martes, diciembre 27, 2016

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Me doy cuenta de ello, pero no con la atención que debería, pero no digo nada porque quiero saber hasta qué punto se llega. Desde hace algunas semanas, más o menos desde la quincena de noviembre, mis cuentas de correo electrónico, Face y Twitter, vienen siendo amenazadas por hackeadores, que en el mundillo literario y cultural los hay a raudales, lo cual me lleva a sustentar más la idea que dijera un escritor con quien tuve una charla pública sobre su novela en la última edición de la Feria del Libro Ricardo Palma: “el escritor peruano tiene que empezar a trabajar”.
Cierto.
No todos, pero buena parte de ellos se dedica a malgastar su vida, el cuerpo, el cerebro y el ingenio en el hueveo permanente, hueveo atento a la captación de impresiones que deviene en buitreos que vendrían a ser la metáfora, aparte de su existencia, también de su obra. Entonces, estos literatosos ociosos que no trabajan, y no lo hacen porque les gusta vivir de prestado y de la beneficencia literaria, son actores idóneos, empleados en potencia, para los que regentan el oscuro poder del tráfico editorial, eso, por un lado, como también para los que solo viven para joder a los demás.
Pero claro. Tan culpable como el hacker es también el perjudicado. En ese sentido, es prácticamente imposible que se pueda acceder a cualquier de mis cuentas, y lo más gracioso es que los ociosos dejan rastros de su procedencia, pero tampoco voy a perder el tiempo, porque no me interesan estos ociosos con evidentes complejos de fealdad, sino sus potenciales patrones.
Me sirvo café y me pregunto qué pasaría si me hackean. También me lo pregunté ayer mientras conocía un nuevo café en Jesús María. Conozco bien las calles de ese distrito, pero me cuesta ubicar por nombre sus calles, ese es quizá mi eterno problema de ubicación con los distritos que más conozco de Lima, si a las justas sé el nombre de mi cuadra. Pensaba en la posibilidad del ataque virtual mientras esperaba mi pastel de acelga y espresso, y por extraño que parezca en estos tiempos de paranoias virtuales, no me preocupa el hackeo, sino en quienes estarían detrás de esos ataques virtuales, de quienes me ocuparé en los próximos días.  
El sol se muestra generoso, impregnando de naranja mi habitación, y por un momento, mi habitación parece una locación cerrada de El último tango en París. Entonces aprovecho el calor y me dirijo al lavadero, ubico lo necesario para la misión del día: bañar a Onur, el falso pekinés.

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