domingo, mayo 07, 2017

cartas de amor

Un artículo de la escritora chilena Paulina Flores, en Babelia, obliga a que me pregunte cuándo fue la última vez que escribí una carta. En estos años de velocidades mediáticas e información instantánea, la escritura de cartas se ha convertido en una excentricidad, sin embargo, aún quedamos los que escribimos a mano, quizá por la nostalgia que supone la práctica o por el placer que produce el seseo de las palabras.
Pero recordar la última vez que escribí una carta no tiene mucho sentido. En cambio sí la primera, que me transporta a mis años de aprendizaje vital.
En 1994 era un escolar que en las noches estudiaba inglés en el ICPNA del Centro Histórico. Lo hice en mis tres últimos años de colegio y esta es una etapa que recuerdo y atesoro. Prácticamente, en todas las clases resulté siendo el más joven. Nadie sabía que asistía al colegio. Y no pocos compañeros y compañeras de aula, que trabajaban o estudiaban en academias o universidades, me alucinaban a lo mucho de 21 años de edad. No los culpo, dejé de crecer a los 14 y desde entonces no paso del metro 85.
Con esta gente conocí el mundo, la aceleración vital, cosa que agradezco porque me curó a futuro de la impresión primeriza y del alcoholismo como síntomas de felicidad. Pero me dejó un vicio, placentero: el tabaco. Las noches de los viernes eran las metáforas del exceso y me entregaba a ellas con toda la disposición del mundo. Pero bien lo señaló el sabio Miguel Gutiérrez: los excesos deben parar a tiempo.
Como era un pata que escondía su escolaridad en el ICPNA, vivía solo de propinas. Por un tiempo pensé cómo ganar algo de dinero y así pagarme ciertos gustos. También pensaba en que tenía que trabajar en algo que me gustara, de lo contrario me iba a la mierda.
Entonces, cierta noche que salía de clases, apurado por llegar a casa porque tenía hambre, un pata de estatura mediana, rostro quemado por el sol y que usaba una extraordinaria casaca de cuero, me cortó el paso. Me preguntó si le podía hacer un gran favor. Yo creí que era un ladrón, pero cuando me dijo que me podía decir su requerimiento en donde estábamos, en plena Emancipación, no me quedó otra que escucharlo.
El pata era un marino mercante y por su contextura deduje que desempeñaba labores de carga. Sin embargo, su favor no era tal, más bien un trabajo: debía traducirle una carta del castellano al inglés a su novia que vivía en una isla, en una colonia británica del mar africano. Me entregó su carta, fotocopiada. Quedamos en vernos al día siguiente, en el mismo lugar, para entregarle la carta traducida.
Una vez en casa traduje la carta en quince minutos.
Cuando se la entregué, no supe cuánto cobrarle, pero antes de decirle la cantidad que entonces te justificaban los pasajes, sánguches, gaseosas y cajetillas de la semana, vi su rostro encendido de alegría. Me pagó una millonada… para un adolescente noventero de dieciséis años: 40 soles.
A partir de entonces, el marino mercante aparecía, cada quince días, con otro colega, ambos con el mismo requerimiento: traducir una carta del castellano al inglés, obviamente, para una novia lejana. Y este otro marino mercante trajo a otro, al punto que a veces me buscaban en grupo. Solo una vez intentaron que les haga un precio especial por ser grupo. Pero esa intención no prosperó, porque les hice saber sobre la importancia emocional que significaba una carta de amor.

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