domingo, febrero 21, 2016

422

Luego de la conversa con Leonardo en El Virrey de Lima, me quedé conversando con algunas puntas.
Me dirigía a casa, pero recordé que a la misma hora de la conversa, había otra presentación en Torrico, en un bar en donde los Zepita Boys presentarían Los buguis de “Jeremy”. Caminé hacia ese bar. Faltaban diez minutos para las diez de la noche, aunque la presentación estaba anunciada para las 7 y 30, sabía que comenzaría tarde puesto que era una actividad organizada por Richi Lakra de Poetas del Asfalto. Todo lo que organiza Richi comienza tarde y esta vez no fue la excepción.
Llegué y, efectivamente, la presentación no había comenzado. Rodolfo, uno de los presentadores, no pudo ir, y no se tuvo mejor idea que yo ocupe su lugar para hablar de Los buguis. Antes de hablar, “El caminante” manifestó su talento para la imitación, acto que fue celebrado por las puntas que ocupaban las mesas. En le mesa de presentación, noté que “Mr. Chela” estaba algo delicado de salud, temblaba, y le pregunté al respecto, y me respondió que no había razón para preocuparse, puesto que sentía frío. Preferí no comentar nada. Cómo se puede sentir frío con una temperatura de mierda como esta, pensé.
“Mr. Chela” leyó un texto de la putamadre. “El caminante” celebraba con otra imitación, si comenzó con una de Lakra, ahora imitaba Ciro, el legendario mesero del Don Lucho. Me dieron el micrófono y destaqué las bondades literarias de “Jeremy”. En mi disertación noté que “Mr. Chela” ya estaba durmiendo, acto que fue nuevamente inmortalizado por Ángel en su celular. Al terminar, llegó “Cachetada nocturna”, que tomó asiento entre “Paganini” y Marco.
Cuando “Jeremy” tomó la palabra, hizo lo de siempre, no hablar de sí mismo, sino de los otros, de esos “otros” a los que debe mucho su formación como escritor, extendiendo su admiración por esas novelas del XIX que aún le siguen transmitiendo resonancias.
En lo personal, tenía muchísima hambre. No sé por qué, me vino el hambre, esas ganas de tragar, porque eso era lo que sentía, comer muchísimo. Desde hace varios días “Cachetada” hablaba de un lugar llamado Los tres continentes, ubicado a media cuadra de Alfonso Ugarte. Le dije que nos llevara allí porque lo quiero conocer y ver si en verdad justificaba lo que se decía de la comida que vendían. “El caminante” quiso desanimar al grupo, se le había antojado un pye de fresa del Tanta, más un capuccino helado. Miré al “Caminante” y le pedí que dejara sus exquisiteces culinarias para después, puesto que en esos momentos se me antojaba comer bastante, con harta grasa acompañada de todas las témperas posibles.
Sin embargo, “Mr. Chela” seguía durmiendo. No había forma de despertarlo. Ángel propuso que preguntemos si en el bar había una manguera y así despertarlo con fuego plateado. Pero no había manguera. Ante ello, como contagié de hambre al grupo, “Paganini” y Marco decidieron cargar a “Mr. Chela”. Buscaron un tubo y se quitaron los pasadores de sus calzados. “Mr. Chela” quedó atado de manos y pies. “Paganini” y Marco sostenían el tubo, cada extremo sostenido por sus hombros.
“Paganini” y Marco comandaban la incursión hacia Los tres continentes. “Cachetada” y “El caminante” iban detrás, quizá planeando una futura incursión en un punto lejano de San Juan de Lurigancho. Ángel iba tomando fotos de los maleantes y tracas que cruzaban por nuestro camino.
Luego de una media vuelta en U, llegamos a Los tres continentes. Lo primero que pensé fue en lo muy grande que era el lugar. No estaba del todo lleno, pero sí había gente que llenaría tres restaurantes juntos. No pasaron muchos segundos para darme cuenta de que allí no se comía, sino se tragaba.
Antes de ocupar las mesas, qué hacíamos con “Mr. Chela”. No podíamos hacer nada si no lo ubicábamos en un lugar idóneo.
Pregunté por el dueño, un adiposo sujeto con cadenas de oro. Este me sugirió que llevara al “colgado” a la zona de carnes. Fuimos a la zona de carnes, que como tal, estaba llena carnes y aprovechamos un espacio libre para dejar a “Mr. Chela”, como un animal a ser sacrificado. Los extremos del tubo se sostenían desde los bordes de dos lavaderos de granito.
Hicimos nuestros pedidos. “El caminante” se acordó de ser “El Caminante” y pidió un platón de frejoles con lonjas de chancho, “Cachetada” una leche de tigre levanta muertos, Marco un pollo a la parrilla y los demás lomo saltado. No lo niego, todos los pedidos eran una bestialidad, un canto poético al acto sublime de tragar. Además, no era muy caro.
Me imaginé Los tres continentes en días de partidos de fútbol. Había una pantalla gigante en una de las esquinas. Y sí, cuando juegue la selección veré sus partidos en Los tres continentes.
A la mitad de la comilona, se me acercó un mozo, muy preocupado.
“Joven, el “colgado” ha despertado, está loco, está hablando palabras que no entiendo”, dijo.
“¿Qué está diciendo?”, pregunté. 
“Soy Pessoa, soy Pessoa, eso es lo que dice”.

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