martes, enero 09, 2018

pedro k

Tenía las señas del libro, pero por cosas ajenas a la voluntad no daba con él. Felizmente, ha cambiado la situación, gracias al azar.
Me pregunté también por su carácter esquivo. Cuando se publicó en 2010, la prensa cultural no lo visibilizó, a ello sumemos el siguiente detalle: en la página de créditos se indica que solo se imprimieron doscientos ejemplares. Por un momento creí que se trataba de una publicación hecha para compartir entre amigos, pero recordé que una amiga me pasó el dato del mismo, que podía hallarlo en la librería donde trabajaba, es decir, estuvo a la vista del potencial lector.
Sin pena ni gloria. Monólogos de un desconocido (Santo Oficio) de Pedro Cornejo Guinassi, muy conocido por sus artículos y ensayos sobre rock. En esta faceta de crítico haríamos bien en buscar Sobrecarga y Alta tensión.
En la brevedad que nos ofrece Cornejo, podemos percibir más de un elemento que nos llama la atención. Veamos, el autor no es un hacedor de pirotecnias verbales, pero sí sabe qué quiere y puede narrar. Y en esa empresa no duda en dinamitar a su alter ego Pedro K. mediante un lenguaje simple pero cargado de furia contenida. El narrador protagonista derrocha nervio en la manifestación de miserias emocionales que hacen de él un hombre quebrado, roto y resentido. Pedro K. cuenta su vida, a la búsqueda del motivo que le permita explicarse la razón de su naturaleza autodestructiva. En este sendero no es ajeno a la exploración de la oscuridad familiar, tampoco huye de la cruda aceptación de su carácter antisocial.
Imposible no preguntarse por el destino de la novela de haberse publicado dos o tres años después, en la era de la llamada autoficción que pareció conquistar las parcelas narrativas de nuestros creadores. 
Hubiésemos deseado que Cornejo despliegue una mayor ambición narrativa, en la brevedad cumple con creces, pero también se notan sus caídas, como los párrafos del “ejercicio misógino dialéctico”. Más allá de este reparo, la novela es una invitación a la zona oscura del lector, es decir: a la porquería existencial, tan ausente en nuestros años de eclosión autoficcional.

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