lunes, agosto 01, 2016

FIL de Lima 2016

Terminó la FIL de Lima 2016 y la pude recorrer al milímetro y fui testigo de los rostros cansados y felices. Los expositores no tenían que hablarme mucho al respecto, porque sé, y mejor que no pocos de ellos, lo fatigosos que resultan los días de feria, días en los que uno tiene que sacar fuerzas de la nada. Por ejemplo, quien escribe no solo participó en varias ediciones de la FIL, sino también presentaba libros de autores nacionales y extranjeros.
En su momento se publicó un artículo mío en LCL, en el que hice un señalamiento sobre el incremento del precio en la entrada para este año. El artículo generó muchísimos adeptos, como también opiniones contrarias al mismo, que defendían el incremento de la entrada, con argumentos tipo “son los siete soles mejor invertidos”, “la CPL no cuenta con el apoyo de nadie”, “la feria tiene que ser rentable”. En realidad, y fastidia tener que explicarlo porque en el texto quedó muy claro: el problema nunca fue el incremento de la entrada, sino la imagen que este incremento generaría en aquellos ciudadanos no acostumbrados a consumir cultura. Una medida como esta reflejó el nulo lazo con la gente de a pie, reforzando aún más esa idea que todo aquel dedicado a la promoción cultural debe rehuir como si fuera la peste: la cultura para una élite.
¿Exageración de mi parte?
No creo. Y si no me creen, miren lo que dijo la Ministra de Cultura de Colombia sobre el precio de la entrada para esta FIL, la misma que capitaneó a la delegación de su país, país invitado de esta edición ferial.
Por otro lado, no sé si haya aumentado el número de asistentes a la feria, afirmar algo así es jugar con la ciencia oculta de la información estratégica. Tengamos en cuenta que miles asisten a la feria diez veces, mínimo. El mejor termómetro sobre el asunto no son los boletos vendidos, sino los mismos expositores, a ellos debemos preguntarles sobre esta percepción y dejar el cobijo que depara el número de boletos vendidos.
En mis recorridos conversé con muchísimos expositores. No se podían quejar. A todos les fue bien (en síntesis: a expositor que no le va bien en cualquier edición de la FIL debería graduarse de bestia). Al respecto no hay secreto a hallar. Y hay que reconocer lo bueno de esta FIL: la buena infraestructura, los pasadizos espaciosos, la mejora de los servicios, un más que llamativo programa de actividades (con un Nobel de Literatura incluido), y, muy en especial, a la participación de la delegación del país invitado. 
A nivel de logística, y desde la presidencia de Germán Coronado en la CPL, la FIL ha conocido mejores tiempos, tiempos en los que ha imperado el buen gusto y el criterio, detalles no menores teniendo en cuenta que en la gestión precedente de la CPL, la FIL más parecía un mercado de mayoristas que una feria del libro que pretendía ser la más representativa del país. Ahora, con sus defectos a solucionar, a saber, la tardanza en calibrar un buen equipo de información (fácil te ahorrabas más de un dolor de cabeza, Germán), la FIL puede llegar a ser lo que queremos que sea: un espacio para los lectores, lectores que tendrán que ir creciendo en los próximos años, lectores que necesiten de libreros y no de vendedores de libros, lectores que encuentren en cada edición de la FIL un espacio de encuentro.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Buenas, ¿tiene alguna información sobre cómo le fue a la Feria de Lima Norte (FELINO) en su primera ediciòn, y si van a volver a realizarla? Gracias de antemano

12:56 p.m.  

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