miércoles, marzo 22, 2017

librerías virtuales

Semanas atrás, o quizá dos meses, comenté al vuelo lo que pudo ser una batalla campal entre dos personajes peculiares. Esta suerte de posible batalla campal tuvo lugar en la Feria del Libro Amazonas, en un sábado marcado por el inclemente sol. La bronca en cuestión la protagonizaban dos tipos de llamativas cualidades: uno gordo y apestoso y el otro flaco y también apestoso, Javier A. y Manuel A., respectivamente. Seguramente ambos estuvieron caminando toda esa tarde de sábado, cargando pesadas bolsas de libros, cada quien por su lado, hasta que se encontraron cara a cara en Amazonas, en donde decidieron aclarar sus problemas comerciales, porque la pelea que estuvo a punto de protagonizar la doble A, y que fue disipada por el carajazo de un heladero de imprescindibles helados Donofrio, obedecía a una razón, la manzana de la discordia, o llámese cliente, o lector, o interesado, que requiere de los servicios de alguien que encuentre el libro descatalogado que desea leer y que quiere hacerlo, como ocurre la mayoría de las veces, sin tener que abandonar la comodidad del hogar. Javier y Manuel vieron el lomo brilloso que exhibía restos de camote reseco de un estofado de 1985,  el libro que justo les había pedido un potencial cliente, quizá el mismo para los dos. Ante ello no dudaron en comprarlo como sea, manifestando para tal propósito la labia digna del maleante, la pechada del piraña, el roce del cabezazo, con mayor razón cuando decenas de personas los miraban, hasta que los largó el heladero de Donofrio, porque semejante comportamiento barrial atentaba contra su interés inmediato: la venta de su peziduri.
Y meses atrás, y esto no lo consigné porque se me olvidó, fui testigo de cómo un patita, cuyo nombre es Luis J., era atrapado con las manos en la masa en una conocida librería, cuando este metía dentro de su casaca un par de libros. El encargado de esta conocida librería cogió del pescuezo al ladrón y lo llevó al cuarto de tortura de la librería, en donde no solo recuperó los dos libros dentro de su casaca, sino también rescató libros camuflados en su pantalón, como también libros de bolsillo sujetados por el elástico de sus medias Adidas, tal y como indicaba el bordado de estas.
Estos tres personajes son la metáfora peruana de las librerías virtuales peruanas. Harto mercachifle y delincuente. Harto supuesto conocedor que, previo repaso intensivo en Wikipedia, brinda cátedras virtuales sobre la importancia de determinado libro de la tradición anglosajona del Congo (¿?). Imposible no pensar en mi causa Jorgito G., el ideólogo de los Stupibabies, experto lector de contratapas y eximio representante de la malhabladuría, inolvidable personaje que robó libros de las librerías donde trabajó y de las que lo botaron, dedicado a la autofelación de su sabiduría plástica cuando lo cierto es que sus ex compañeros de trabajo tuvieron que pagar, bajo descuento del sueldo, los libros robados, entre los que se hallaban los de sus autores preferidos, sus debilidades que no se atreve a vender porque están destinados para su placer personal: Paulo Coelho y Sergio Bambarén.
Pues bien, desde hace algunas semanas vengo recibiendo quejas de no pocos lectores sobre las librerías virtuales que se promocionan como tales en las redes sociales. “Mucho posero, Gabriel”, “Mentirosos y acomplejados”, “Ya se parecen a los vendedores de cilindros de agua”… Lamentablemente, no me queda otra opción que aceptar este descrédito en el que han caído las librerías virtuales peruanas, en las que también han aparecido los supuestos conocedores de primeras ediciones, conocedores que se delatan como meros comerciantes ni bien abren la boca.
Es una lástima. Se impone el criterio de hacer dinero a lo bestia. Tiempo atrás, cuando fui testigo de la consecutiva aparición de las librerías virtuales, creí que estaba ante una alternativa, nueva por cierto, de extender la comunidad de lectores más allá del circuito de librerías. Para ello, era necesaria una toma de conciencia del oficio, partiendo de su esencia: la lectura como configuración moral del librero. Si en la mayoría de librerías formales impera la presencia del vendedor que se hace llamar librero, esta presencia se magnifica en las librerías virtuales. Obviamente, en este circuito virtual tenemos grandes excepciones, como Álvaro P. y Jesús Jara, que antes de ser libreros, son lectores que han sabido construir una legitimidad lectora en base a la recomendación honesta, la discusión argumentada y ajena de la ley comercial del “cliente siempre tiene la razón.” Si una cualidad ofrece una librería virtual es que se puede hacer (mucho y con harta paciencia) dinero, pero con estilo (buen gusto y decencia), estilo en sintonía con la nobleza natural del oficio, cuyo objetivo implícito es la formación de lectores. 
Los casos que he mencionado líneas arriba son una pequeña muestra de una geografía emocional mucho más grande. Estos vendedores se conducen en la mentira discursiva adornada por la imagen del falso lector. Cada cual va por su camino tras la presa y en esta empresa no existen los modales, sin embargo, confluyen los fines de semana en el común centro de operaciones: el bar Don Lucho, que los alberga, del mismo modo que cobija otras almas más nobles y honestas.

4 Comentarios:

Anonymous El chino dijo...

STUPIBABY JAJAJAJAJAJAAJJA
TA Q ERES LA CAGADA JAJAJAJAJAJA

11:29 p.m.  
Anonymous Lorena dijo...

Gracias Gabrielito lindo. Felizmente no hago uso de las librerías virtuales. :) :)

12:56 p.m.  
Anonymous El chino dijo...

Mira lo que dice Dio!!!!

Que bacán que se le esté dando más luz al maestro Perutz. Gracias a un amigo de ojitos chinitos un poco oscurantista pero de buen corazón y mejor gusto literario pude acercarme un poco más a la obra de este monstruo. Claro, no faltará el blogger mediocre y fanfarrón que pontificará como si se hubiese tomado un té con este mosntruo el día anterior, que dirá que son todos unos ignorantes por no leerlo antes, pero que no sabrá explicar ni cómo mi cuando lo leyó, y que si lo desenmascaras te dirá maldito borracho apestoso o similares. Bueno, me desvié. Lean a Perutz nomás. Muerte silenciosa en el olvido y la verguenza para los otros estafadores.

2:42 p.m.  
Blogger Gabriel Ruiz Ortega dijo...

Ah, Dio, jajajaja.
semejante piraña de libros, enfermo imaginario, algunas veces lo salvé de que lo abollaran por mentiroso e imbécil. pero normal, si algo espero de los ataques es que estén mejor trabajados.
al parecer los stupibabies atraviesan una crisis. me cuesta creerlo: Jorgito G y Dio eran mis hinchas!!! pero bueno, a veces los hijos te salen fallados... en lugar de trabajar, leer y generar una comunión con la lectura y transmitirla, estos se dedican a chorear libros de librerías para venderlos bajo la pose del lector voraz, y peor, los roban siendo trabajadores de las librerías que les dan de comer, y esos libros robados los pagan sus compañeros de trabajo, aunque compañeros no son, porque los tratan como patas, causa, broders, hermanos, quienes en más de una ocasión les han salvado de apuros económicos, porque estos ladrones, aparte de haber desarrollado la mitomanía, también son expertos en el arte de hacerse las víctimas. y claro, exhiben la valentía vital que solo les puede deparar el medio virtual... así, pues cualquiera... hasta tú, Dio.

3:26 p.m.  

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

Vínculos a esta publicación:

Crear un vínculo

<< Página Principal