jueves, enero 04, 2018

de paso

Lo bueno de llevar un blog es que puedes encontrarte con lectores de otras latitudes. Días atrás me escribió uno de Bolivia, en el que aparte de contarme que iría a las playas del norte del país con su novia, quería conversar conmigo.
Como Lima es solo una estadía fugaz, la reunión debía realizarse en estos días o a su regreso. Supuse que su retorno estaría marcado por el apuro, así que lo cité en el Sarcletti de San Borja, golpe de siete de la noche.
Faltando un cuarto de hora para la reunión pactada, apago la portátil y salgo de la BNP. En el trayecto a la puerta de salida barajé por una fracción de segundo no ir a la reunión, hasta albergaba la esperanza de que Mariano y Sandra, la pareja boliviana, tuvieran una demora en el tráfico de la hora punta. La razón: el entusiasmo no calzaba con el ánimo físico. Por una cuestión de comodidad, trabajo parado, jamás sentado. En esta postura tengo un mejor panorama de los datos a buscar, del mismo modo para realizar los apuntes respectivos. El libro saldrá en los próximos meses y el ritmo de trabajo se muestra mucho más relajado en comparación a anteriores semanas, pautadas por la adrenalina.
A paso rápido llego al Sarcletti y ocupo una mesa ubicada en la vereda. Pido un jugo de piña. Me tienta pedir también un sándwich de pollo, pero no es más que una costumbre, porque llevo semanas sin apetito por las noches. Me quedo con el jugo, por el momento. Vía wsp converso con una amiga sobre la frivolización que se hacen de ciertas causas justas en pos de la construcción de una imagen activista, o lo que se entienda por activismo. Ella me pregunta también por mi recuento y le digo que en la madrugada comenzaré a escribirlo. Creo, le cuento, tener las ideas claras sobre su enfoque.  
Miro el reloj. Siete y media de la noche. Reviso mi Inbox, como una última oportunidad de ver una señal del paradero de la pareja, pero nada. Pago el consumo pero una mujer me llama por mi nombre. Es Sandra. Mariano se encuentra pagando la carrera del taxi. Vienen de Barranco, no imaginaron el tráfico…
Le pregunto a Mariano por Víctor Hugo Viscarra. Su respuesta cumple con lo que sospechaba. En su momento tuve un libro de este narrador, Avisos necrológicos, pero sabía más de él por su leyenda, que desplazaba lo que en verdad tendría que interesarnos de un escritor. 
Cuando nos damos cuenta, un mozo del café nos anuncia que están por cerrar. Hasta ese momento no había visto la hora, señal de que la reunión valió la pena. Claro que sí.

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