lunes, febrero 15, 2016

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Cerca de la medianoche me sirvo un taza de café, también saco de la refrigeradora una botella de agua mineral sin gas. Me acabo de acordar que hay algunos textos que debo revisar y que tengo que mandar a primera hora del lunes, lo cual significa un calvario para este servidor que se despierta a las 11 de la mañana, por la sencilla razón de que se acuesta a las 5. 
Lo que menos me gusta es hacer cosas alimenticias en horas dedicadas a la lectura, el cine y otros placeres. 
Corrijo esos textos mientras miro en Film and Arts a un grupo bailarinas, vestidas como en Flashdance, en una suerte de tributo a All That Jazz. 
Acabo de corregir y editar. 
Mando los archivos a la persona que en unas horas verá lo que he hecho con lo que ha escrito. No me imagino la forma de su cara cuando vea las sugerencias que le acabo de dar, siempre resaltado en rojo, y en amarillo para cambiar la frase sin alterar el sentido de la idea. Por momentos he sido duro, pero no me importa, a veces hay que sacar la guadaña y exhibirla más de la cuenta. 
Me dispongo a descansar. Siento un ligero mareo y ardor en los ojos. Sin embargo, no me acosté hasta muy tarde. 
Hace años vi The Machinist, de Brad Anderson. 
No es la gran cosa, pero sí me gustó. Al punto que la puedo calificar de muy buena película. Obvio, cuando digo que no es la gran cosa, no estoy diciendo que sea mala o regular, sencillamente que no es aquello que conocemos como obra maestra. Además, era una película que perdió la oportunidad de ser tal, y no lo fue por dejadez en el desarrollo de determinadas escenas. 
Pero bueno, aquello no es lo que motiva esta entrada, sino el hecho de haberla encontrado en la madrugada en un canal de cable. Me bastó toparme con la película para quebrar el amago de sueño. 
La volví a ver, como tenía que ser. 
Christian Bale da vida a Trevor Reznik, un atribulado maquinista en una fábrica. Reznik es una especie de hombre robot que realiza sus funciones a la par que su mente anda perdida en una sucesión de imágenes que no le dejan en paz, imágenes de un pasado improbable, imágenes que conducen su interacción con las personas del mundo real, como la prostituta que encarna la siempre eficaz Jennifer Jason Leigh, lo mismo con la camarera que interpreta Aitana Sánchéz Gijón (tengamos en cuenta que esta es una producción española y que la película fue filmada en Barcelona) y, en menor medida, con sus compañeros de trabajo en la fábrica. 
Todos están convencidos de que Reznik no está bien, no solo físicamente. (Bale tuvo que bajar más de 50 kilos para esta actuación.) Su principal malestar, para todos, es su estado emocional. Reznik es un hombre destruido a razón de un sentimiento de culpa que lo ha llevado a la locura. 
No hay mucho que pensar. Nuestros actos que dañan a los demás nos llevan a asumirlos, por más que huyamos de ellos, nos persiguen hasta que afrontemos las consecuencias. 

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