lunes, junio 27, 2016

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Termino de ver la final y sintonizo Fox Sports.
Por un momento, pienso que los periodistas deportivos argentinos bien podrían ser periodistas peruanos. Hablan igual, desde la frustración y la indignación.
Lo cierto es que al finalizar los 90 de juego, me convencí de que Chile se llevaba la copa. Confianza, garra y solidaridad de equipo. Ajá, lo que no tuvieron los argentinos.
Después, salí un toque por un cuarto de pollo a la leña. La pollería queda a no más de dos cuadras de mi casa. Pensé que iba a ser el único pata en el local, pero no, era uno de los ocho. Total, la pollería no es del todo grande, pero sí es acogedora, al menos la he sentido así las pocas veces que la he frecuentado, tan pocas que ni siquiera recuerdo su nombre. Se acercó el mozo y le pedí el cuarto de pollo a la leña más una Coca Cola personal helada, y después, para bajar la grasa, un anís, que, pensándolo bien, se me ha convertido en una bebida caliente por demás extraña, puesto que no la pedía en muchísimo tiempo, entonces, el antojo del pollo a la leña quedó desplazado por el reencuentro con el anís. Y me puse a pensar en cuándo fue la última vez que tomé anís, en qué circunstancia y lugar y con quién. 2015, descartado, 2014 también, así en ese blanqueo hasta el 2008.
Recuerdo, porque mi memoria es salvaje, tan salvaje que me siento orgulloso de ella, como también temeroso porque me devuelve sensaciones e imágenes que rehúyo, pero que en esta ocasión me remiten a ocho años atrás, a una tarde de julio, en quincena, para variar, en pleno Centro Histórico, en uno de los pocos cafés que aún quedan en el centro. No me refiero a los tradicionales Queirolo, Carbone, Huerfanitos, Domino´s, ni a los que se ubican en Caraballa, en los que se venden quesos, rosquillas y café, sino a uno ubicado a media cuadra de Emancipación, desde Camaná, al que asistí porque un amigo pintor me invitó en cierta ocasión un alucinante pan con salchicha huachana. Esa tarde llegué a ese innominado café a razón de un fuerte dolor de estómago. Mi memoria no da para tanto para recordar qué había estado comiendo en esos días, lo que sí recuerdo fue ese dolor de estómago, que me estuvo destruyendo toda esa tarde, entonces, pedí un anís muy caliente, que al final, como suponía, alivió mi estómago, deparándome una agradecida sensación de paz, de reconciliación inmediata con el mundo. 
Cuando hube acabado el pollo a la leña y dado cuenta de la Coca Cola helada mientras veía por el televisor del local el dolor de Messi una y otra vez, no creyéndole que su renuncia a su selección vaya a ser definitiva, me sirvieron el anís. Para ese entonces, prácticamente era el único en la pollería. Los meseros y las meseras me miraban, exigiéndome en silencio que acabe de una vez el anís, porque, imagino, que se encontraban cansados luego de una larga y agitada jornada, puesto que los domingos son tediosos para los que trabajan en restaurantes y pollerías, ni hablar de los chifas. Entonces, les hice una seña, en buena onda, porque no iba a demorar en terminar mi anís. Lo entendieron y se pusieron a acomodar las sillas y a limpiar las mesas.

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