sábado, mayo 21, 2016

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Llego a casa.
Me dispongo a ver el documental sobre Amy Winehouse, Amy, de Asif Kapadia. Este documental me lo ha recomendado una buena amiga, quizá lo que me llamó la atención fue su sentencia sobre lo que le generó el documental: “te haces fan de Amy sin que necesariamente te guste la música de Amy”.
Bueno, lo cierto es que no me gusta la música de Amy. Y doblemente cierto es que siempre llego tarde, demoro más de la cuenta en asimilar determinadas propuestas musicales, pero cuando ocurre, las agoto hasta hartarme de las mismas.
Mientras me acomodo, pienso también en lo que fue la conversa con Fernando en El Virrey de Lima, en los conceptos que ofreció cuando le pregunté por la persistencia en los tópicos que definen su poética, que vi como un ejemplo de honestidad consigo mismo, es decir, lejano a hipotecarse a los mandatos de las tendencias, que vienen seduciendo a más de uno.
Luego de la conversa, “Jeremy” nos invitó a comer a Los mil continentes, un restaurante ubicado a dos cuadras de Alfonso Ugarte, en una calle de la que no recuerdo su nombre, en verdad tengo dificultades para recordar nombres de calles. Este restaurante, en su momento, fue el descubrimiento de “Cachetada nocturna”. “Cachetada” concurría todos los días de la semana, hasta por gusto, hasta que cierto día se olvidó de llevar efectivo para pagar y los dueños del restaurante lo tuvieron toda la madrugada lavando platos y trapeando el baño. Desde esa vez no va y en más de una ocasión le he dicho que no se haga paltas, pero “Cachetada” prefiere mantenerse fiel a la contemplación de mujeres imposibles en Don Lucho, adonde fuimos un toque luego de comer.
Me gusta el bar, pero por alguna extraña razón, sentía que me asfixiaba, no sé si haya sido el calor, que no era para tanto, o quizá haya sido la incomodidad de verme entre tanta gente, pese a que el bar no estaba lleno. Pero bueno, siempre le pongo onda y ocupé una mesa, en donde estaban los amigos de Fernando, y allí estuve hablando de todo, desde la última novela publicada de Gaddis hasta de los complejos de fealdad de un patita que me miraba detenidamente, de esos que se guardan toda la mierdita durante meses y a quien le di la oportunidad de soltar toda su mierdita, total, el mundo es así: dices lo que quieres y escuchas la opinión contraria, algunos tienen su estilo, sus formas, aunque la bajeza no va conmigo y sé bien cómo manejar estas situaciones, porque no es ni será la última vez que alguien me suelte su mierdita emocional, total, uno escribe de libros y autores, y si gustan mis opiniones, bacán, si en caso no, el mundo no se acaba, ni a mí, ni al receptor, pero eso, y aunque me odien de por vida, no reseño porquerías, aunque es bueno indicar que hay gente especializada en esa noble labor.
Saliendo del Don Lucho, me encuentro con Karina. Y ahora que lo pienso bien, es Karina la que me pasa la voz. Ella acababa de salir de un concierto en Caylloma y la percibí en una peligrosa euforia en ascenso, euforia que volvía insuficiente la energía gastada en el tácito pogueo. No sé si llamarla amiga o conocida, pero da igual. Es de esas personas a las que no tienes que frecuentar mucho para saber que hay una conexión, una suerte de complicidad, en donde bastan algunos gestos, palabras o simples miradas, y de esta forma ser partícipe de un estado de ánimo, en este caso, el ánimo del “otro”, y esa percepción de ánimo me presentaba un drama personal del que no podía desentenderme.
Las veces que la he visto en Quilca, paraba con un grupo de chicos y chicas que se adueñaban de la vereda. Me pasaban la voz para preguntarme qué película estaba viendo o qué libro estaba leyendo, algo que volvía curioso el asunto, ya que no me preguntaban qué película o libro les podía recomendar. La más entusiasta con lo que les contaba era precisamente Karina, que no tardó en pedirme que la acompañe a tomar su taxi en La Colmena. En ese corto trayecto, Karina me contó que desde hace un mes venía asistiendo a un grupo de AA, ajá, Alcohólicos Anónimos, y que por decisión propia había decidido no beber más, pero el no beber no significaba que dejara de hacer su vida social, según ella, o sea, el no beber no le impedía ir a los conciertos de rock de garaje que se desarrollan en las calles aledañas a Quilca.
Me llamó la atención lo que me contaba. En los últimos días, ND, una amiga a la que quiero mucho, me había contado un problema similar. Eran los mismos casos y la única variante de los mismos era la locación del grupo de AA. Bueno, tampoco me iba a sorprender si ambas asistían al mismo grupo de AA, además, he aprendido a enfrentarme a las inevitables coincidencias de la vida, algunas mágicas y otras no menos que penosas, y esta era una situación penosa, porque entendí lo que pasaba con Karina, entendía su lucha interna contra la ansiedad, ese llamado proveniente del pecho que te pide un trago cuanto antes y que manda a la mierda todo lo que has venido avanzando en los días de abstinencia.
Los mismos síntomas que vi en ND los veía en Karina. La falsa euforia, pues. Le pregunté en dónde vivía y me respondió que por el Campo de Marte. Entonces le propuse caminar y que pasara del taxi. Y eso hicimos, caminamos hasta El Campo de Marte. En el camino nos topábamos con una variopinta gama de personajes que solo puedes ver en el centro durante la madrugada, a saber, en Belén, en donde encuentras a una gringa adiposa que en inglés te cuenta que acaba de ser asaltada y que necesita dinero para el taxi que la lleve a la embajada americana. Todo bien, el drama muy bien pintado, solo niégate para que no dude en mentarte la madre en un impecable castellano. Este personaje sale todas las madrugadas, de una a tres, según calculo, y vaya que la historia le funciona bien, lleva más de una década haciendo lo mismo y sea quien sea la persona detrás de ese personaje, sí le reconozco su capacidad histriónica.
Bajamos por Bolivia, doblamos hacia la izquierda por Wilson y llegamos a Paseo Colón. En este punto había que tomar bien una decisión. O seguir hasta 28 de Julio o bajar hasta Guzmán Blanco. Ya era un territorio que, por la cercanía a su casa, Karina conocía mejor. Obviamente, estaba la posibilidad del taxi, pero era ridículo tomar un taxi cuando estábamos a menos de siete cuadras del Campo de Marte. Ella decidió que lo mejor era bajar hasta la Plaza Bolognesi y caminar por Guzmán Blanco, pero recordé que hacía algunos meses tres putas asaltaron a “Mr.Chela” y “El Caminante”, al primero le robaron su iPhone y al segundo su mochila y zapatillas. Había que tener cuidado con las putas de Guzmán Blanco, pero mucho más con los cafichos que las cuidan. Por ello, tomamos la ruta más larga y más segura, 28 de Julio.
Deje a Karina cerca de su casa. 
Detuve un taxi y subí. Solo al llegar a casa me percaté de lo siguiente: olvidé comprarme una nueva cajetilla de cigarros. La ansiedad, la falsa euforia, se hacía presente, pero se trata de una ansiedad o falda euforia que sí puedo manejar, en fin.

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