jueves, enero 19, 2017

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Un día fructífero, desconectado y escuchando música, y por más de un momento barajo la idea de seguir así, pero no hacerlo es imposible. Me conecto para acceder a las redes sociales, pero también para revisar mi correo electrónico, que me entrega un par de mails excluyentes, positivos, por cierto.
Como estuve solo en casa, llegada la una de la tarde me enfrenté a la disyuntiva: o salía a almorzar o cocinaba algo para almorzar. Opté por la segunda opción. Varios platos se me presentaban como posibilidad, y estos debían seguir en la onda de lo que vengo comiendo, alimentación que cumple su noble propósito: bajar de peso, en especial destruir la alegre acumulación de grasa en mi panza.
Compré carne molida, fideos y salsa de tomate en lata, nada complicado. Sin embargo, un pequeño problema adquirió dimensiones no pensadas: tenía una botella de vino, la misma que me observa desde hace ya algunas semanas, entonces decidí que ya era hora de darle el curso respectivo, pero mis ganas por beber vino se interrumpieron porque no encontraba mi sacacorcho, de color guinda, el cual siempre cargaba conmigo. Me puse a buscarlo, y tal y como sucede con los ansiosos, la calma fue cediendo ante la desesperación, lo que me llevó a poner de vuelta y media mi habitación y desordenar vesánicamente cada espacio de mi casa en donde pude dejarlo. También recordaba lugares, potenciales espacios de olvido, pero por más que barajé algunas opciones, que devenían en un lugar, lo mejor fue darlo por perdido. Aceptar su pérdida. Esa sola sensación puede resultar dolorosa cuando has tenido tan cerca un objeto que deja de ser inane al saber que te acompañó por más de diez años.
Ahora que respondo los mails, aprovecho en ver el movimiento de información en Facebook.
¿Es cierto lo que estoy leyendo?
¿En realidad le pasa esto a la media de los escritores peruanos?
Con uno, lo entendería; con dos, lo pensaría sin seriedad; pero que más de quince adviertan a sus contactos de los peligros del sexo virtual ya me parece el grado supremo de la cojudez, que me pone en bandeja el material intelectual del que están hechos. Cuidado, dicen, con las mujeres de apellido extranjero que te envían una invitación de Facebook; las aceptas y comienzas a conversar con ellas. Luego de tres días conversar en el curso de cuatro días, estas mujeres de apellido extranjero te proponen una sesión de sexo virtual. Lo haces. Pero a los dos días esa mujer de apellido extranjero comienza a chantajearte. Pobre de ti que no cumplas con pagarle, porque tu performance a lo Dirk Diggler será vista por todos en Youtube.
O sea, y no es que peque de ingenuo, porque el problema no es si tienes o no sexo virtual, sino la advertencia de los escritores chantajeados, que no es más que la metáfora del arrecho puesto en evidencia. Para este tipo de experiencias, más de uno me demostró que tiene talento para autoparodia compasiva. Por allí podría transitar el futuro, la salvación de la narrativa del yo. Lo firmo.

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