miércoles, mayo 17, 2017

declaraciones fatuas

Después de varios días desconectado, me pongo al corriente con algunas noticias aparecidas en las últimas horas. En ese trance, mientras me sirvo un jugo de fresa, leo el cuento ganador de las 1000 palabras, concurso convocado por la revista Caretas.
Lo cierto es que estamos ante un cuento débil, predecible, que alardea de su ingenuidad temática y que se deshace en la escritura temerosa. 
Pero llaman mi atención las declaraciones de su autor, Julio César Buitrón, de 27 años. 
A veces, la juventud suele jugar muy malas pasadas, y se pueden superar si aplicamos la virtud que la chibolada de hoy no suele practicar: la inteligencia. Lo digo en buena onda, y con la esperanza de que Buitrón se salve de la posería y de un inminente destino lustrabotista.
Podríamos entender sus declaraciones si estas parten de una revelación no vista en este caso: que su cuento sea un cuentazo. Es decir, la manifestación de la calidad literaria que brinda crédito para la tontera verbal y la ejecución del rol de infante terrible, así seas chato.
Recordemos el muy buen cuento Solo quería un cigarrillo, de Claudia Ulloa Donoso. Con este cuento la autora ganó en 1998 las 1000 palabras de Caretas, a los 18 años. De quererlo, pudo ser posera, y ella sí tuvo motivos suficientes para tal fin, puesto que la calidad de su cuento le brindaba ese crédito. 
Para mover el balón, primero hay que saber pararlo.

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