lunes, julio 04, 2016

"el traductor"

Muchas cosas buenas se pueden decir de la historia de la narrativa latinoamericana del Siglo XX. Una mirada, siendo esta muy somera, nos permite ubicar nombres y obras referenciales, suscritas en más de un periodo y generación. Obviamente, hablamos en principio de una mirada general de un espectro continental, que nos permite aseverar que más allá de su esencial soto narrativo, el conformado por las voces del promocionado Boom, encontramos voces singulares, aisladas del oficialismo literario que poco a poco han ido ingresando en el imaginario del lector literario, aquel que no se conforma con las listas del canon, sino que busca en los bordes de la tradición, casi siempre estimulados por los datos que se consiguen en las conversas de café y, por qué no decirlo, en los datos proporcionados por los grandes lectores que en vez de guardarse los nombres de su tradición literaria personal, se dedican a compartir, es decir, a extender la experiencia de la lectura, matando el malsano exclusivo código secreto que suelen ostentar los lectores poseros, la mayoría signados por la patética pequeñez del alma.
Entre las plumas que encontramos fuera del canon, figuran aquellas que son catalogadas de “autores de culto”, que han conseguido cimentar la fidelidad de sus lectores, autores que siguen exponiendo un magisterio desde el más allá. No hablamos de un buen número de plumas, pero son más de las pocas que podríamos sospechar. En este sentido, la tradición narrativa argentina ha sido generosa al proporcionarnos dos autores de culto que cada año ganan más adeptos, dos autores a los que deberíamos leer sin espera alguna, dos narradores que no solo comparten el fatal destino del suicidio, sino que como pocos exploraron la desazón de la existencia humana nadando en las turbias aguas del hastío.
Apunten: Jorge Barón Biza (1941 – 2001) con El desierto y su semilla y Salvador Benesdra (1952 – 1996) con El traductor.
Del primero he escrito con gusto más de una vez en mi blog y considero que he colaborado con mi granito de arena en hacerlo un poco más conocido entre los lectores peruanos, puesto que en mi época de librero pude recomendar esta novela a más de 150 lectores, lectores que a los días regresaban a buscarme para darme las gracias por la recomendación. Sin embargo, no se trataba de un agradecimiento feliz, por el contrario, era un agradecimiento peculiar, ya que lo hacían con el alma expuesta en el rostro desencajado, en otras palabras, lo hacían desde la emoción ultrajada. No era para menos, Barón Biza exhibió en esta novela el poder de la autodestrucción proyectada en los lectores.
Pues bien, si El desierto y su semilla, en términos narrativos, era la linealidad, Salvador Benesdra con El traductor (Eterna Cadencia, 2012 – Publicada por primera vez en 1988 por Ediciones de La Flor) era la alteración de la linealidad narrativa, novela en la que conceptos políticos e ideológicos, andamiaje estructural y configuración de personajes, por señalar sus características excluyentes, eran tensados más allá de los límites estipulados por los puristas de la narratología. Se colige pues que hablamos de una novela ambiciosa, y dejando de lado la deducción, su lectura nos ofrece la radiografía de la desazón de una época en la que los discursos de la social democracia fueron heridos de muerte.
Benesdra se vale de un personaje rico en complejidad. Ricardo Zevi es traductor (políglota que domina a la perfección más de siete idiomas), acérrimo simpatizante de la izquierda, voraz lector, pero ante todo, nada solemne en la expansión de su cultura. Exhibe entre sus amigos y compañeros de trabajo una desfachatez intelectual que involuntariamente refuerza cuando los discursos de izquierda entran en crisis a razón de la caída del Muro de Berlín y la reciente desaparición de la URSS, enfocando su fastidio ideológico en el rumbo sin norte en el que se encuentra la izquierda latinoamericana a inicios de los noventa. Zevi no tiene opción, no le queda más que recoger ese fastidio y en base a él construye larguísimos monólogos que revelan su privilegiada cultura y alto nivel intelectual, que se potencian más cuando debe traducir para Turba (la editorial progresista que años antes fue un importante bastión del discurso de izquierda en Argentina) a un liberal pensador alemán que representa absolutamente todo lo contrario que Zevi ha pregonado en su vida.
El pensamiento de Ludwing Brockner le genera más de un dolor de cabeza. No es para menos: los recursos intelectivos y bibliográficos que maneja el facha alemán para sostener su discurso liberal, son los mismos, pero desde la otra orilla, que sostienen el discurso zurdo de Zevi. Zevi lo tiene que traducir si es que desea seguir manteniendo su trabajo en la editorial ahora que la recesión laboral ha llegado a la empresa. Por otra parte, Zevi es un asiduo visitante de bares, cafés y puticlubs, espacios en donde se relaja viendo a las personas y últimamente alarmándose de la festiva mediocridad de estas a las que no les importa el momento de emergencia ideológica y tácitos cambios económicos en dirección a la derecha por el que atraviesa el mundo. Es precisamente en un bar en donde conoce a Romina, una joven mujer salteña de rasgos aindiados, adventista, que predicaba la fe de su religión por las mesas de los bares, en los espacios en donde, para ella, se reúne el pecado. Zevi no lo piensa mucho. Decide seducirla, llevársela en la cama. Romina queda admirada con Zevi, al que también considera un buen hombre. Empero, los problemas se manifiestan al momento de consumar el acto sexual. Zevi no tarda en descubrir que Romina es frígida. Entonces, comienzan los problemas para Zevi, que se propone destruir esa frigidez a cuenta de la violencia emocional y física del sadomasoquismo.
Por medio de Zevi, Benesdra se adueña de un discurso multitemático, que tiene el objetivo de explicar la esencia de la condición humana y su relación con el contexto inmediato. Un personaje como Zevi no podía ser guiado por el registro lineal, que en funcionalidad, empobrecería su ya indicada complejidad. La mirada de Zevi requería de toda la dificultad/plasticidad discursiva posible, había que estar a la altura de este personaje que tranquilamente pudo ser el alter ego de Benesdra. Es precisamente en la dificultad discursiva que hallamos la inacabable riqueza de la presente novela, asimismo, la variedad temática requería de esta pensada y presupuestada dificultad, que se enriquece por un constante aliento poético que se apodera de cada página.
Lo dijo José Lezama Lima: “Solo lo difícil es estimulante”. El traductor es una novela compleja bajo todo punto de vista. Pero hablamos de una complejidad que se supera con ánimo y decisión. La novela no tarda en instalarse en el imaginario del lector de turno y, cuando ello ocurre, se podrá esperar de todo de la misma, pero nunca que acabe.

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Publicado en El Virrey de Lima

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