miércoles, enero 27, 2016

410

Me quedé hasta tarde leyendo los ensayos biográficos de Roberto Merino sobre Enrique Lihn. La lectura fue rápida y provechosa. Cuando acabé el libro salí a fumar al parque. Eran las dos de la madrugada, la temperatura no era alta ni baja, digamos que tibia, como para prescindir del uso del polo. Prendí el pucho y pensé en el tronco poético que une a la tradición poética peruana con la chilena y traté de recordar si se había escrito sobre esa relación poética invisible y llena de riqueza. 
En esas me encontraba, con ganas también de una chela en lata, cuando Onur abre la puerta con sus patas delanteras y se va a inspeccionar el parque. Fui detrás del perro, como es cachorrito, lo peor que le puede pasar es que traspase las rejas del parque. El perro corría por el parque persiguiendo a los gatos, que lo miraban con odio porque les arruinaba el encuentro amoroso. Me acerqué con cuidado para cogerlo por el lomo, pero al momento de hacerlo, se abría la puerta de la casa vecina a la mía, de donde salió Motta, una perra siberiana gigante que llamó la atención olfativa de Onur, que sin chistar fue tras ella. 
Los problemas serían más jodidos, porque Motta si podía dañar al perro, aún más que unos gatos en celo. Prendí otro cigarro. Y me calmé, Motta y  Onur se entendían, cuando mi perro se ponía muy fastidioso, la perra lo situaba lejos con un ladrido que retumbaba en todo el parque. Tomé asiento en una de las bancas y miré al cielo, en donde la luna llena hacía que la madrugada tenga un toque mágico, esa luna que en sus costuras de color plateado era el escenario de un salvaje movimiento de ballet. 
Después de veinte minutos, el perro entró a la casa. Yo me quedé un rato más, fumando y observando el movimiento sospechoso de una camioneta, era una camioneta de la comisaría de Apolo, es decir, muy sospechoso.

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