viernes, abril 22, 2011

Los enamoramientos

Javier Marías tiene muchísimos lectores en Lima. Pues bien, sobre su última novela LOS ENAMORAMIENTOS, esta reseña de Javier Fernández de Castro. En El Boomerang.

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Los, casi podría decirse que incontables, lectores de Javier Marías están de enhorabuena porque Los enamoramientos es "un marías" en estado puro, es decir, un fluir narrativo pausado, continuo y sin sobresaltos, a lo largo del cual los velos de las apariencias van siendo rasgados para dar paso a nuevas apariencias que, bien mirado, son reflejos muy parecidos a, mira tú por dónde, los estados de enamoramiento.
Hay, pues, una mente inquisitiva que se interesa, indaga, se pregunta y, sobre todo, se implica emocionalmente. Pero no es una novela policiaca pese a que el motor narrativo es una muerte violenta, a navajazos, en plena calle, a la vista de todos y sin lógica aparente, casi obscena en su falta de sentido. La testigo no sólo es circunstancial e indirecta - ni siquiera está presente cuando ocurre el hecho y encima se entera del mismo varias semanas después de ocurrido - sino que ni siquiera asume el compromiso de desentrañar la verdad. Ni por dinero, curiosidad, sentido del deber, imperativo justiciero ni el resto de las motivaciones al uso. Sencillamente, ha ocurrido el único hecho irreversible en la vida: una muerte. Todo lo demás es cuestionable, susceptible de tergiversación y hasta de ser negado. Pero no la muerte. Con la particularidad de que, justamente porque es inapelable, la muerte marca un antes y un después. Y qué más necesita la conciencia inquisitiva, o por mejor decir, la mente narradora para poner en marcha la implacable maquinaria que es toda narración. Hay un antes y un después. Y la distancia entre uno y otro, o el tiempo transcurrido de un estadio a otro, aunque ambos sean infinitesimales, hacen obligado que el testigo de cuenta del hecho y deje constancia de lo irremediable.
"Llamadme Ismael", pedía aquél que se disponía a dar testimonio de su memorable experiencia en el mar y deseaba que su relato fuese anónimo porque allí lo importante no era quién sino el qué, la ballena y el ballenero, el capitán y el arponero o haber salvador la vida subido en un ataúd: la narración, en suma.
Llamadme María Dolz pide Javier Marías (nada menos) como imperativo del anonimato que pone de manifiesto lo narrado por encima de la voz narradora. Y al principio cuesta. A qué negarlo, porque la voz narradora resulta demasiado próxima y conocida como para ponerle de buenas a primera unos rizos y unas pestañas resaltadas con rímel. Pero al final te acostumbras porque al fin y al cabo cualquier narración exige un pacto amistoso y caballeresco entre el escritor y el lector. Y a según quién se le perdona todo.
Porque en eso radica justamente la fuerza que emana del relato: pongamos que hay una cafetería y una mujer solitaria que mientras desayuna allí todos los días se fija en una pareja joven, agradable y de buenos modales. No llega a haber una relación con ellos, ni un intercambio de palabras, un reconocimiento mutuo y expreso. Hasta que un día, sin razón aparente, la pareja deja de ir a desayunar y la mujer solitaria, aunque intrigada, lo acepta sin más. Se siente contrariada porque ser testigo del trato afectuoso entre ellos, su manera de relacionarse y estar juntos era como un saludable estímulo matutino, una especie de presagio favorable para el resto del día. Dejar de verlos sin más, no volver a saber de ellos tampoco es una tragedia, pero sí una merma en su cotidianidad. Sin embargo se han ido y la vida sigue. Sin más.
En cierto modo esa desaparición es como un presagio sin estridencias de lo ocurrido, una metáfora al mismo tiempo intrascendente y fundamental o anodina y excepcional, como la muerte: morir es algo cotidiano y al mismo tiempo u n hecho único y trascendental. La narradora, sin proponérselo, irá atravesando velos que ocultan las apariencias más profundas y que van dejando paso a los enamoramientos, tanto en su acepción cotidiana y normal como en su función de título de una novela.
Y luego están las referencias literarias, los guiños. No me refiero sólo a ese Profesor Rico que como aparece con nombre, apariencia física y tics inequívocos, resulta fácil de identificar. Pero los profesores de literatura tienen ahí una juerga inagotable porque, a todas estas, la cultura literaria de Javier Marías también lo es.

1 Comentarios:

Blogger Sebastián dijo...

luego le doy una chequeada a tu blog. parece interesante. saludos

12:01 a.m.  

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