miércoles, diciembre 28, 2016

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Ayer, mientras conversaba con un amigo en una banca del jardín de la librería Blanca Varela – FCE, fui testigo del desfile de una variopinta gama de personajes, y lo más curioso, es que no pocos de ellos me saludaban con cariño, cosa que me hace sentir bien puesto que soy de poco de hacerme ver por las calles, y cuando converso con alguien, trato de no hacerlo en lugares abiertos. Lo de ayer fue una buena ocasión para quebrar la costumbre mientras hablaba de ediciones, autores peruanos, tendencias literarias… Claro, entre esos personajes no faltaron los inefables que no solo pasean su mediocridad existencial, sino que también son costales de sal que contagian su mala fortuna, tal el caso de “El asustado”. Lo vimos entrar y el sol desapareció, las ventas en la librería se detuvieron, el servicio de agua se cortó en Miraflores, tres perros se perdieron, ocho niños se deprimieron al verlo, sucedió un temblor...
“El asustado” es como Hurley de Lost, pero la diferencia es que Hurley tiene gracia, es sabedor de su malafortuna contagiante y trata de que esta solo le perjudique él. O sea, Hurley sabe que es un salado y se cuida de no contagiar saladera a los demás. En cambio, “El asustado” sala todo lo que pisa, todo lo que mira, sus poderes paranormales no conocen límites, hasta cuando trabaja en ferias, pero allí cambia de razón social, deja de ser “El asustado” para convertirse en el popular “Librerobestia”, bueno, así lo bautizaron en la pasada feria Ricardo Palma. Pienso que sus patas deben hacerle un favor y sumergirlo de cabeza en un cilindro de con hojas de yantén, floripondios y baba de chamán, solo así se le podría erradicar la saladera. Minutos después me enteré que su radiación salada había sido mucho más fuerte, todo el comercio miraflorino cayó, cerró a la baja.
Luego del ceviche de mediodía, se me antoja el cigarrito de rigor. Entonces salgo al parque, pero no prendo el cigarro porque a quince metros de mí vi a una chica de no más de 20 años, pegada a la pared, con las manos cubriéndose el rostro, puesto que Pinky, la novia de Onur, la estaba ladrando. Los ladridos de Pinky no eran de temer, pero esa es mi percepción personal, no la de esta chica veinteañera que temblaba y contenía las lágrimas. Entonces me acerco donde ella y le pregunto si vive en el barrio, si está buscando a alguien. En ambas preguntas su respuesta es temblorosa, moviendo la cabeza. Ahuyento a la perra y recojo su casaca y mochila. Se las entrego y camino con ella hacia una banca cercana. Le pregunto si tiene fobia a los perros y ella, ahora sí, me responde, la contundencia de su “estoy traumada con los perros” cala en mi corazón, porque en parte sé que lo es tener un trauma. Por ejemplo, hasta el día de hoy evito presenciar los sacrificios de pollos en los mercados, y no es gratuita esta actitud, puesto la misma obedece a una experiencia que el lector común podría entender: tenía cuatro años cuando Clara, la joven que nos ayudaba en la casa, me lleva al mercado a hacer las compras del día. Era un niño inquieto, algo autista según muchos. Esa mañana, como muchas mañana, había mucha gente, y ocurrió lo que no: me desprendí de la mano de Clara y fui a explorar el mercado, en esa exploración llegué a los puestos de venta de pollos. Me acerqué para ver a los señores que sacrificaban a los pollos, un espectáculo revelador para un niño de cuatro años, pero por esa misma razón, en ese estado de asombro y descubrimiento de que había un mundo más allá de la isla de cristal que nos construyeron mis padres, no estaba para nada preparado para lo que en minutos acaeció. A uno de los señores que sacrificaba pollos se le escapó uno, es decir, un pollo sin cabeza, pollo sin cabeza que corría moviendo las alas pardas y blancas, y lo hacía en dirección a ese niño de cuatro años, que no tuvo opción que huir entre ese mundo de gigantes, perseguido por más de diez metros por un pollo sin cabeza que dejó de perseguirme cuando la sangre se le acabó.
En mi huida desesperara, me resbalé, me saqué la mierda al voltear el pollo sin cabeza a menos de veinte centímetros de mí. 
No quise saber en detalle la circunstancia del trauma de esta chica con los perros, pero entendía su tembladera, su incapacidad para articular ideas. Me quedé un rato más con ella, sin decirle nada, mirando de lejos a la novia de Onur y fumando mi cigarro. Mi compañía duró lo que el cigarro. Le dije que tuviera cuidado cuando caminara por los parques y ella me dio las gracias.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

El ratón solo respondió con un gruñido, y siguió alejándose.
-¡Vuelve, por favor, y termina tu historia! -gritó Alicia tras él. Y los otros animales se unieron a ella y gritaron a coro:
-¡Sí, vuelve por favor!
Pero el ratón movió impaciente la cabeza y apresuró el paso.
-Qué lástima que no se haya querido quedar-suspiró el Loro, cuando el ratón se hubo perdido de vista.
Y una vieja Cangreja aprovechó la ocasión para decirle a su hija:
-¡Ah, cariño! ¡Que te sirva de lección para no dejarte arrastrar nunca por tu MAL GENIO.
(Alicia en el País de las Maravillas)

7:18 a.m.  

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