos ante un investigador culto, pero sí ante uno muy intuitivo. Caso contrario con Herzog, que esclarece las dudas ante tanta jerigonza empleada por los académicos interrogados por Bayard. Hasta aquí, Binet se porta como lo que es: un talentosísimo narrador con una envidiable inteligencia y enormísima cultura.  
Pero los problemas se imponen cuando somos derrotados por la ambición de la novela, que pudo ser distinta, y para bien, si la dejábamos a la mitad. Tenemos razones suficientes para sospechar que Binet la extendió innecesariamente a causa de HHhH. Es precisamente en el exceso de páginas en las que se presentan los yerros narrativos que no solo desdibujan a los personajes, sino que descarrillan el motivo de la investigación central, situación que obligó a su autor a realizar lo que no en esta clase de empresas narrativas intergenéricas: volver (y volver otra vez) sobre lo ya recorrido. En estos casos, es preferible avanzar tropezándose que hacerlo restando verosimilitud a lo que se narra. Binet cierra la estructura de la novela con eficacia, pero le costó muy caro: la cierra sin epifanía.

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