jueves, julio 28, 2016

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Anoche, luego de una de las presentaciones más concurridas en los años que lleva SUR, me fui a comer.
Me bajé del taxi entre Javier Prado y Petit Thouars. Pero los restaurantes estaban cerrados, más bien, los bares estaban en su punto; bien pude entrar a uno a pedir algo ligero, pero lo que deseaba era comer, envenenarme como no lo hacía en tiempo, por lo que caminé hasta el Centro Comercial Risso, que es prácticamente volver, o estar cerca, a lo que fue mi colegio.
Llegué adonde me propuse y no había mucho que pensar. Me dirigí a Mi Carcochita y pedí una salchipapa especial.
Esperé la salchipapa y observaba, a más de treinta metros en diagonal de donde me ubicaba, un chifa de nombre impronunciable, de buena pinta, sí, pero que es uno de los más horribles de la ciudad en cuanto a los platos que sirven. La primera y última vez que lo visité, lo hice en compañía de “Mr. Chela” y “El caminante” y una punta más cuyo nombre no recuerdo. Habíamos estado tomando algunas chelas en Pollo Pier y fuimos a ese chifa a sugerencia de “El Caminante”, porque se supone que eran sus dominios, sus dominios del barrio. Hicimos nuestros pedidos y cuando nos sirvieron los platos, todo bien, nada del otro mundo, el aroma a chifa, el humo ondulante que parecía una bailarina de ballet, todo sin problemas, pero las cosas se pusieron jodidas cuando comencé a probar el plato.
Miraba el local de ese chifa. Igual que hace varios meses: bien pintado, pero de platos horribles, preparados a lo bestia. No había que pensarlo mucho, ¿qué sentido tiene mantener un negocio que para vacío y, además, cuya comida es horrible?
Pienso en las lavanderías de la ciudad. No es la primera ni la última que vea una.
Hace no más de dos meses, mi pata Abelardo, el metalero que escucha Air Supply, nos invitó a Armando y a mí a un chifa ubicado en el Rímac, a no más de tres cuadras del Puente Trujillo. Abelardo ya me había hablado de las bondades de aquel chifa y esas bondades se manifestaron en la concurrencia que llenaba el local. Por un momento creí que tendríamos que esperar y lo que me jode más es esperar a que una mesa se desocupe en un restaurante. Para nuestra buena suerte, una pareja disponía a retirarse.
Abelardo tenía razón. Era un buen chifa. Generosidad en las porciones y flameo justo en los platos. Y comimos hablando de lo que siempre hablamos cuando comemos, casi siempre con el silencio de Armando, que quiebra cuando tiene que hablar mal de Alianza Lima y a favor de la tradición poética peruana, que conoce como pocos. Cuando Abelardo comienza a hablar, extrajo de la manga una historia que pautó nuestra conversa hacia la epifanía, como la de un pequeño chifa en Alfonso Ugarte, a metros de Bolognesi.
Ese pequeño chifa que también visité un par de veces y al que Armando iba religiosamente 5 veces a la semana. La razón de estas visitas no obedecía a sus buenos platos, sino a la chinita que atendía. Una chinita, menudita, excesivamente bonita, de voz dulce. Una muñequita oriental, en todo sentido. Ella atendía ese pequeño chifa con quien al parecer era su esposo. Los platos que vendían no eran la gran cosa y cada vez que iba había muy poca gente. Más de una vez me pregunté si en verdad dicho chifa les daba para vivir y si los pocos clientes que iban lo hacían ante todo por la muñequita oriental. Esa es la impresión que tuve en mis dos únicas visitas. Y no me sorprende que Armando se haya enamorado de esta mujercita. La recordaba al detalle y creí que se perdería en una de sus tan alucinantes descripciones pormenorizadas, pero no, felizmente no fue así, porque, “no lo vas a creer, un domingo en la noche, en uno de los noticieros de mierda”…
Lo que dijo Armando me dejó helado. 
Así es: la chinita apareció en un reportaje dominical, como una despiadada mujer que había asesinado a cuchillazos no solo a su esposo, sino también a tres tipos más, también orientales. En el reportaje se indicaba que esta chinita pertenecía a la mafia china del Dragón Rojo y que el local era una fachada de esta red criminal, que no solo era una lavandería, sino también un centro de tortura de la mafia. Según las pesquisas policiales, la muñequita china habría intentado fugarse del país con una importante cantidad de dinero y para ello debía deshacerse de su posible esposo y de los integrantes de la mafia que cierta noche fueron a hacer lo que tenían que hacer en el local… “Estos ojitos la vieron, Gabriel, era la muñequita china, quién lo iba a creer, que ese cuerpito, que esa belleza oriental haya acuchillado a tres huevones”…

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