viernes, julio 22, 2016

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Toda la semana la he pasado mal, recuperándome de una serie de males confluidos, lo que ha motivado a que esté más desconectado del mundo que de costumbre. Pese a ello, me di maña, o sea, me drogué lo suficiente, para cumplir algunos compromisos ineludibles. Felizmente, hoy viernes amanecí mejor, sin dolores corporales, sin mareos y sin esa sensación de no querer hacer absolutamente nada.
Cerca de las 8 de la mañana me dirijo a la cocina y me sirvo anís, el temor al café aún queda postergado hasta cuando me sienta totalmente recuperado, sin ese miedo a la recaída que no debo permitirme el día de hoy. No pasa mucho tiempo para que Onur se acerque y empiece a pedir, con saltos que pasan el metro, su desayuno. Mientras tanto, entro a la página de algunos diarios, como también a algunas cuentas de Facebook y ver lo que está ocurriendo. Lo del ingreso a la cuenta de Facebook obedece a una razón: el creciente interés que vengo percibiendo sobre la marcha que se realizará el 13 de agosto. Una marcha que se pinta como una de las más multitudinarias en la historia de protestas del país. No es para menos, y me alegra que sea así, porque es una marcha movida por el espíritu de indignación de millones de mujeres peruanas, una ola de protesta que se viene gestando desde hace varios años pero que se ha repotenciado con los últimos sucesos ya conocidos. La ley no protege a las mujeres, la criollada política está contra ellas, entonces, las mujeres se ponen de pie. Me fijo en cuentas de amigas y conocidas que nunca han mostrado interés en la utilidad de las marchas, pero ahora sí, la cólera e indignación, esa mezcla que las eleva a sumarse a una causa que viene creciendo a nivel nacional.
No estar en esa marcha, no apoyarla, es ser un subnormal. 
Y hablando de subnormales, no deja de sorprenderme la amarga alegría crema cada vez que ganan un clásico. Más de una vez he escrito sobre la pusilanimidad de Mosquera al frente del equipo blanquiazul, su falta de criterio y sideral soberbia que le han impedido conectar con un equipo cada vez más lejano a la regularidad. Se perdió y no me sorprende. Como tampoco llama mi atención la festividad crema, una festividad en donde la alegría por el triunfo viene condimentada por el odio y el resentimiento. Siempre me pregunto qué les cuesta ser festivos en su esencia, como sí lo son los blanquiazules cada vez que ganan un clásico o consiguen un campeonato. No lo pienso mucho y a la verdad nos atenemos: eso pasa cuando no tienes una verdadera historia y una justificada tradición, ni hablar de gestas épicas, no una de plástico y que solo se justifica en campeonatos, en los chicharrones. He allí la diferencia.

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