domingo, diciembre 20, 2015

400

Salí algo apurado de la librería. En no más de media hora debía estar en el bar La caverna, en donde se realizaría un conversatorio sobre narrativa peruana contemporánea. Para ese evento, organizado por Pedro, se invitaron a más de quince narradores que participarían en tres mesas, cada una con un tiempo de una hora para debatir a regalada gana. 
En el trayecto al bar, pensaba en lo que diría. Tenía en mente una mescolanza de conceptos. Obvio, no los desarrollaría todos, pero algo bueno podía hacer al respecto. Solo hacía falta que me concentrara un poco más. El motivo de la desconcentración yacía en el hecho de que no sabía cómo volver a instalar la librería, puesto que aún no se termina con el inventario en el almacén. Por otra parte, tenía que finiquitar la operatividad de una web que dirigiré en las próximas semanas. Y claro, tenía que ponerme al hilo con algunas reseñas que me esperan. Ni hablar del recuento del año. 
Una cuadra antes de la intersección entre Emancipación y Torrico, ingreso a una tienda, la idea era comprar una cajetilla más. Algo me decía que los cigarros se me acabarían en el evento. Sin embargo, me invadió una sensación, que en teoría podría ser banal, una suerte de desarraigo que me generaba inseguridad. Debo pues encarar esta sensación, lo peor que le puede pasar a uno es dejarla crecer y que se haga fuerte en momentos en los que debes exponerte a un público. Siempre hay un miedo escénico, pero lo de ayer era otra cosa, como si algo fuera a aparecer y captar mi atención. 
Espero mi turno. 
Quien atiende es un obeso señor de ascendencia oriental. Su rostro es grasoso y no puedo dejar de mirar la costra en forma de estrella que exhibe en la mejilla derecha. Me mira, no me dice nada. Su sola mirada es una pregunta. Le pido una cajetilla más una botella de agua mineral sin gas. Le pago con un billete de cien soles, aunque lo pude hacer con monedas o un billete chico. Por algo le di el billete de cien. Mi intención era seguir viendo esa costra en forma de estrella, costra que contenía sangre. El señor se miraba también los dedos de la mano de derecha, quería rascarse y desprenderse de la costra. El tipo se percató de que le miraba la costra y los dedos. 
“Esto me pasó hace dos días. Protegí mi negocio. El delincuente quedó peor”, dijo.

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