lunes, abril 03, 2017

reacciones

Ayer en la tarde, mientras caminaba por la Residencial San Felipe, me preguntaron por las reacciones en redes sociales que generan algunos posts de este blog. Bien sabe el lector del mismo que muchísimos de los posts no los comparto en Facebook, ni mucho menos en Twitter, espacios que reservo para otros fines, como difundir información política y cultural. Por ello, todo aquel que se da una vuelta por aquí lo hace porque digita directamente en Google el título del blog o mi nombre. Una de las cosas que más deploro de las redes sociales es que estas tienen el poder de hacerte perder el tiempo y yo valoro mucho el mío como para ir dinamitándolo en respuestas al vuelo en estados de Facebook ajenos. Rara vez comento y contadas veces he respondido. Solo me dedico a ver las reacciones y no puedo librarme de la sonrisa que me deparan los ataques sobre mis posts (a saber, Librerías virtuales), reacciones guiadas por el malgusto discursivo hecho a lo bestia y a la apurada, que en principio reflejan la construcción de una imagen impoluta que solo puede permitirse el sinvergüenza en la vida virtual, pienso en “Niñorata” y “El enfermo imaginario” (los puedo nombrar, y vaya que he nombrado mucho en la historia de este blog, pero no les daré la luz que tanto buscan, en especial el segundo, que creyó que lamiendo tabas y hablando mal de terceros llegaría a tener la presencia cultural que tanto anhela), conspicuos representantes de la delincuencia libresca. Ambos especímenes comparten el impostado rasgo de lector exquisito, que de exquisito les queda poco cuando se ven expuestos como mercachifles del libro. Pero bueno, no me sorprende la reacción de este par, en realidad no me sorprende ninguna reacción en las redes sociales, en las que puedes llegar a ser aquel que jamás serías en la vida real. No pocas veces me he topado con muchos matones e indignados virtuales, y no puedo dejar de sentirme consternado cuando los veo, porque en lugar de verlos como se representan en sus cuentas, soy forzado testigo de sus huidas del lugar de involuntario encuentro, o de la rápida búsqueda de un escondite en el baño mientras disfruto mi cafecito y mi tamalito con salsita criolla.

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